40. Un huracán
Un huracán
Paula pisó el acelerador. Eran casi las cuatro de la tarde y, al terminar la primera sesión del juicio por el escape de gas, ni siquiera había pasado por casa.
En realidad, habría podido hacerlo, puesto que el último interrogatorio concluyó al filo de las dos, pero no se sentía con fuerzas para hablarle a Teresa de la enfermedad de Antonia y, por extensión, tampoco de su futuro cada vez más difuso en Iberian Labs.
En su lugar, le había mandado un wasap en el que le decía que las declaraciones se estaban alargando y le pedía que recogiera a Martín de la casa de los abuelos y comieran sin ella.
Se sentía mal por mentirle, pero ¿qué podía hacer en una situación así? Necesitaba estar sola.
Había tomado un par de pinchos absorta en sus pensamientos y ahora buscaba aparcamiento en la zona de Valdenoja, en las inmediaciones del piso donde vivía Joaquín Martos, el jefe de estudios del Colegio Picos de Europa.
Había quedado allí con los padres de Alba.
Según le había explicado una desesperada Sofía, todo el mundo les estaba volviendo la espalda.
La gente se resistía a ayudarlos, no quería hablar con ellos y mantenía las distancias.
El único que había aceptado mantener una reunión era ese hombre.
Sofía y Julio tenían buena relación con él y, tras insistir, habían conseguido que accediera.
Unos meses atrás, había sido fundamental para aligerar los trámites que complicaban la inscripción de Alba en aquel colegio, que estaba casi al completo, y se había implicado desde el primer día en su integración en el grupo, consciente de sus problemas en el otro centro.
De hecho, según Sofía, era quien había convencido al director de abrir directamente un expediente disciplinario por acoso contra Nacho después del último suceso.
Además, la hija de Joaquín era compañera de Alba en la nueva clase y al parecer había acudido a la famosa fiesta, y Sofía tenía la esperanza de que esa conversación pudiera arrojar algo de luz sobre lo ocurrido.
Por eso le había rogado a Paula que los acompañara: ella sabría qué preguntar, y quizá no tuvieran otra oportunidad.
Al final, la abogada se había comprometido a estar presente, aunque no olvidaba que no podría entretenerse demasiado, puesto que Antonia la esperaba en el despacho para la entrevista con Álvaro Silva.
Encontró un hueco y aparcó, y luego echó a andar hacia el portal.
Cuando dobló la esquina, vio que el matrimonio ya la estaba esperando.
Se les veía hundidos, desolados, y aunque solo había transcurrido un día desde la detención, cuando los saludó tuvo la sensación de que habían perdido varios kilos.
Trató de ponerse en su lugar. ¿Cómo se afrontaba un proceso así, con una hija sospechosa de asesinato?
Antonia siempre le había recomendado que tomara distancia con sus clientes, que no se implicara emocionalmente, pero ya era tarde para eso.
En la segunda planta les abrió la puerta un hombre alto, corpulento y calvo. Tenía un gran lunar en un lado del cuello y los ojos pequeños, y vestía una camisa sudada en las axilas y unos vaqueros.
—Buenas tardes —dijo al tiempo que le tendía una mano a Paula—. Soy Joaquín. Disculpe que no les atienda también José Luis, el director. Tenía programado un viaje. Esta semana no hay clase y, en fin, ha decidido no perder los vuelos…
—Encantada. No se preocupe.
Cuando Paula se apartó, el hombre se acercó a los padres de Alba y, tras un breve titubeo, se fundieron en un abrazo.
Unos minutos más tarde, los cuatro se sentaron en el salón.
Joaquín vivía con su hija, Esmeralda, salvo cuando ella estaba en casa de su madre.
Según le había explicado Sofía a Paula, se habían divorciado hacía unos años y tenían la custodia compartida de la menor, que ese curso cumpliría los diecisiete.
—Esmeralda vendrá en un rato, está comiendo con unas amigas —repuso Joaquín al ver las miradas que Julio y Sofía lanzaban a su alrededor—. Aunque su madre no quiere que hable con vosotros…
—¡Pero Alba es inocente! —exclamó Julio, y su voz sonó aguda, descontrolada—. Necesitamos ayuda…
Joaquín los contempló con pesar mientras se frotaba la nariz. Parecía atenazado, vacilante, como si no supiera bien qué hacer.
