49. Algo que cubrir
Algo que cubrir
Liencres
En el televisor de la cocina, una presentadora daba la previsión del tiempo cuando Macarena llegó a casa y encontró a Santiago poniendo el lavavajillas.
—Uy, llegas pronto —se sorprendió él.
—Sí, aunque han sido unas horas intensas —dijo la periodista con gesto cansado—. Y mañana se espera un día movidito.
A Santiago le resultaba difícil prever cuándo coincidirían en casa. Los horarios de Macarena a veces eran caóticos, en parte porque ella amaba su profesión y quería estar siempre al pie de la noticia.
—¿Te mandarán a cubrir lo del juzgado?
Ella lo miró divertida. Parecía haber olvidado la discusión del día anterior.
—¿Por qué? ¿Hay algo que cubrir?
Santiago maldijo para sus adentros por su indiscreción.
Sí, claro que habría algo que cubrir. Ese mediodía había acordado con Sorozábal y Soto que, al día siguiente, cuando se cumpliera el plazo legal de las setenta y dos horas, pondrían a la detenida a su disposición.
A menos que antes se produjera un hallazgo providencial que alterara el escenario por completo, obviamente.
Pero eso no le parecía probable. A lo largo de la mañana, los dos policías habían vuelto a interrogar a los tres amigos de la víctima, y su relato resultaba compatible con la culpabilidad de Alba Ferrero.
Por lo visto, Nacho había bebido mucho durante la fiesta y estaba desinhibido.
Andrés y Miguel sabían que él se sentía atraído por Gabriela desde el comienzo del curso, pero, como era la novia de Rafa, siempre se había mantenido al margen.
Hasta que en las últimas semanas su comportamiento fue cambiando y todos apreciaron que, de algún modo, intentaba seducirla.
Afirmaban que, unos días antes de la fiesta, Rafa y Nacho ya tuvieron alguna discusión, y aquella noche todo estalló en el Babylon.
Por suerte, uno de los porteros intervino y los dos chavales apenas intercambiaron unos puñetazos y algún manotazo, los suficientes, según el inspector, para que el cadáver presentara aquel hematoma detectado por el forense desde el primer momento.
Sorozábal le había confirmado que, en efecto, Rafa escondía un largo y profundo arañazo en el cuello.
El chico aseguraba que Nacho se lo había infligido durante la pelea, y no después, y que tras aquel incidente no volvieron a coincidir.
Alegaba que en el primer interrogatorio policial no mencionó nada de lo ocurrido en la discoteca por miedo a verse involucrado de forma injusta en aquel crimen.
Andrés había corroborado que Rafa ya tenía el arañazo la última vez que lo vio aquella noche.
Según el inspector, en esa ocasión los chicos no se habían mostrado tan nerviosos y dubitativos como la vez anterior y le habían resultado convincentes.
Con esos testimonios, y a falta de otros indicios, poco más podían hacer desde el juzgado que seguir adelante con Alba, sobre todo tras el hallazgo de la cazadora. Carlos Alonso, el compañero de pupitre de la chica, le había dicho al policía que ella llevaba una idéntica la noche de la fiesta.
Como juez de instrucción, solo le restaba esperar y prepararse para escuchar al día siguiente la versión de Alba, si es que quería compartirla, así como los argumentos de la fiscal y los abogados.
Estaba enterado de que Paula Soler y Félix Villar tenían programada la última sesión de un juicio bastante sonado, y era previsible que no acabaran hasta la una, de modo que fijaría la declaración de Alba Ferrero y la vista de medidas cautelares para justo después.
—Holaaa. ¿Hay algo que cubrir? —repitió Macarena para sacarlo de sus pensamientos.
—Eh, no lo sé, no lo sé —mintió él, y pulsó un par de botones para poner en marcha el lavaplatos. Luego, más sombrío, añadió—: Ya he visto que en todos los medios no paran de hablar del caso. Es tremendo.
—Hombre, normal. Pero lo habéis encauzado muy rápido. Esta mañana el padre del chico ha hecho unas declaraciones para dar las gracias a la policía y al juzgado por su trabajo.
—Las he escuchado antes. Y Olivia, la madre, me ha llamado para lo mismo.
—Por cierto —dijo Macarena al tiempo que se apoyaba en la encimera—, esta mañana me ha escrito tu hermano para decirme que mañana por la tarde trae a tu madre. Y que no le contestabas…
El rostro de Santiago se crispó.
—¿También te ha escrito a ti? ¡Estaba en sala, no podía responderle! Ya he quedado con él. No se me ha olvidado que mi madre estará con nosotros estos dos meses.
—Según dice, llevas varios días sin llamar.
—Joder, pues desde que me cayó este marrón. ¡Qué fácil es criticar cuando uno no da un palo al agua! —masculló.
Su hermano, seis años mayor que él, trabajaba como funcionario de la Agencia Tributaria, en Oviedo, con un horario estupendo, sin tener que encerrarse por las tardes para estudiar complicados expedientes judiciales y dictar autos y sentencias.
Macarena, a la que cada día se le hacía más difícil soportar las salidas de tono de su marido y esas envidias entre hermanos, le espetó:
—Nadie te obligó a ser juez, ¿sabes? ¿No eres tú el que dice que, cuando tomas una decisión, tiembla toda la comunidad?
—le soltó con retintín, imitando una frase que le oyó un día y la sacó de quicio.
¿Ese era el hombre con el que se había casado?
¿Qué diablos le estaba pasando? ¿Por qué a medida que cumplía años se consideraba más importante?
¿Era la adulación de ese grupito del equipo de pádel del que se había rodeado?
—. De todas formas, no dejas de ser un puto trabajador más, por mucho que te creas —añadió—.
Lo que tienes que hacer es preocuparte por tu madre.
No todo se reduce a tus malditos casos y lo que la prensa dice de ti.
Haz el favor de llamar y hablar un rato con ella.