La doble víctima 52. El tren
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52. El tren

El tren

Cuando la puerta automática de Iberian Labs se abrió ante ella, en el Parque Científico y Tecnológico de Cantabria, pasaban diez minutos de la hora concertada para la entrevista.

Había comenzado a llover de forma torrencial y Paula plegó el paraguas nada más entrar en la recepción.

Tras un gran mostrador circular, una mujer rubia le sonrió con amabilidad.

—Buenas tardes. Puede dejarlo ahí, en el paragüero que tiene al lado.

Paula asintió, siguió la indicación y después se aproximó al mostrador.

—Hola. He quedado con Rosario Huertas.

La mujer consultó algo en el ordenador.

—Es usted Paula Soler, ¿verdad?

—Sí. Llego un poco tarde…

—No se preocupe. Espere un momento.

Descolgó un teléfono fijo que había en un lateral y marcó tres dígitos. Luego informó de que la abogada ya había llegado.

—Tome el ascensor del fondo. Primera planta —le dijo a Paula cuando colgó, y volvió a sonreírle—. Mucha suerte con la entrevista.

Paula le dio las gracias y se alejó cargando con su maletín. Por el camino, intentó no dejarse deslumbrar por la belleza del edificio, sus impresionantes cristales y el silencio que reinaba en el lugar. Antonia, tenía que pensar en Antonia, se dijo.

En cuanto salió del ascensor, la recibió la responsable de Recursos Humanos, una mujer de unos cincuenta años, delgada y pelirroja. Guardaba cierto parecido con Teresa, aunque Rosario Huertas llevaba el pelo más largo.

—Bienvenida, Paula —la saludó con afabilidad mientras le estrechaba la mano—. Menudo tiempecito, ¿eh?

—Sí, y que lo diga. Perdone la tardanza, Rosario. Estaba con una detenida y…

Ella sacudió la cabeza.

—No hay problema. Acompáñeme.

La mujer la guio por el pasillo y abrió la cuarta puerta a la derecha.

En la sala se hallaba sentado un hombre que también rozaría la cincuentena.

Se levantó en cuanto las vio, se abotonó la americana y se ajustó el nudo de la corbata mientras se acercaba a ellas.

Era alto, y Paula se fijó en que tenía el rostro impecablemente afeitado y el cabello muy negro y peinado a raya.

—Buenas tardes. Soy Paula Soler, un placer —se presentó ella.

—Ildefonso Pulido, director de Asesoría Jurídica —dijo él al tiempo que le tendía la mano—. Siéntese, siéntese.

Los tres se colocaron alrededor de una mesa de cristal sin una mota de polvo.

—Paula, lo primero que me gustaría es darle las gracias por venir a nuestras instalaciones para reunirse conmigo —comenzó Ildefonso—. Sé que está bastante atareada. Algo he leído en los periódicos.

—Ah, no es nada, encantada.

—Estamos muy contentos de tener una candidata como usted. Su currículum es muy bueno, y también sus referencias.

Ella murmuró un agradecimiento. Lo acababa de conocer, pero ese hombre que podría haber sido su jefe le parecía agradable. En su mente vislumbró la imagen de un tren que se alejaba y dejaba a su paso una bonita estela de humo.

Él prosiguió con su discurso y le detalló las tareas que, de incorporarse a la empresa, le serían asignadas.

En algún momento dejó entrever que ya casi se daba por hecho que ella sería la elegida y, cuando le preguntó si alguna de esas funciones le supondría algún problema, o si había algo sobre lo que necesitara alguna aclaración, Paula sintió que la sangre le martilleaba las sienes.

No podía posponerlo más, debía sincerarse.

Inspiró hondo y comenzó a hablar con lentitud para no cometer errores.

—Tengo experiencia en todas esas materias, sí. Pero me ha surgido una circunstancia de fuerza mayor que me impedirá incorporarme a corto plazo.

Ya está, ya lo había dicho.

El rostro de Ildefonso Pulido se contrajo en un gesto de contrariedad, y la responsable de Recursos Humanos la miró con extrañeza.

—No sé si la estoy entendiendo —murmuró el hombre.

Paula se dispuso a repetir la idea con otras palabras, pero él la interrumpió.

—Creo que en la oferta quedaba claro que era para empezar enseguida. —Se volvió hacia su compañera—. ¿No?

Rosario Huertas asintió sin ocultar su decepción. Luego dijo:

—Paula, supongo que se trata de algo importante, pero, si no puede trabajar con nosotros, nos está haciendo perder el tiempo. ¿O es que hablamos solo de unos días?

La abogada desvió la vista. ¿Días, semanas, meses? No tenía la menor idea, pero el escenario descrito por Antonia no era halagüeño.

—Ahora mismo no lo sé. Me acabo de enterar y… Solo quería que supieran que, en cuanto se solucione, pueden contar conmigo. Pero aún no puedo decirles cuándo, lo siento.

—¿Se encuentra usted bien, Paula? —se interesó entonces Ildefonso—. ¿Su familia?

—Sí, sí. No es eso, gracias. Miren, no puedo ser franca por respeto a la persona, pero en este momento me es imposible cambiar de trabajo. Todo esto me sabe muy mal y soy la primera que lo lamenta, de verdad…

Al escuchar aquello, el semblante del hombre se destensó. De pronto, ya no parecía molesto.

—Paula, creo que comprendo lo que quiere decir —aseguró inclinándose hacia delante con aire de gravedad—, y me parece que mi compañera también —añadió mirando de soslayo a Rosario—.

Me hago cargo de por qué ha venido y le agradezco que, dentro de lo que cabe, haya sido tan transparente con nosotros.

Y por eso mi deber es serlo también con usted.

Ahora mismo tenemos necesidades acuciantes de personal en prevención de delitos y no podemos esperar.

Hay más aspirantes y cubriremos la plaza en cuestión de días, pero eso no quita para que, en el futuro, si usted puede y a nosotros nos encaja, volvamos a reunirnos, ¿de acuerdo?

Paula esbozó una sonrisa de gratitud y abandonó el edificio preguntándose si de verdad algún día volverían a verse.

Después se montó en el coche y marcó el número de Sofía.