La doble víctima 39. Faldas
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39. Faldas

Faldas

Dos horas y media después, en su despacho, Santiago examinaba con la fiscal Calderón el contenido del informe preliminar de la autopsia.

Desde su llegada, el juez había celebrado tres vistas consecutivas en la sala asignada al juzgado de guardia, y ese era el primer momento del que disponía para retomar el «crimen del Carnaval» e intercambiar impresiones con ella.

Por fortuna, era su última jornada de guardia y al día siguiente le cedería aquel teléfono infernal a otro compañero.

Aunque la investigación del asesinato de Nacho Guerra seguiría a su cargo.

Según el informe, la causa del deceso era el seccionamiento de la arteria pulmonar a consecuencia de dos puñaladas en la axila, lo que ocasionó a la víctima un intenso hemotórax que resultó letal.

En el documento se indicaba que las dos incisiones, que penetraron hasta el pulmón, fueron asestadas de frente y en trayectoria oblicua por una persona diestra, y la descripción que se hacía del arma, a juicio de Santiago, podía encajar con los cuchillos incautados en el domicilio de Víctor Hermoso.

Ese era un punto sobre el que tendría que pronunciarse el forense cuando se los entregaran, aunque el juez, por experiencias anteriores, sabía que sería casi imposible determinar con total seguridad cuál era el arma del crimen.

Era de esperar que existieran otros modelos en el mercado que causaran heridas similares.

Faltaba el informe de vísceras, lo cual no era de extrañar, puesto que los análisis toxicológicos se realizaban en Madrid y el resultado solía retrasarse semanas o incluso meses.

La misma demora se produciría, seguramente, con la obtención del ADN de los restos de piel encontrados bajo las uñas de la mano derecha del fallecido.

Era lo habitual, y por eso debían armarse de paciencia y avanzar mientras tanto por otros caminos.

Esa mañana, la agente Manrique había empezado a recorrer uno de esos caminos.

Sorozábal le había encomendado rastrear hasta el último rincón de las redes sociales y, mientras ellos visitaban a la familia Hermoso, ella se había zambullido en los perfiles de Instagram y de TikTok de Alba con ayuda de Carlos Alonso, el compañero de pupitre de la chica, a quien había citado en comisaría.

Sin embargo, Manrique no había sido capaz de dar con nada incriminatorio.

Alba no era muy activa en sus cuentas; en general, se limitaba a compartir selfis y alguna foto de paisajes con reflexiones sobre la vida que aspiraban a resultar profundas.

La agente se lo había comentado por teléfono a Sorozábal cuando abandonaban la casa de la familia Hermoso, y este se lo había trasladado a Santiago para que estuviera al corriente de todo.

Además, hasta donde el juez sabía, la policía estaba siguiendo otras dos vías indagatorias.

Una era Raquel, la amiga de Alba, a quien había ido a ver el propio Sorozábal.

La otra era la discoteca Babylon, donde supuestamente Nacho y otros chavales continuaron la fiesta la madrugada del domingo.

Esa parte la había asumido Andrea Soto, quien, según le comunicó un funcionario en ese momento a Santiago, acababa de presentarse en el juzgado preguntando por él.

—Señoría, asegura que es urgente.

El juez alzó la mirada del informe de la autopsia.

—Sí, sí, que pase.

El funcionario se ausentó y al cabo de unos segundos la policía entró con una carpeta bajo el brazo. Tras los saludos, tomó asiento junto a la fiscal Calderón, al otro lado del escritorio.

—El inspector me ha pedido que viniera. Ahora mismo él está hablando con Raquel Peña. Le ha costado localizarla y no quería dejarlo a medias.

—No se preocupe. Díganos.

La subinspectora abrió la carpeta y sacó un DVD.

—Son las grabaciones de seguridad del Babylon de la madrugada del domingo.

Santiago comprendió que contenían algo importante y tomó el DVD que Soto le tendía. Lo introdujo en el lector del ordenador e inició la reproducción. Soto y la fiscal se levantaron y se colocaron al lado del juez.

—Debe poner el cursor a las tres y treinta y cinco minutos —señaló la subinspectora.

Santiago lo hizo y en la pantalla se materializó un grupo de personas arremolinadas en torno a dos jóvenes que se empujaban con violencia a la puerta del bar. El juez, que había reconocido las facciones de uno de ellos, congeló la imagen y, acto seguido, la amplió.

—Joder, este es…

—Sí, señoría. Es Nacho Guerra —confirmó Soto.

