La doble víctima 36. Una monstruosidad
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36. Una monstruosidad

Una monstruosidad

El juez Belmonte aparcó el coche y fue caminando hasta la cafetería donde lo aguardaban Sorozábal y su compañera, pegada a la Primera playa de El Sardinero.

Aunque no llovía, hacía frío y su aliento formaba volutas de vaho que se contoneaban en el aire.

Tras saludarse, entraron y escogieron una mesa apartada. Pidieron tres cafés.

—Bien, ¿qué les ha contado el padre de la víctima? —preguntó el juez con tono malhumorado. Antes de salir de casa, había discutido de nuevo con Macarena. Ella se había marchado sin despedirse.

—Samuel Guerra nos ha confirmado que trabaja con Julio Ferrero y que, tal y como sospechábamos, la noche del sábado estuvieron en la misma cena —contestó Sorozábal.

—¿Y por qué no lo mencionó cuando hablamos con él y su mujer? No saberlo nos ha hecho quedar como unos idiotas.

—Los dos se han disculpado. Nos han pedido que nos hagamos cargo del momento que estaban viviendo. No pensaron en eso, no le dieron importancia.

—¿Le han preguntado a Samuel cómo era su relación con Julio hasta ayer? —quiso saber Santiago.

El inspector asintió.

—Según él, complicada. Tuvieron algunos encontronazos en enero a raíz del comportamiento de Nacho con Alba, hasta que el chaval dejó de meterse con ella casi a finales de ese mes. Ahora se hablaban lo justo.

—¿Y de quién fue la decisión de nombrarlo director de Logística y traerlo a Santander? —inquirió Santiago.

—Fue cosa del consejo de administración de la naviera, aunque Julio no se opuso —respondió Sorozábal—. Se respetaban, al menos al principio. De hecho, parece que fue Julio quien lo ayudó a buscar casa y le avisó de que había un piso disponible en el número 29 de Joaquín Costa.

—Supongo que ninguno habrá ido a trabajar hoy, ¿no?

—Samuel no, le han dado un permiso por la muerte de su hijo. En cuanto a Julio, no lo sabemos.

—Cuando coincidan, será un problema —dijo Soto.

El juez recordó que su mujer había dicho exactamente lo mismo en casa. Removió el café y dio un trago largo.

—Me imagino que Julio tampoco tendría en mucha estima al chico, ¿no? —apuntó, y devolvió la taza, vacía, al platillo.

—No, en ninguna —confirmó Sorozábal—. Al parecer, un día llegó a decirle a Samuel que, como su hijo no dejara de humillar a Alba, tomaría medidas.

Santiago lo miró fijamente.

—¿Usted cree que…?

—No, no creo que se refiriera a matarlo —contestó el policía, que consultó el reloj y también apuró el café—. Suena más a medida de tipo laboral. Una represalia.

—Julio no tiene coartada, por cierto —les recordó Soto con gesto de concentración—. Dijo que volvió de la cena a las dos y pico, pero su mujer ya se había acostado. No hay pruebas de que regresara a esa hora.

Sorozábal se giró hacia su compañera.

—Andrea, ya tenemos una sospechosa. Además, ¿tú dejarías que tu hija fuera a la cárcel por ti? Es una monstruosidad.

—Bueno, aún no ha ido a la cárcel. Solo está en los calabozos.

—Da lo mismo. O mucho cambia esto, o la chica acabará entre rejas. Ella lo sabe. Y por eso quiso huir.

Santiago empujó la silla hacia atrás.

—Venga, vamos al chalet de la fiesta, que ya casi es la hora.