La doble víctima 41. Discreción
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41. Discreción

Discreción

Llevaban media hora sentados en una sala de espera de la comisaría cuando, por fin, la puerta se abrió.

Tras la revelación de Esmeralda sobre el altercado que había tenido lugar la madrugada del crimen, Paula había empleado todas sus dotes de persuasión para convencerla de que prestara declaración ante la policía.

Como abogada de la defensa, sabía que podía solicitar que la chica testificara directamente ante el juez de instrucción, pero hasta que su escrito se tramitara pasarían días, y en investigaciones de esa naturaleza la premura era fundamental.

Por eso había querido acompañar a Esmeralda y a su padre a la comisaría.

A Sofía y a Julio les había pedido que se marcharan a casa; estaban demasiado alterados para soportar el paso de los minutos en aquel sitio y, además, su presencia no aportaría nada.

Quien apareció en el umbral de la puerta no fue el inspector Sorozábal, como Paula esperaba, sino una mujer a la que no conocía. Entró taconeando con furia y fulminó a Joaquín con la mirada.

—¿Por qué coño la has traído? —escupió, y lo señaló con el dedo.

El hombre apartó la vista.

—Ella es Julia, mi exmujer… —le dijo a Paula en un murmullo.

La recién llegada ni siquiera la saludó. En su lugar, le espetó a Joaquín:

—Te he hecho una pregunta, joder. Sabías de sobra que yo no quería implicarla en esto. ¿Es que te importa un bledo lo que piense o qué? ¿Es que no has aprendido a cuidar de tus hijas?

Aquello fue una puñalada directa al corazón, y Paula se volvió al instante hacia Esmeralda, que parecía haber empequeñecido varias tallas arrebujada en aquella silla de plástico.

Por lo que le había contado Sofía ese mediodía, hubo una época en la que aquel matrimonio era feliz, pero todo cambió cuando la hermana pequeña de Esmeralda falleció en un accidente hacía cuatro años.

Aquel día, la niña estaba en casa de una amiga y su padre la esperaba con el coche aparcado en doble fila al otro lado de la calle.

Al ver que había policías por la zona, la llamó para decirle que se diera prisa, y unos minutos después ella se lanzó a la carretera sin fijarse en la furgoneta que acababa de doblar la esquina.

Murió en el acto, y esa desgracia devastó al hombre, que, devorado por la culpa, se sumió en una honda depresión.

Para cuando logró recuperarse, en el matrimonio se había levantado un muro de reproches, sufrimiento y dolor que lo oscurecía todo y acabó separándolos para siempre.

A juzgar por la última frase de la mujer, la herida no había dejado de supurar pese al tiempo transcurrido.

De lo contrario, no se entendía que se hubiera referido a sus hijas en plural.

Joaquín, que pareció interpretarlo del mismo modo que Paula, saltó como un resorte. El color había desaparecido de su rostro.

—No te atrevas a… Es tu hija quien ha tomado la decisión de venir, no yo —masculló con los puños apretados.

—¿Hola? ¿Interrumpo algo?

El inspector Sorozábal apareció en la puerta.

Paula suspiró aliviada.

—Inspector, hay una testigo con información relevante —anunció al tiempo que Julia, la madre de la chica, le clavaba una mirada llameante.

—Eso me han dicho mis compañeros. Disculpen, estaba fuera de la comisaría.

En ese momento, Julia agarró a su hija y dijo:

—No, no. Nosotras nos vamos ya.

Sin embargo, el policía se interpuso en su camino.

—Señora, si su hija sabe algo, tiene el deber de colaborar. —A continuación, se dirigió a Esmeralda—. ¿Cómo te llamas?

La chica se presentó y Sorozábal le pidió que fuera con él.

—Y ustedes, los padres, también —añadió el inspector—. Espero que sepan comportarse.

Paula amagó con seguirlos, pero el inspector alzó la mano.

—Letrada, solo los padres.

Otra espera.

A varios kilómetros de allí, la reunión entre Antonia y Álvaro Silva estaba a punto de empezar y ella iba a perdérsela. No podía marcharse de la comisaría en esa situación. Llamó a su jefa para explicárselo. Su tono de decepción fue evidente, pero a la vez comprensivo.

—Antonia, Álvaro me parece una buena elección, de verdad —le dijo Paula—. Si no ves nada raro, siéntete libre de contratarlo.

Una hora después, Teresa le envió una foto con Martín en el parque, los dos abrigados hasta las orejas. Al verlos, sintió un pinchazo en el estómago y, tras meditarlo, contestó con el emoji de la cara con corazones.

Por fin, alguien golpeó con los nudillos en la puerta.

Era Sorozábal.

—Letrada, la testigo y sus padres ya se han ido. Acompáñeme a mi despacho, por favor.

Ella comprimió los labios extrañada, pero no replicó.

Cuando se sentaron, el policía le agradeció que hubiera convencido a la testigo de que declarara. Luego, con semblante serio, le dijo:

—Aprovecho para recordarle que el caso está bajo secreto de sumario. Ni usted ni los padres de su clienta deben revelarle a nadie lo que esa chica les ha contado. Tampoco que ha estado aquí, ¿de acuerdo? A nadie —recalcó.

Ella cruzó las piernas y lo estudió.

—¿Me está diciendo que…?

—Le estoy diciendo que no se les ocurra interrogar a Rafael Santamaría u obstaculizar la investigación haciendo uso de esa información —respondió él con contundencia—. Déjennos trabajar. No pongan en peligro la instrucción.

Al escucharlo, Paula intuyó que lo que el inspector pretendía era no poner sobre aviso al amigo de Nacho Guerra y vigilarlo. No le sorprendía. Era una táctica habitual de la policía. La abogada se llevó una mano al mentón. Era su momento de pedir algo a cambio.

—Lo entiendo, pero tendrán que dejar en libertad a mi clienta. Ahora hay otro sospechoso.

Él esbozó una sonrisa sarcástica.

—Letrada, por favor. No podemos hacer eso, lo sabe de sobra. Déjennos trabajar y todo irá bien. Sea sensata. ¿Les transmitirá a los padres de Alba Ferrero lo que acabo de decirle?

Paula se debatió durante unos instantes.

¿Qué debía hacer? A veces la policía no solo jugaba con los investigados, sino también con sus abogados.

¿Podía fiarse de ese inspector? ¿De verdad iban a tirar de ese hilo?

En realidad, a ella el secreto de sumario no le impedía hacer pública una información que había obtenido por sus propios medios; tampoco presentarse en casa de Rafael Santamaría para intentar interrogarlo.

Aunque, si lo pensaba fríamente, ¿qué ganaba ahora mismo actuando por su cuenta?

Desde luego, no parecía que con ello fuera a obtener la inmediata liberación de Alba y, además, existía el riesgo de que acabara perjudicándola por desvelarle al verdadero asesino que seguían su rastro.

No, era más prudente esperar un poco. En cualquier caso, si para el miércoles la policía no había dejado a su clienta en libertad, siempre podía alegar ese descubrimiento durante la vista de medidas cautelares.

Pese a la decisión que había tomado, abandonó la comisaría sin comprometerse a nada con el inspector. Era abogada defensora. No le correspondía dar facilidades a los investigadores.