La doble víctima 47. Las cartas sobre la mesa
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47. Las cartas sobre la mesa

Las cartas sobre la mesa

Santiago salió de la sala de vistas para servirse un café en la máquina del pasillo.

Aunque ya no estaba de guardia, los martes celebraba juicios rápidos y juicios de delitos leves, y el ritmo era frenético.

Llevaba una hora y ya estaba harto. Alcoholemias, pequeños hurtos, abogados acicalados que repetían sus monsergas hasta la saciedad. En fin.

Mientras el café caía en el vasito de plástico, su mente viajó al «crimen del Carnaval», como seguía denominándolo la prensa.

El forense había analizado el juego de cuchillos de la casa de los Hermoso y su conclusión era positiva: las dimensiones y morfología eran compatibles con las heridas de la víctima.

Eso significaba que el que faltaba, el que la chica se había llevado, podía ser el arma del crimen.

La policía científica ya tenía en su poder la famosa cazadora, pero los resultados de los análisis tardarían semanas en llegar.

Por su parte, Sorozábal y su equipo habían investigado si la prenda podía formar parte del disfraz y lo habían descartado.

La etiqueta indicaba que era de una marca generalista que nada tenía que ver con los disfraces.

Además, pertenecía a una temporada anterior, y era probable que la chica la tuviera desde hacía bastante tiempo.

Suponían que, si conseguían acceder a su ordenador o su teléfono, encontrarían alguna foto en la que saliera con ella.

El problema era que, de momento, los sistemas de seguridad de ambos dispositivos se les resistían.

Para poder avanzar, Sorozábal le había pedido a Carlos Alonso, el compañero de pupitre de la sospechosa, que se acercara de nuevo a la comisaría para confirmar si Alba llevaba una cazadora igual en la fiesta.

Por otro lado, el día anterior el inspector se había entrevistado con Raquel, la amiga de Alba, pero los resultados fueron decepcionantes. Por más que la asaeteó a preguntas, la chica le aseguró que la noche del crimen no tuvo ningún contacto con Alba; tampoco al día siguiente.

Sobre la información requerida a las compañías telefónicas, aún no tenían nada. Las operadoras respondían que estaban desbordadas de trabajo y que mandarían los datos lo antes posible.

Santiago cogió el vaso de café, dio un pequeño sorbo y regresó a la sala de vistas.

Volvió a ponerse su toga, rematada con puñetas blancas y un gran escudo dorado en el pecho.

Lo observó con orgullo para recordarse quién era.

Luego se dejó caer en la butaca, situada en el centro del estrado, y comenzó a ojear el expediente del siguiente juicio.

—Señoría, antes le estaba vibrando el móvil —le dijo la funcionaria desde la mesa de grabación.

—Ah, pues haberme avisado, mujer.

Vio que tenía una llamada perdida de Sorozábal y se la devolvió al momento.

El inspector le informó de que acababa de reunirse con los agentes encargados de vigilar a Rafael Santamaría, el amigo de Nacho.

Habían transcurrido ya casi veinticuatro horas y el muchacho solo había hecho un movimiento reseñable.

Según el policía que lo había seguido la noche anterior, Rafa salió de casa sobre las once, estuvo caminando por la zona de El Sardinero y se detuvo en un cruce.

Tras mirar el móvil, sacó un billete de la cartera y permaneció allí hasta que, al cabo de un minuto, un taxi paró a su altura.

El chico se acercó, metió la mano en la ventanilla y cogió algo que se guardó en el bolsillo.

Después el taxi arrancó y Rafa volvió andando a casa.

El juez soltó un bufido.

—Vamos, que fue a comprar droga.

—Tiene toda la pinta, sí —coincidió Sorozábal con tono de disgusto—. Ya hemos visto antes este modus operandi : taxistas que aprovechan su trabajo para distribuir estupefacientes.

—Ya —acertó a decir Santiago mientras cavilaba.

En teoría, él debía concentrarse en la muerte de Nacho Guerra, pero, si lograban demostrar que ese taxista trapicheaba con menores y lo atrapaban en una investigación dirigida por él, sin duda se anotaría un buen tanto para recuperar parte del crédito que perdió con su famoso error en el caso de prostitución.

—¿Tienen la matrícula?

—Sí. ¿Quiere que lo investiguemos?

Santiago contestó que sí y le anunció que abriría unas diligencias.

—Volviendo a Rafa —dijo Sorozábal—, hemos observado que siempre sale a la calle con una bufanda al cuello y ni siquiera se la quita cuando entra en un establecimiento.

El juez entrecerró los ojos, pensativo.

—¿Creen que oculta algo?

—Cuando estuve con él también lo llevaba parcialmente tapado. Sospechamos que podría ser algún arañazo que le hizo la víctima.

—Durante la pelea en el Babylon, ¿no? Eso cuadraría con los restos de piel en las uñas del muerto.

—Sí. O después, si es que volvieron a encontrarse —deslizó Sorozábal—. Pero le insisto en que, salvo eso, no hemos visto nada llamativo.

—¿Ha estado con sus amigos?

—Sí, ayer por la tarde.

—¿Algo de interés?

—En apariencia, no.

—Yo creo que ya es hora de que los interroguen a todos sobre ese altercado en la discoteca —decidió Santiago, que no olvidaba que al día siguiente tendría que pronunciarse sobre la puesta en libertad de la detenida—.

Después de encontrar la cazadora, no podemos perder más tiempo.

Hay que ir poniendo las cartas sobre la mesa.