46. Creer
Creer
Sofía caminaba de un lado a otro del salón.
Desde el ventanal podía distinguir la legión de periodistas que, insensibles al cansancio, se arremolinaban un día más en la calle, frente a su casa.
Cada vez que salían, se lanzaban hacia ellos sin ningún tipo de miramiento.
A algunos los conocía de entrevistas que había concedido en el pasado y les había pedido que los dejaran en paz, pero no había servido de nada.
Ya ni siquiera ponía la televisión. Los demás asuntos de actualidad informativa habían pasado a un segundo plano y, cuando escuchaba a los tertulianos haciendo elucubraciones sobre la culpabilidad de su hija o incluso dándola por sentada, notaba que le faltaba el aire.
—¿Es que no van a parar? —masculló con el rostro inflamado.
—Solo han pasado dos días —trató de tranquilizarla Julio desde el sillón, con aire alicaído. Su padre fue periodista antes de jubilarse, y comprendía que no podía enfadarse por el hecho de que las cámaras apuntaran a su vivienda a todas horas—. Olvídate de ellos. Alba es lo importante.
Sofía no contestó. Por supuesto que Alba era lo importante. Se sentía tan impotente y alejada de ella, sin noticias… No soportaba la idea de imaginársela en una pequeña celda, temblorosa, deshecha, abandonada.
De pronto, notó que las piernas le flaqueaban y se apoyó en el marco del ventanal, con el mar Cantábrico extendiéndose a lo lejos en toda su inmensidad.
—¿A qué esperan para detener a ese chico? —gritó en un arrebato de rabia—. ¡No lo entiendo! —agregó, y estrelló el puño contra la madera.
Julio se levantó del sillón y la agarró por la espalda.
—Cometerá un error y lo cogerán, ya verás. La policía sabe lo que hace.
Ella soltó una risotada desquiciada.
—Sí, ya se nota. Mira dónde está Alba. Y mira lo que nos ayudaron en el otro caso. Estamos solos, Julio. ¡Solos!
—Tenemos a Paula. Y ella nos ha pedido que seamos pacientes. Además, ¿qué quieres que hagamos? —explotó él—. ¿Que vayamos a su casa y lo agarremos por el cuello? ¿Que nos arriesguemos a echarlo todo a perder? ¿Eso quieres?
Sofía se soltó, pero no se giró hacia él.
—Y si no hace nada sospechoso qué, ¿eh? ¿Qué pasará?
—Pues lo interrogarán. Entonces lo interrogarán.
—Sí, y mientras tanto que nuestra hija se pudra en esos calabozos, ¿no? Además, Paula ni se ha dignado a visitarla —dijo arrastrando las palabras—. ¿Cómo piensa defenderla así?
Se había pasado la noche dándole vueltas a si se habían equivocado al designarla como abogada.
Ya habían perdido una vez con ella. ¿Y si volvían a hacerlo?
Ahora no se trataba de una denuncia de acoso contra cuatro chavales.
Se jugaban la libertad de su hija; se jugaban muchos años de encierro y un estigma del que jamás podría escapar: la condición de asesina.
—Habló con ella el domingo, y sabes que esta tarde irá a verla —respondió Julio—. Y su jefa y ella son las mejores. Todo el mundo lo dice.
—Ya, pues mira cómo nos fue en su día.
Julio contó hasta diez para tratar de calmarse y evitar que la discusión fuera a más.
Como ejecutivo, tenía claro que en los momentos de crisis resultaba fundamental mantener la integridad y no dudar de los profesionales en los que se venía confiando.
Además, esa mañana había conseguido hablar por teléfono unos minutos con un magistrado del Tribunal Supremo con el que había jugado al golf en alguna ocasión y, aunque le había dejado claro que no podía hacer nada para ayudarlos, le había asegurado que, con ese bufete, y en particular con Paula Soler, estaban en muy buenas manos.
No encontrarían a nadie mejor en Cantabria.
—Sofía, aquello lo perdimos por otros motivos.
Tú estuviste allí, viste el juicio igual que yo.
Además, ya lo hemos hablado: ella conoce a nuestra hija, sabe por lo que ha tenido que pasar y también que jamás haría algo así.
¿Prefieres a otro abogado que ni siquiera confíe en ella?
Paula la aprecia y ha ganado muchísimos casos.
Y ahora lo que necesitamos es alguien en quien creer.
Sofía dejó de observar a los periodistas y se volvió hacia su marido. Los ojos se le habían inundado de lágrimas.
—¿Y si la meten en la cárcel, Julio? ¿Y si mañana…?
Él la estrechó entre sus brazos.