44. Sangre
Sangre
Liencres
Eran las ocho de la tarde cuando Santiago, exhausto tras la paliza en la bici, abrió su taquilla y miró el teléfono.
—¡Joder! —farfulló al ver las notificaciones.
Notó que el hombre que estaba cambiándose a su lado lo observaba con curiosidad, así que se apresuró a ponerse una sudadera, cerró la taquilla y abandonó el vestuario.
Salió a la calle para hablar con el inspector Sorozábal, de quien tenía varias llamadas perdidas.
El frío le mordió el cuerpo cuando pisó la acera y marcó.
—Inspector, ¿qué…?
—La cazadora de la chica, señoría —anunció el policía con triunfalismo—. Ha aparecido.
—Joder, ¿dónde? —exclamó Santiago, y su aliento formó una nube de vaho que se elevó en la oscuridad de la noche.
—En el vertedero de Meruelo. Ayer les dimos la descripción y les pedimos que estuvieran atentos. Suponemos que se deshizo de ella en alguna papelera o contenedor que no revisamos a tiempo.
El juez lo celebró apretando el puño. Aquello era un avance muy importante en la investigación. De pronto, reparó en un detalle.
—Una cosa: ¿cómo saben que es la misma?
Sorozábal carraspeó.
—En realidad, aún no lo sabemos. Pero la subinspectora Soto cree que es idéntica a la que vio en la habitación de la chica.
—¿Cree?
—No recuerda cada detalle porque en aquel momento buscaba testigos y no pruebas, pero está casi segura de que es idéntica, azul con las rayas rojas. Además, tiene varios cabellos sueltos.
—¿De la detenida?
—Es probable. Algunos son rubios, presumiblemente de la peluca que llevaba, y otros morenos, como los de la sospechosa. Los analizaremos. Ah, y hay otra cosa —añadió, y por su tono Santiago comprendió que se trataba de algo relevante.
—¿El qué?
—Hemos hallado sangre. No mucha, pero se aprecian unas pequeñas manchas en la manga derecha. Si coincide con el ADN de la víctima, no habrá duda.
El juez volvió a apretar el puño. En efecto, de acreditarse la coincidencia, el camino para acusar a Alba Ferrero quedaría casi despejado. Eran ya demasiados indicios en su contra.
Pensó en el otro sospechoso, Rafa. ¿Significaba eso que era inocente? Se dijo que no debían sacar conclusiones precipitadas y que lo más conveniente era mantener la vigilancia. Tenían que actuar con el mayor rigor posible, no dejar cabos sueltos.
—Oiga, inspector, ¿y lo demás? El teléfono de Nacho, la cartera de la chica…
El policía tardó en contestar y Santiago intuyó que el hallazgo no había sido pleno.
—Los encontraremos, señoría.