—¿Y el otro? Su cara me resulta familiar.

—Es su amigo Rafa —dijo Soto—. Estaba en la fiesta del chalet. Lo vimos en las imágenes que mandó la agente Manrique.

Santiago asintió y se apresuró a reanudar el vídeo.

En menos de diez segundos, los dos amigos llegaban a las manos y se agredían a base de puñetazos y agarrones, hasta que el portero intervenía y los separaba.

A su alrededor, los demás chavales miraban e incluso llegaron a jalearlos.

El juez se fijó en una chica apartada de la multitud, que parecía llorar.

—¿Sabemos quién es ella? —preguntó Santiago.

—Sí —respondió Soto al instante—. He conseguido localizar al portero y hablar con él. Por lo visto, se llama Gabriela y es la novia de Rafa. O al menos lo era en ese momento.

—¿Un lío de faldas?

—Correcto. Resulta que Nacho fue a fumar con ella y estuvieron tonteando. Rafa, que ya debía de andar con la mosca detrás de la oreja, salió de la discoteca y comenzó a empujar a Nacho. Se insultaron y, como se aprecia en el vídeo, tuvieron más que palabras.

—Mire, ahora Nacho se está yendo —murmuró Santiago, que seguía observando las imágenes—. Lo acompaña otro chico. No se le ve bien…

—Aún no lo he verificado, pero debe de ser Andrés. Él le dijo al inspector Sorozábal que se marchó con Nacho. Las horas cuadran. Y si esperamos unos cinco minutos, veremos a Rafa abandonando también el bar. Solo.

Dejaron correr el vídeo y comprobaron que la subinspectora estaba en lo cierto.

—¿Cree que Rafa decidió ir tras ellos? —inquirió el juez.

La subinspectora se encogió de hombros.

—Ayer le dijo al inspector que se dirigió a su casa, y hay que tener en cuenta que buena parte del camino era el mismo. Ahora bien, él aseguró que no los vio…

Santiago chasqueó la lengua.

—Hay que volver a interrogarlo —dijo.

—Por eso estoy aquí —respondió Soto, y volvió a sentarse al otro lado del escritorio.

Juntó las yemas de los dedos y miró al juez—.

Salvo que usted nos autorice a registrar su casa, creemos que por ahora es mejor ser cautos y ponerle seguimiento, señoría, para ver qué hace.

De hecho, ya hay un compañero vigilando sus movimientos.

Santiago balanceó la cabeza mientras lo sopesaba. Obviamente, no iba a ordenar un registro solo por esas imágenes. Resultaba desproporcionado, excesivo, y cualquier abogado conseguiría que más adelante se declarara nulo.

—Como tenemos a Alba detenida —continuó Soto—, Rafa pensará que está a salvo. Si él cometió el crimen, habrá bajado la guardia o lo hará pronto. Y con el arma del crimen y el teléfono de la víctima desaparecidos…

—Creen que, si ha sido él, podría delatarse, ¿no? —completó Santiago mientras cogía un bolígrafo y lo hacía girar entre los dedos.

—Exacto. Podemos retener a Alba hasta el miércoles, así que disponemos de cierto margen.

—Sí, pero no olviden que la chica intentó huir. Y que se marchó de la fiesta con un cuchillo que podría ser el arma del crimen. Además, tampoco hay rastro de la cazadora que llevaba esa noche…

—Solo contemplamos todas las opciones, señoría. Es una posibilidad remota, pero, si ponemos ahora a Rafa sobre aviso, luego será más difícil cogerlo.

Santiago estudió el rostro de la fiscal.

—Inés, ¿tú qué piensas?

Ella levantó ligeramente las manos.

—No me parece mal.

El juez centró de nuevo su atención en la subinspectora.

—Y esto implica no hablar tampoco con los otros amigos, claro —dedujo.

—En efecto, aún no. Lo que no quita para que sigamos investigando.

—Bien. Hagan esa vigilancia —zanjó Santiago—.

Pero no apuren demasiado. Cuando el miércoles tenga que resolver si envío a la chica a prisión provisional, quiero tomar la decisión con conocimiento de causa y tenerlo todo comprobado.

A esas edades la cárcel puede marcarte para toda la vida y no me gustaría cometer un error.

No puedo permitírmelo, mejor dicho. Por ella, por su familia y por la familia de la víctima —remarcó.

Tanto la fiscal como la policía fueron conscientes de que el fantasma de su anterior fracaso volvía a sobrevolarlo.

—Descuide. Se lo transmitiré al inspector.