48. La decisión
La decisión
Eran las dos de la tarde cuando concluyó la segunda sesión del juicio por el escape de gas.
El último perito había declarado que, según su análisis, el origen de la fuga se hallaba en una caldera que no cumplía los requisitos técnicos exigidos por la normativa y en un conducto dañado.
En su opinión, los empleados de la empresa de mantenimiento deberían haberlo detectado y comunicado a los administradores del hotel, quienes, de haberlo sabido, habrían ordenado su sustitución y evitado así la mezcla de humos que, en último término, provocó aquella tragedia.
Los tres magistrados que conformaban el tribunal no habían variado su ensayada expresión de hermetismo, pero todos los que estaban en la sala de vistas se habían percatado de lo que esas palabras podían suponer para el desenlace del pleito.
Paula estaba exultante. Todo lo que podía salir mal en las declaraciones había ido bien, y algunos detalles que podían perjudicarlos se habían mencionado de modo velado, casi inapreciable.
En realidad, ella estaba convencida de que sus defendidos no tenían responsabilidad alguna en el luctuoso suceso, pero, al mismo tiempo, no se olvidaba de que, en los tribunales, la verdad a menudo es mutable.
Y que el final cambia según cómo se represente la obra, porque habitualmente a eso se reducen los pleitos más complejos, a cómo actúan y declaman los actores en el teatro en que se convierte la sala de vistas.
Tras esa segunda jornada, todo apuntaba a una sentencia absolutoria de sus clientes, pero no podía confiarse, y aún restaba uno de los trámites más complicados: los informes o, en terminología anglosajona, los alegatos de los abogados, que tendrían lugar en la siguiente sesión.
Se sentía exhausta, pero debía preparar el suyo con la mayor dedicación posible.
¿Cuántas horas había dormido en los últimos días?
En el pasillo, sonrió a sus clientes para agradecerles sus cumplidos, pero les pidió que bajaran el tono.
Los magistrados seguían dentro de la sala y la madera de la puerta no era tan maciza como para aislarlos por completo.
No convenía mostrar euforia. ¿Quién sabía lo que podían tener en la cabeza?
Además, había que respetar a los letrados contrarios y al resto de las partes implicadas.
Villar, el abogado de la acusación, pasó a su lado. Si la Audiencia absolvía a los clientes de Paula pero condenaba a los empleados de mantenimiento, él también ganaba el pleito, y por eso no se le notaba disgustado.
—Mañana nos vemos, Paula —murmuró—. Dos veces, supongo.
Ella tardó unos segundos en entender el mensaje. ¿Acaso Villar ya sabía que Alba sería puesta a disposición judicial? ¿Tenía la confirmación de que la policía no la soltaría antes? Quiso preguntárselo, pero uno de sus clientes no dejaba de hablarle y se contuvo para no parecer impertinente.
Los acompañó hasta la salida y quedaron en encontrarse de nuevo allí al día siguiente.
Después, cuando se hubo quedado sola, consultó el móvil. Nada, ninguna noticia de la policía o del juzgado de Belmonte. Marcó el número de la comisaría. La atendió un agente que la informó de que tanto Sorozábal como la subinspectora Soto se hallaban fuera. No estaba seguro de cuándo volverían.
—Ya, pero yo tengo que preparar a mi clienta por si mañana la llevan al juzgado —replicó ella con frialdad—. ¿No le han dicho nada?
—Sí. Que suponían que llamaría y que no hay ningún problema en que venga.
Aquello fue como un puñetazo en la boca del estómago.
—Entonces ¿eso significa que no han encontrado nada, que mañana…?
—A mí solo me han dicho eso.
Paula intentó sonsacarle más información, pero el agente, pese a la juventud que revelaba su voz, la cortó como un veterano.
—Letrada, todo esto es confidencial y no puedo decirle más. Usted verá.
Paula se mordió los carrillos.
—Vale, en dos horas estaré allí —respondió, y colgó.
Se quedó mirando el móvil. Ahora venía lo más difícil: llamar a Sofía y dejarle caer que, salvo que en las próximas horas la policía descubriera algo relevante, al día siguiente Alba tendría que declarar ante el juez y enfrentarse a su posible encarcelación.
Sintió que el júbilo y la adrenalina con los que había abandonado la sala de vistas se evaporaban.
Esas eran las emociones fuertes a las que siempre se refería Antonia, las que tanto le gustaban.
¿Cómo demonios se las arreglaba su jefa para no implicarse demasiado y disfrutar incluso en los momentos de máxima tensión?
¿Por qué ella lo vivía como si fueran a meter en prisión a su propio hijo, como si fuera la responsable de todo?
Además, ¿qué iba a recomendarles a Sofía y a la propia Alba?
Como abogada defensora, tenía clara cuál era la mejor estrategia en los casos en que un investigado declaraba en una causa sometida a secreto sumarial.
Lo recomendable, mientras se estuviera a oscuras sobre todo lo que había en su contra, era guardar silencio.
Así tenía la certeza de no cometer ningún error, de no pisar, sin saberlo, terreno minado.
Daba igual que la versión del cliente pareciera sólida, contundente y sin fisuras.
Su experiencia profesional le había enseñado que declarar en esas condiciones siempre entrañaba un riesgo.
Era verdad que, según la ley, en principio la policía y el juzgado tenían el deber de informar al detenido y a su abogado de todos los indicios recabados, pero eso cambiaba cuando se había declarado el secreto de sumario.
Entonces solo facilitaban aquello que no pusiera en riesgo las líneas de investigación, y eso, aplicado a ultranza, podía ser casi cualquier cosa.
En especial si el arma del crimen continuaba sin aparecer, algo sobre lo que ella no tenía ninguna información.
Callar. Eso fue lo que le aconsejó a Alba ante la policía cuando la detuvieron, con la esperanza de que para el miércoles aquel galimatías se hubiera aclarado.
Sin embargo, dos días después su clienta permanecía en los calabozos y ella seguía sin poder acceder al detalle de la investigación policial.
Nada hacía presagiar que la situación fuera a cambiar en menos de veinticuatro horas.
Recordaba haberle dicho a Alba que, si finalmente la llevaban al juzgado, podría declarar ante el juez, contar la verdad.
Su verdad. Aunque ¿no iba eso en contra de su criterio profesional de guardar silencio hasta disponer de toda la información?
Sí, por supuesto que iba en contra, admitió en su fuero interno, pero si la chica no explicaba absolutamente nada de lo que hizo esa noche, de todo lo que pasó y cómo lo vivió, estaba convencida de que el juez decretaría su ingreso en prisión provisional sin pensárselo dos veces.
Y es que, salvo que a última hora aparecieran otros indicios contra Rafael Santamaría aparte de aquella pelea nocturna, Alba seguía siendo la principal sospechosa.
Además, se cumplían dos de los tres requisitos posibles para acordar la prisión provisional.
El primero, el riesgo de ocultación o destrucción de pruebas, que en este caso era obvio, aunque tal vez el cuchillo ya se encontrara en poder de la policía y ella no lo supiera.
Y, el segundo, el riesgo de fuga. Quizá se antojara menos evidente en ese momento, pero lo cierto era que el domingo Alba había intentado esfumarse, por más que a última hora se arrepintiera o el miedo la paralizase en aquella estación de autobuses.
Marcó el número de Sofía mientras se debatía entre las dos opciones.
Cuando la madre de Alba contestó, a Paula le vino a la mente lo que Antonia solía aconsejarle para sacudirse la presión y la responsabilidad: «Que decida el cliente».
Pero, a menudo, el cliente decide guiado por su abogado, por la persona de su máxima confianza en ese instante.