La doble víctima 51. Inclinar la balanza
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51. Inclinar la balanza

Inclinar la balanza

El agente que guiaba a Paula por el pasillo accionó la manecilla y la letrada entró en la sala.

Era la misma donde había estado reunida con su clienta dos días antes.

Sin embargo, en esta ocasión Alba la recibió con una actitud diferente.

En su rostro, demacrado por la desazón y la falta de sueño, asomaba un pequeño destello, la expectativa de que, si su abogada había vuelto, era para sacarla de allí.

En cuanto la vio pasar, la chica se levantó de la silla y amagó con echar a correr hacia ella.

Sin embargo, Paula la contuvo con un gesto.

Le dolía hacerlo, pero entendía que, si se fundía en un abrazo con ella, daría lugar a equívocos, a falsas ilusiones, y no quería alimentarlas.

De momento, solo tenían a su favor el dato de aquella pelea nocturna en el Babylon, y, salvo que la policía encontrara algo más, no creía que fuera suficiente.

Al llegar a la comisaría se había cruzado con la subinspectora Soto, quien, después de confirmarle que por el momento no iban a soltarla, se había negado a facilitarle cualquier información sobre la investigación a Rafael Santamaría.

Es más, le había advertido que estuviera atenta al teléfono en las próximas horas por si recibía una llamada del juzgado, lo que no presagiaba nada bueno.

Tras acariciarle las mejillas con delicadeza, Paula se sentó y puso a Alba al corriente de la situación. También le explicó que, si llegaba el momento de comparecer ante el juez, tendría que tomar una decisión; una decisión que, como investigada, solo le correspondía a ella.

Después de escucharla durante varios minutos, la chica la observó con el pánico pintado en sus facciones, embutida en la silla.

—Pero entonces, haga lo que haga…

—Tanto si declaras como si no, no hay ninguna garantía de que te dejen en libertad, no —admitió Paula con un nudo en la garganta.

—Pero yo creía que estos días…

—Yo también, Alba, yo también pensaba que saldría algo a la luz. De hecho, ahora sabemos que Nacho tuvo una pelea con Rafael Santamaría, pero…

—¿Y mis padres quieren que declare? —gimió la chica.

—Sí, eso me han dicho —admitió—. Antes he hablado con ellos. Y, al igual que estoy haciendo ahora contigo, les he explicado que, si hablas, quizá reveles algo que la policía no conozca y que no nos venga bien en el futuro.

—Pero si digo la verdad, ¿cómo…?

Paula se aproximó a ella y le tomó la mano.

—Alba, hay algo que debes entender: por muy duro que te suene, en el juzgado no se busca la verdad material, sino la jurídica, es decir, la que se puede probar. La otra da lo mismo.

La chica abrió la boca y por un instante pareció que fuera a vomitar sobre la mesa.

—Pero ¿no se supone que ellos tienen que probar que soy culpable, y no al revés?

—Sí, pero ahora no estamos en esa fase. Lo que el juez decidirá mañana es si te pone en libertad mientras continúa la investigación o si te mete en prisión para evitar que ocultes o destruyas pruebas, desaparezcas o cometas otros delitos.

Alba empezó a hacer aspavientos mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Pero yo no…

La voz le falló, y Paula rebuscó en su bolso un pañuelo y se lo dio.

—Gracias —dijo la muchacha.

La abogada pensó cómo retomar la conversación.

—Mira, aunque tú guardes silencio, yo estaré allí para alegar que todo es un error fruto de la precipitación policial.

Diré que soltarte no supone ningún peligro para nadie ni compromete el desarrollo de la investigación, pero…

—Se detuvo mientras escogía las palabras adecuadas—. Quizá no baste, no quiero engañarte.

Alba asintió con torpeza al tiempo que se llevaba el pañuelo al rostro para enjugarse las lágrimas.

Luego se lo acercó a la nariz, colocó los dedos sobre la punta y el tabique y empezó a ejercer presión, como si quisiera meterla hacia dentro.

Paula la contempló con desconcierto, pero no hizo ningún comentario.

—Es como un callejón sin salida… —gimió—. ¿Qué hago?

Paula recurrió a las enseñanzas de Antonia, tal y como había hecho un rato antes con los padres de la chica.

—Es tu decisión, Alba.

La joven se retiró el pañuelo de la nariz y la miró con aire suplicante.

—Pero tú eres mi abogada…

Paula inspiró hondo y trató de mantenerse fría. Entendía el reproche, pero como profesional no podía hacer otra cosa.

—Lo siento. Yo solo puedo exponerte los riesgos.

—¡Pero todo es malo! —chilló Alba, y estalló en sollozos.

Paula, alarmada, se levantó y la rodeó con los brazos.

—Alba, por favor…

—Dime qué hago —lloró ella, y hundió la cara en el hombro de la letrada—. Dímelo… No quiero ir a la cárcel. No puedo…

Paula la abrazó con fuerza. Luego, cuando notó que los jadeos se reducían y la respiración se le acompasaba, se separó unos centímetros de ella.

—Tú… ¿Tú qué harías? —musitó Alba temblando de los pies a la cabeza.

La abogada suspiró. Sabía que su respuesta inclinaría la balanza, por mucho que la decisión, parafraseando a Antonia, le correspondiera a la clienta.

También sabía que, si contestaba con sinceridad, los padres de Alba no se lo perdonarían.