—Antes he hablado con mi hija —musitó al fin con tono lúgubre—. Sé que me está diciendo la verdad, y cuando le he preguntado qué ocurrió en esa fiesta… —Se detuvo y se pasó la lengua por los labios, como si no se atreviera a continuar.
—Qué —lo espoleó Julio.
Joaquín desvió la vista hacia una ventana cercana. La luz que entraba era escasa y plomiza, y en menos de dos horas sería de noche.
—Según ella, Alba se alteró mucho. Me ha dicho que, cuando cogió el cuchillo, todos gritaron de terror. Creyeron…, en fin, creyeron que iba a matarlo.
Se hizo un silencio perturbador, tan espeso que el aire se volvió irrespirable.
Paula pensó que, si aquella muchacha y otros testigos declaraban lo mismo, el caso se le pondría muy cuesta arriba.
Sintió que su confianza en Alba flaqueaba.
¿Y si, después de todo, ella lo había matado?
¿Y si esperó al acecho hasta que Nacho apareció?
¿Y si estaba defendiendo a una asesina que la había manipulado, que la estaba engañando como a una tonta?
Trató de ahuyentar esos pensamientos y tomó la palabra:
—Usted estaba a cargo del expediente disciplinario que se le abrió a Nacho Guerra, ¿verdad?
—En realidad, no —respondió el jefe de estudios—.
La investigación la llevó a cabo un profesor, como marca la norma.
En concreto, el de Matemáticas. Y quien tenía que dictar ahora la resolución y decidir qué sanción se le imponía al alumno era el director, José Luis.
Aunque yo estaba al tanto de todo, claro.
Tras el último suceso, el del 20 de enero, había indicios claros de bullying y no podíamos mirar hacia otro lado ni ser tibios.
Por eso, ese mismo viernes se le mandó cinco días a casa con carácter inmediato y se inició el expediente por posible acoso.
Hasta entonces habíamos intentado solucionarlo con apercibimientos, amonestaciones, trabajos y castigos similares, y también habíamos puesto sobre aviso a las familias, pero no sirvió de nada…
—explicó, y luego imprimió dureza a su tono—.
Su comportamiento era recurrente, cada vez iba a más y había que pararle los pies.
Sobre todo, sabiendo que Alba había denunciado otro caso en su anterior colegio, aunque luego perdiera el juicio —añadió, y observó muy serio a los padres de la muchacha.
—¿Ella reaccionó alguna vez de forma violenta? —quiso cerciorarse Paula.
—No, nunca. De hecho, intentaba aparentar que estaba bien, aunque era evidente que sufría.
La propuesta del profesor de Matemáticas, el que instruyó el expediente, era expulsar a Nacho durante veinticinco días, casi el plazo máximo legal, aunque el director dudaba.
Decía que igual no convenía pasarnos de severos, que su madre era jueza y podría llevarnos a los tribunales…
—dijo, y por la inflexión de su voz resultó obvio que él no estaba de acuerdo con eso—.
En los colegios es muy difícil lidiar con esas situaciones, la burocracia que conlleva, las decisiones…
—Tengo entendido que, después de lo del 20 de enero, él dejó de molestarla —prosiguió Paula—. ¿Es cierto?
—Sí, lo es. Aunque también es verdad que para entonces ya la habíamos cambiado de clase a petición de Julio y Sofía, que estaban muy preocupados, y en el patio nosotros estábamos atentos.
—¿Y a usted, que la conoce, le parece posible que después del arrebato en la fiesta lo estuviera esperando cerca de su casa para apuñalarlo? —inquirió Paula—. Porque, por lo que hemos sabido, ella no fue al centro con los demás, ¿no? Se marchó.
El hombre vaciló.
—Eso no lo sé. Quiero decir, que no sé si mi hija volvió a verla. Para responderle, tendría que preguntárselo a ella.
Paula oyó sollozos a su lado. Era Sofía, apoyada en el hombro de su marido. Las lágrimas le resbalaban por el rostro y le temblaba todo el cuerpo.
—Alba no fue. Alba no pudo ser…
En ese momento, la puerta principal se abrió y les llegó el sonido de unos pasos dubitativos.
—¿Papá?
