La doble víctima 53. El último adiós
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53. El último adiós

El último adiós

Faltaban cinco minutos para las siete de la tarde y la muchedumbre ya superaba el centenar.

La iglesia de San Roque, ubicada en el corazón de El Sardinero, se estaba quedando pequeña.

A sus puertas no solo se agolpaban familiares y allegados de la familia Guerra Canals —muchos de los cuales habían viajado desde Barcelona ese mismo día—, sino también compañeros, curiosos, periodistas y un par de policías a los que Sorozábal había enviado por si sucedía algo de interés.

Había varios jueces y fiscales que charlaban en voz baja en la escalinata, pero ninguno era Santiago Belmonte.

Tampoco Inés Calderón. Tras debatirlo, habían decidido no acudir.

Pese a los notables avances, el crimen aún seguía bajo investigación, y ambos consideraban que presentarse allí habría supuesto involucrarse desde el punto de vista emocional.

Además, no querían atraer los focos en un momento en que toda la atención debía volcarse sobre aquellos padres que se disponían a dar el último adiós a su hijo, rodeados de los suyos.

Como cabía esperar, tampoco se encontraban allí Sofía y Julio, que no querían alimentar polémica alguna y poco tenían que decir a Olivia y a Samuel en tales circunstancias.

Llevaban evitando cruzárselos en el barrio desde que se conoció la muerte de Nacho y por ahora lo estaban consiguiendo.

En parte, ayudaba que ambos matrimonios apenas hubieran salido de casa en los últimos días.

En esos instantes los padres de Alba se hallaban recluidos en el salón de su piso, en completo silencio y con el televisor apagado.

Trataban de asimilar su última conversación con Paula Soler, que ya les había comunicado la decisión de su hija sobre cómo actuaría en el juzgado al día siguiente.

Alguien hizo una señal en el interior de la iglesia y la gente que aún quedaba fuera fue entrando sostenidamente.

Rafa, Miguel y Andrés, los tres amigos de Nacho, cruzaron la nave y, siguiendo las indicaciones de un familiar del fallecido, ocuparon un espacio libre en uno de los bancos más cercanos al altar.

Se veía perfectamente el féretro, que estaba cerrado y después sería incinerado en un crematorio a las afueras de Santander.

Los tres se santiguaron y observaron a Olivia y a Samuel, que vestían de riguroso negro y parecían a punto de derrumbarse.

Habían estado con ellos cinco horas antes, en el tanatorio, para darles el pésame.

Allí, los muchachos habían aprovechado para reunirse en un pasillo apartado y comentar en susurros los interrogatorios a los que los había vuelto a someter la policía.

Una música triste empezó a sonar y todos los presentes enmudecieron. Los chicos intercambiaron una mirada. Luego fijaron las pupilas en el sacerdote, que se preparaba para pronunciar las primeras palabras.

Samuel acercó la mano a la de su esposa y sus dedos se tocaron durante un segundo, el tiempo que ella tardó en encogerse y apartarse.

Con los ojos llorosos, Olivia siguió el comienzo de la ceremonia.