La doble víctima 37. Juicios paralelos
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37. Juicios paralelos

Juicios paralelos

Era el turno de la acusación particular.

El fiscal había finalizado su interrogatorio y Félix Villar, el abogado que defendía los intereses de los afectados por el escape de gas, revisaba sus notas antes de lanzarse en picado contra el primero de los acusados.

Paula lo observó con detenimiento al otro lado del estrado.

Era un hombre de cincuenta y seis años con ligero sobrepeso, el pelo ralo y peinado a raya, y una barba totalmente blanca y recortada de forma impecable.

No era la primera vez que se enfrentaban y, al parecer, no sería la última.

Al entrar en la sala, Villar se le había acercado para murmurarle con tono malicioso que los padres de Nacho Guerra se habían puesto en contacto con él para que se hiciera cargo del caso por el asesinato de su hijo.

Eso, por desgracia, significaba que, además de con la fiscalía, ahora también tendría que pelear con ese hombre para lograr que Alba quedara al margen de la investigación.

La designación de Villar no suponía una buena noticia para su clienta, y mucho menos en el supuesto de que tuviera que sentarse en el banquillo.

Era uno de los mejores abogados de Santander y no acostumbraba a perder.

Además, había sido decano del Ilustre Colegio de la Abogacía de Cantabria hasta el año anterior y, solo por haber ostentado ese cargo, infundía respeto y generaba credibilidad, lo cual no resultaba baladí ante un jurado, a menudo integrado por gente que, fuera de su hábitat natural, se volvía impresionable.

Paula confiaba en que no fuera necesario verlo desplegar sus artes ante los miembros del jurado, aunque, sin conocer qué datos concretos manejaba la policía contra Alba y qué podía estar pasando por alto aquel inspector, ¿cómo iba a ayudarla?

Era consciente de que, si la situación no cambiaba radicalmente, en dos días el juez Belmonte tendría que pronunciarse sobre si dejaba en libertad a Alba o decretaba su ingreso en prisión provisional, a la espera de juicio.

De momento prefería no pensar en esa posibilidad y confiar en que, por un lado, los padres de la chica consiguieran alguna información de interés y, por otro, los agentes hicieran su trabajo.

Villar alzó el mentón y formuló su primera pregunta. Era buena. Contundente. Una estocada en toda regla. Pero no pilló por sorpresa al acusado, que la esquivó con agilidad. Ella lo había preparado a conciencia.

El abogado dejó traslucir cierta decepción por la respuesta, pero volvió a la carga.

Fue entonces cuando Paula notó otra vez que su teléfono vibraba en la americana, a la altura de las costillas.

La estaban llamando desde que había comenzado el juicio.

Tuvo la tentación de sacarlo del bolsillo y ojearlo, pero temía distraerse y perderse algún detalle del interrogatorio que luego pudiera resultar relevante, o que el tribunal la amonestara por su conducta.

Unos segundos después notó tres vibraciones adicionales, cortas y seguidas, como una cadena de wasaps, y Paula se rindió y abandonó toda cautela.

No podía aguantar sin saber qué estaba sucediendo más allá de esas paredes.

Sacó el móvil y lo depositó con delicadeza en la mesa, al lado del expediente y de su bolígrafo.

Levantó la mirada. Nadie se había fijado.

Envalentonada, lo desbloqueó mientras se esforzaba por no perder el hilo del interrogatorio.

Ahora Villar estaba abordando la firma del contrato de servicios con la empresa de mantenimiento de las calderas del hotel.

Era un asunto importante, pero el letrado había comenzado dando un rodeo, quizá con la esperanza de que el acusado se relajara.

Paula se permitió volver al teléfono. Lo primero que vio fue la notificación de un correo electrónico remitido por Rosario Huertas, de Iberian Labs.

La respiración se le aceleró y pulsó sobre el mensaje para abrirlo.

Era lo que se imaginaba: le confirmaban que el martes, a las seis de la tarde, la esperaban en las oficinas de la multinacional para la entrevista con el director de Asesoría Jurídica.

Maldijo para sus adentros. Durante el trayecto a los juzgados no había sido capaz de enviar el correo para cancelar la reunión.

¿Y si no volvía a surgir una oportunidad así?

Pero, al mismo tiempo, ¿cómo iba a dejar tirada a Antonia en su situación?

¿Es que no tenía humanidad? Tampoco se había atrevido a consultarlo con Teresa.

De pronto se percató de que no estaba prestando atención a Villar y al acusado.

¿Habrían dicho algo importante? Se disponía a centrarse de nuevo en ellos cuando se fijó en que tenía otras dos notificaciones.

Echó un vistazo rápido. La primera indicaba que Sofía la había llamado cinco veces.

La segunda, que Antonia le había escrito dos wasaps.

Uno de ellos era una imagen. El otro, un mensaje en el que le preguntaba si estaba al corriente de aquello.

Paula no pudo resistir la tentación. Abrió la imagen. Era un pantallazo de un reportaje que una conocida revista había publicado en su versión digital.

ACOSO Y MUERTE.

LA BOMBA QUE TERMINÓ ESTALLANDO.

Ese era el titular. Y debajo, un montaje en el que aparecían, por un lado, Sofía y Julio posando con su hija en la proa de un velero y, por otro, Nacho y sus padres en las inmediaciones del colegio Picos de Europa. Ambas instantáneas estaban separadas por lo que simulaba ser un reguero de sangre.

Paula frunció el ceño y siguió leyendo. El periodista informaba de que el padre de la presunta asesina y el de la víctima trabajaban en la misma empresa, algo que Julio le había contado a ella la tarde anterior, y se hacía eco de algunas discusiones acaloradas que, por lo visto, ambos habían tenido no solo en la oficina, sino también en el centro escolar con motivo del trato que Nacho dispensaba a Alba.

Según una fuente que el autor no citaba, eso podía haber afectado a la chica, recrudeciendo la situación y, al final, empujándola a matar.

A la abogada se le escapó un bufido que el micrófono amplificó.

Lamentaba que, como ocurría en muchos otros casos, los juicios paralelos y las especulaciones tóxicas ya estuvieran circulando cuando la investigación no había hecho más que arrancar.

¿Cómo iba a respetarse así la presunción de inocencia?

—Letrada, ¿quiere decir algo?

Paula se sobresaltó y retiró la mano del teléfono. Quien se había dirigido a ella era el presidente del tribunal, que en ese momento la escudriñaba con hosquedad.

—No, no. Disculpe, señoría.

—Bien. Pues ahórrese los ruiditos, ¿de acuerdo? Y haga el favor de guardar eso.

Azorada, Paula obedeció en el acto e intentó no preocuparse por el ridículo que acababa de hacer. Pero ¿qué estarían pensando sus clientes?