45. Oculto
Oculto
El descubrimiento de la cazadora no había trascendido. El secreto sumarial obligaba a mantener aquel dato oculto incluso a los abogados de las partes, y por el momento no se habían producido filtraciones. Solo Inés Calderón, la fiscal del caso, estaba enterada de aquella novedad.
Ajena a ello, Paula se había levantado esa mañana con la esperanza de que los policías, al investigar la relación entre Nacho Guerra y su amigo Rafa, dieran con algo que permitiera la puesta en libertad de Alba.
La cuestión era cuánto tardarían en lograrlo.
Al día siguiente se cumpliría el plazo máximo de detención.
Si para entonces no la habían soltado, Alba debería comparecer ante el juez Belmonte y después él decidiría si la mandaba a prisión provisional.
Paula ya se había reservado un hueco en su agenda esa tarde para acudir a los calabozos a preparar con ella la posible declaración.
Iría a las cuatro, dos horas antes de su cita en Iberian Labs.
La noche anterior, al llegar a casa, se había sincerado con Teresa.
Le habló de la enfermedad de Antonia, del dolor que le causaba la noticia y la traición que, en su opinión, supondría abandonar el despacho en esas circunstancias.
Álvaro Silva, el nuevo abogado, sería incapaz de hacerse cargo de todos los litigios pendientes.
Y luego estaba el caso de Alba, la confianza que la muchacha y sus padres habían vuelto a depositar en ella.
Ya no podría cederle el asunto a Antonia.
Al filo de la una de la madrugada, decidió que iría a la cita en Iberian Labs, pero no en busca de una contratación inminente, sino para explicar las razones que le impedían incorporarse a corto plazo.
Les propondría que la esperaran un tiempo, aunque no se hacía ilusiones; podía imaginarse la respuesta.
El tren partía, se alejaba, y ella no podía hacer nada por impedirlo.
O sí, pero renunciando a sí misma, a lo que era.
Ahora miraba con ternura a Martín, que removía su taza con entusiasmo, listo para pasar una mañana más con los únicos abuelos que le quedaban, los padres de Teresa. Era pequeño, pero ya celebraba no tener clase.
—¿Esta tarde jugamos al fútbol, mamá? —le preguntó a Paula con los ojos brillantes.
Teresa, que estaba sentada al lado del niño, le acarició el pelo y contestó por ella:
—Mamá está muy ocupada, cielo. Pero en cuanto pueda echará un partido con nosotros, ¿a que sí?
Paula se obligó a sonreír. Según sus cálculos, ese día tampoco los vería hasta la noche. Se puso en pie.
—Me voy a los juzgados —anunció mientras los besaba con ternura—. Pasad un buen día. Os quiero.