Una adolescente delgada, de pelo castaño muy fino y ojos de color avellana, se asomó al salón. Paula se percató de que palidecía al ver a Sofía derrumbada, llorando sin parar.
—Perdón, yo… Lo siento —farfulló azorada al tiempo que se llevaba la mano a la nuca.
Sofía la miró con un rictus suplicante y luego hizo lo mismo con Joaquín. Necesitaban hablar con ella, necesitaban encontrar respuestas.
El hombre exhaló un suspiro.
—Hija, siéntate aquí, por favor.
El rostro de la chica reflejó alarma. Al principio no se movió del sitio, pero no tuvo otro remedio que obedecer cuando su padre le insistió.
—Les presento a Esmeralda.
—Creo que ya nos hemos visto alguna vez por el colegio —dijo Julio, y Paula advirtió que forzaba una leve sonrisa, quizá con intención de ganarse la confianza de la muchacha.
—Hija, una cosa: ¿tú recuerdas si la madrugada del domingo volviste a ver a Alba? —preguntó Joaquín.
La joven se revolvió el cabello y desvió la vista.
—No… Ella, bueno, ella salió corriendo de la fiesta y ya no supe nada más. Yo pensé en seguirla porque me daba pena, pero la vi tan furiosa, y con ese cuchillo… Me dio miedo.
—Pero tú has estado en clase con ella casi un mes —gimió Sofía mientras intentaba secarse las lágrimas con el dorso de la mano—. Sabes que no es así.
La chica levantó la mirada y luego se mordió el labio, como si no se decidiera a hablar.
—Por favor, Esmeralda —le suplicó Sofía, y juntó las manos para enfatizar su ruego—. Si hay algo que sepas, algo que nos ayude… Alba dice que es inocente, que tuvo que ser otra persona…
De pronto, la mandíbula de la joven empezó a temblar. Paula, que estaba habituada a detectar ese tipo de reacciones en los juicios, intervino de inmediato:
—Esmeralda, soy Paula, la abogada de Alba.
Tienes que contárnoslo todo, ¿lo entiendes?
No solo por ella, también por ti. Si la condenan, pasará muchos años en la cárcel.
¿Y si es inocente? ¿Estás dispuesta a cargar con algo así?
—La miró a los ojos—. Hay algo que sabes, algo que no te atreves a contarnos, ¿no es eso?
Esmeralda se pasó las manos por el rostro.
—Me da miedo que…
—No tienes nada que temer. Hablaremos con la policía. Te protegerán. ¿Qué ocurre?
La chica tragó saliva con dificultad. Luego fijó los ojos en la abogada.
—Aquella noche… aquella noche fuimos todos al Babylon. Todos menos Alba y Víctor, el chico que montó la fiesta. Y allí…, bueno, allí hubo una pelea —confesó, y bajó los hombros como si de repente se descargara de un gran peso.
Sofía y Julio contuvieron la respiración. Paula se inclinó hacia la joven con los músculos en tensión.
—¿Una pelea?
La voz de la joven se convirtió en un susurro tenso.
—Nacho… Nacho estaba lanzado… Parecía que todo le daba igual, era como un huracán.
En la casa yo ya me había fijado en que estaba intentando ligarse a Gabriela, la novia de Rafa, y él…
, bueno, él también debió de darse cuenta.
Llevábamos un rato en el Babylon y, cuando Nacho y Gabriela salieron a fumar, Rafa fue detrás para vigilarlos.
Creo que los vio muy juntos y entonces… entonces fue a por él y se pelearon.
Paula procesó a toda velocidad las palabras de la muchacha.
—¿Y qué ocurrió luego?
—Los separaron y Rafa le gritó que como se lo volviera a cruzar lo mataría. Nacho le dijo que él haría lo mismo. Yo los oí. Después, Nacho se marchó con Andrés, que es amigo de los dos. Supongo que quería poner calma…
—¿Andrés vive cerca de Nacho?
—Sí, en la misma calle. Es una casa blanca. Está algo antes de la de Nacho.
Paula memorizó el dato.
—¿Y Rafa qué hizo?
—Se metió en la discoteca con nosotros, pero no duró nada. Estaba como loco…
—¿Cuánto tardó en irse?
—Cuatro o cinco minutos, como mucho…
—¿Lo acompañó alguien?
—Gabriela se ofreció, pero él no quiso. Se fue solo.