La doble víctima 38. Juego de cuchillos
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38. Juego de cuchillos

Juego de cuchillos

Augusto los saludó y de inmediato les hizo saber que, aunque acababa de llegar de viaje con su mujer, lo esperaban en el despacho y no podía demorarse demasiado.

—Si no fuera por su negativa de ayer, hoy no estaríamos aquí —le recordó Sorozábal con acritud.

El abogado ladeó la cabeza.

—Por favor, inspector, entiéndalo. Se produce un crimen, ustedes quieren entrar en mi domicilio, yo estoy a miles de kilómetros…

Será deformación profesional, pero prefería ser precavido —añadió, y miró al juez.

Él se dedicaba a asesorar y defender a empresas, y ambos habían coincidido en algunos casos de delito corporativo.

—¿Pasamos? —fue todo lo que le contestó Santiago.

Augusto asintió y se hizo a un lado.

El juez fue tras Sorozábal y se internó en los jardines de aquel inmenso chalet. Estaba pintado todo de blanco y el perímetro se hallaba delimitado por un alto muro. Las casas vecinas se encontraban lo suficientemente lejos como para que la vivienda gozara de total privacidad.

Nada más acceder al recibidor, se toparon con el chico. Era un calco de su padre, la misma piel bronceada, el pelo castaño y ondulado y los ojos oscuros. La única diferencia era el modo en que el adolescente se encorvaba, sin atreverse a mirarlos a la cara.

—Víctor, haz el favor de saludar —le ordenó Augusto.

Imprimió a sus palabras un tono duro y cortante, y Santiago comprendió que seguía furioso por la fiesta que el chaval había montado a sus espaldas.

El muchacho balbuceó un «Buenos días» sin apartar los ojos del suelo.

En ese instante, una mujer de mediana edad salió de una estancia próxima y se les acercó con paso nervioso.

Santiago la reconoció: se trataba de Rosa de Frutos, madre de Víctor y heredera de un potente grupo metalúrgico fundado en Cantabria hacía más de un siglo.

Era alta, delgada y rubia, tal y como se apreciaba en las fotos de internet que el juez había consultado a primera hora al investigar a esa familia.

Sin embargo, sus atractivas facciones se veían deslucidas por unos ojos húmedos e irritados.

Daba la impresión de haber estado llorando antes de que llegaran.

—Les presento a mi mujer, Rosa —dijo Augusto.

Ella murmuró un saludo y le estrechó la mano al inspector, que se había adelantado para ofrecérsela. A continuación, Sorozábal observó al muchacho.

—Víctor, ya sabes por qué estamos aquí. Parece que el sábado celebraste una fiesta con bastante gente, ¿no?

Él se retorció las manos y asintió de un modo casi imperceptible.

—Ayer, cuando le abriste la puerta a mi compañera, te asustaste mucho —prosiguió el policía.

—Bueno, es que…

—La fiesta era secreta, ¿no? Creías que ni tus padres ni nosotros nos enteraríamos.

El joven lo confirmó con un sonido gutural.

—Pero ha muerto un chico, Víctor. ¿Entiendes lo importante que es esto?

—Lo entiende perfectamente —intervino Augusto—. Hemos hablado con él.

—Bien. Estuvisteis en el sótano, ¿verdad?

—Sí… ¿Quién les ha dicho que…?

—Eso da igual —le cortó Sorozábal, que no iba a darle a ese chaval detalles de la investigación—. ¿Podrías llevarnos hasta allí?

Víctor miró a su padre, que dio un paso al frente.

—Síganme —resolvió Augusto con firmeza.

Recorrieron un largo pasillo y, tras dar un giro, bajaron por unas escaleras que se escondían detrás de una puerta de madera maciza.

Como esperaban, el sótano se correspondía con la estancia de ladrillos cara vista de las fotos de Instagram que la agente Manrique les había enviado el día anterior.

Allí abajo hacía bastante frío, y Santiago se fijó en que no había radiadores ni estufas.

La comida y las botellas de alcohol habían desaparecido.

Al pasar un dedo por la mesa, el juez comprobó que Víctor había hecho un buen trabajo: ni una mota de suciedad.

—Alba Ferrero estuvo aquí, en la fiesta, ¿no es así? —le preguntó el inspector.

Víctor volvió a retorcerse las manos.

—Sí… Ella, esto…, creo que pensaba que él no vendría —dijo con voz ronca—. En realidad, todos lo pensábamos. Yo solo lo supe un poco antes.

—¿Te refieres a Nacho?

—Sí.

—¿Y por qué Alba no se enteró?

—Supongo que nadie la avisó. A mí no se me ocurrió, aunque tampoco nos imaginábamos que…

Dejó la frase a medias y el inspector decidió completarla:

—¿Que fuera a atacarlo con un cuchillo?

Víctor cabeceó.

—¿Tú lo presenciaste? —indagó Sorozábal.

—Sí. Yo… Bueno, estaba a un par de metros.

—¿Y de dónde lo cogió exactamente?

—¿El cuchillo? De una mesa auxiliar. Está guardada en el trastero. La puse aquí para tener más espacio.

—Entonces ¿el cuchillo estaba sobre la mesa?

—Sí. Habíamos comprado cubiertos de plástico, pero puse algunos cuchillos buenos, de esos especiales. —Se detuvo para tragar saliva—. Ese ni siquiera lo habíamos utilizado, pero ella lo tenía cerca y…

Santiago le sostuvo la mirada.

—¿Tú fuiste uno de los que la sujetaron, Víctor?

El chico le respondió que sí y confirmó punto por punto la versión que manejaban los investigadores sobre lo ocurrido allí.

Luego añadió que, unos minutos después de que Alba saliera corriendo, los demás se fueron al centro de Santander para seguir la fiesta, pero que él se quedó porque estaba agotado y se metió en la cama tras recoger un poco.

De soslayo, Santiago vio que la subinspectora Soto anotaba todo en su libreta.

—¿Recuerdas si Alba se marchó con el cuchillo? —continuó Sorozábal.

Víctor exhaló un suspiro nervioso.

—No lo sé. Con todo el alboroto… Pero aquí no está.

—Pertenece a un juego de cinco piezas que compramos hace unos meses —intervino su padre—. Y ahora solo quedan cuatro. Lo he comprobado.

—¿Y antes de la fiesta conservaban los cinco? —preguntó entonces Santiago, consciente de que esa sería la típica pregunta de un abogado defensor.

—Sí, porque los saqué todos y los conté —dijo Víctor con convicción.

El juez asintió para sí, satisfecho.

—¿Nos los pueden enseñar? —pidió Sorozábal.

El padre se ofreció a guiarlos hasta la cocina.

Cuando llegaron, formaron un semicírculo en torno al cajón que el hombre se dispuso a abrir.

Sacó los cuatro cuchillos y, a instancias del inspector, los depositó sobre la encimera.

Un agente de la policía científica se adelantó y tomó uno de ellos con cuidado.

El metal refulgió bajo los rayos de sol que se filtraban por la ventana.

Parecía afilado y ligero, y uno de sus extremos estaba encajado en un mango negro.

El agente sacó una cinta métrica del bolsillo y la colocó sobre la hoja.

Santiago se aproximó y fijó la vista en la cinta. Después, miró al inspector y supo que ambos estaban pensando lo mismo.