La doble víctima 50. La llave de un sueño
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50. La llave de un sueño

La llave de un sueño

Santander

—Niña, ¡deja de moverte de una puta vez! —gritó el inquilino del calabozo situado a la derecha del asignado a Alba.

Ella dio un respingo y detuvo el paseo nervioso y frenético que había emprendido hacía algo menos de un minuto en su diminuto recinto, cuando un agente le anunció que su abogada acababa de llegar a la comisaría y en breve la conducirían a una sala para reunirse con ella.

Era consciente de que no tenía por qué obedecer las órdenes de ese hombre y que podía moverse si quería, pero prefería no enzarzarse en ninguna discusión.

Llevaba evitándolas desde el primer momento.

Lo único que ansiaba era salir de allí cuanto antes sin ningún tipo de problema o enfrentamiento, dejar atrás esa atmósfera opresiva y deprimente y espantar al fin la amenaza de su entrada en prisión.

Tenía la sensación de no haber pegado ojo ningún día, cada vez más asustada al ver que ni la policía ni su abogada acudían a decirle que los indicios contra ella se habían considerado infundados o no concluyentes, o que incluso había aparecido otro sospechoso, y que quedaba libre.

Tampoco había probado bocado pese a la insistencia de los agentes encargados de su custodia.

¿Cómo iba a comer en esa situación? Era como si le hubieran sellado el estómago, como si en cierto modo hubiera dejado de vivir allí abajo y, por tanto, ya no necesitara alimento ni descanso.

Lo único que la mantenía en pie, consciente y cuerda, era esa brizna de esperanza a la que se aferraba, el sueño de recuperar y recomponer todo lo que aquella fiesta y lo que vino después habían quebrado.

La llave de ese sueño, si es que existía, solo podía tenerla Paula Soler, su abogada, y no aguantaba más aquella desesperante espera.

Necesitaba hablar con ella. Saber lo que tenía que contarle.