42. Presión
Presión
Liencres
Santiago bajó el volumen del televisor cuando su mujer entró en casa y encendió la luz del recibidor. La oyó guardar las zapatillas en el zapatero y a continuación vio cómo se asomaba al salón con semblante taciturno. No habían vuelto a hablar desde esa mañana y, sin duda, seguía molesta.
—¿Qué haces ahí? —le soltó Macarena desde el umbral de la puerta.
Tras un segundo de titubeo, Santiago se levantó del sofá y avanzó hacia ella.
Eran demasiados frentes abiertos para él: aquel caso mediático que al parecer no estaba tan claro como pensaban al principio, las presiones desde el Tribunal Superior de Justicia, las llamadas desgarradoras de su compañera Olivia Canals tras la muerte de su hijo, la discusión con Macarena…
Necesitaba a su mujer. Ahora más que nunca.
Él, que siempre había ansiado triunfar y medrar en la carrera judicial, no podía soportar la idea de convertirse en un fracasado.
Se había pasado casi toda su vida profesional presumiendo de su poder y su labor en la Justicia, haciéndose el importante, y en los últimos meses, tras aquel sonado error, había intentado convencerse de que la fama le daba igual, pero ¿y si en lugar de alcanzar la categoría de juez estrella acababa obteniendo la de juez estrellado?
Si no lograban desenmascarar al culpable o daba cualquier paso en falso que echara por tierra la futura acusación, ¿quién se acordaría entonces de todos sus esfuerzos en asuntos complejísimos y que apenas gozaron de visibilidad, o del interés que siempre ponía para que se hiciera justicia?
No esperaba que nadie le diera las gracias por su trabajo, pero sí buscaba reconocimiento y, por qué no decirlo, también admiración.
Sin embargo, sentía que aquel desliz que cometió había derribado de un plumazo el castillo que llevaba décadas construyendo.
Desde que inició la investigación de la muerte de Nacho Guerra, había apuntado hasta en tres calendarios distintos el plazo que tenían para instruir.
Se repetía que no le volvería a pasar una cosa así, que no se despistaría a la hora de acordar la prórroga correspondiente, pero de pronto se sentía vulnerable, inseguro sobre las decisiones que estaba tomando.
¿Y si el registro del domicilio de Alba Ferrero había sido prematuro?
¿De verdad contaban con indicios suficientes para llevarlo a cabo contra la voluntad de esa familia?
¿Y si la abogada conseguía que se declarara nulo?
Aún peor, ¿y si el culpable era el otro chico, Rafa?
¿Obraba bien la policía no interrogándolo y limitándose a seguirlo?
Nunca se había cuestionado tanto su propio criterio. ¿Qué diablos le estaba ocurriendo?
La mente le daba vueltas cuando llegó a la altura de Macarena y le pidió perdón.
Ella no aceptó su disculpa y le espetó que no podían continuar así.
No estaba dispuesta a que, en cuanto le cayera un asunto relevante, se desatara una tormenta y de repente ella se convirtiera en una amenaza para él.
No, no iba a tolerarlo, le advirtió como si le diera un ultimátum.
—Lo siento, Maca, de verdad… Tienes razón. Es esta puta presión. No soy capaz de…
—Presión no, obsesión —exclamó ella, iracunda—. ¿Qué coño importa lo que piense la gente? ¿Qué coño importa si los de arriba te revocan las resoluciones? Tú haz tu trabajo, y punto. Te lo he dicho mil veces. Nadie es perfecto, y además se trata de una profesión. Nada más.
Él asintió cabizbajo. Hubo un tiempo en que incluso pensó que ella se había sentido atraída por él debido a su condición de juez, por la autoridad que exudaba. Menuda gilipollez. Menos mal que nunca se lo dijo.
—Lo siento —repitió—. Te prometo que no volverá a pasar.
Ella lo observó con desconfianza.
—¿Qué tal en la radio? —preguntó Santiago para distender el ambiente.
Macarena dejó el bolso en la mesa del comedor. Luego se sentó en el sofá.
—Muy ocupada —dijo con frialdad—. Me he pasado casi todo el día informando desde El Sardinero.
Santiago estuvo tentado de confiarle que habían descubierto una pista que implicaba a una tercera persona, pero se contuvo; esa no era la forma de lograr una reconciliación, y se recordó que cuando empezó a salir con ella se prometió que jamás filtraría un solo dato confidencial.
—¿Qué vas a hacer? —se interesó.
—Pues creo que ir al gimnasio, a una clase de spinning. Necesito despejarme. —Relajó el rostro y lo miró—. Y a ti tampoco te vendría mal.
Santiago reconoció que tenía razón, pero señaló el viejo Nokia, que había dejado en uno de los brazos del sofá.
—Sigo de guardia. Termino esta noche, por fin.
—Ya. Pero, aunque te necesiten, podrán esperar un poco, ¿no?
—Sí, pero…
—Que esperen, Santi —insistió tajante—. Por una hora no les va a pasar nada. Eso si te llaman, claro. Venga, así desconectas.
Él no supo negarse. No obstante, antes de salir de casa se aseguró de meter el teléfono en la bolsa de deporte.