43. Un buen equipo
Un buen equipo
Santander
Cuando Paula llegó a Pomposo y Asociados solo estaba Marina, la secretaria. La mujer, de cincuenta y cinco años, tez pecosa y cuerpo menudo, le explicó que, al acabar la reunión con Álvaro Silva, Antonia se había sentido muy cansada y se había marchado.
—Sí, me lo ha contado por teléfono mientras venía —aclaró Paula—. Supongo que ya te ha dicho lo de…
Dejó la frase en el aire al reparar en que quizá se había precipitado. Sin embargo, Marina asintió con pesar.
—Sí, me lo ha dicho. Ojalá todo vaya bien. Menos mal que nos tiene a nosotras —dijo esbozando una sonrisa triste, y a Paula se le encogió el estómago, consciente de que aún no había contactado con Iberian Labs para dar marcha atrás en el proceso de selección—. Ah, y ahora también a Álvaro.
—Sí, ya me ha contado que lo ha contratado.
—Empieza el miércoles. Es encantador. Haréis un buen equipo.
—Eso espero, sí —dijo Paula, y echó a andar por el pasillo.
—Oye, ¿no os lleváis bien o qué? —le preguntó Marina desde la distancia.
—No, no es eso. Es solo que… —Paula se dio cuenta de que no podía sincerarse totalmente y añadió—: Echaré de menos trabajar con Antonia.
—Volverá, ya lo verás.
Paula asintió y luego se dirigió a su despacho. Una vez allí, se dejó caer sobre la silla, la hizo girar y contempló la bahía, envuelta en la oscuridad.
Rememoró su trayecto hasta el bufete. No solo había aprovechado para hablar por teléfono con Antonia, también con Sofía, a la que le había rogado que no comentaran con nadie lo que sabían sobre la pelea en el Babylon.
Al principio, la mujer se negó a guardar silencio.
¿Cómo iba a quedarse callada mientras tenían detenida a su hija?
Pero ella la había convencido de que, en esa situación, lo más recomendable era esperar.
En aquel preciso momento el inspector y su equipo estarían avanzando, cercando al sospechoso, y muy pronto se aclararía todo.
Paula sacó el expediente del escape de gas y encendió el ordenador.
Ahora debía concentrarse en preparar la segunda sesión de ese juicio.
Al día siguiente declararían los testigos y los peritos, y, aunque tenía ya redactados unos guiones de interrogatorios, debía ajustarlos a lo que habían declarado los acusados esa mañana.
Después se ocuparía de responder los correos electrónicos urgentes que había recibido, que no eran pocos.
Para colmo, Marina apareció al cabo de unos segundos con un folio repleto de notas. Era el registro de las personas que la habían llamado al despacho a lo largo del día. Echó un vistazo rápido. Contó doce.
Resopló. Supo que esa noche, cuando regresara a casa, Martín ya estaría dormido.