La doble víctima 35. Nada más
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35. Nada más

Nada más

Había medios de comunicación por todas partes y Paula oía voces que se enroscaban a su alrededor.

Sus clientes, nerviosos frente a la puerta de la Audiencia Provincial, no dejaban de parlotear, pero ella, que ya se había colocado la toga y cargaba con un pesado maletín, se sentía muy lejos de allí.

En concreto, su mente se mantenía en el despacho de Antonia Pomposo.

Continuaba sentada en aquel sofá mullido, escuchando esas palabras que no dejaban de retumbarle en los oídos.

«Tengo cáncer».

De repente, la puerta de la sala de vistas se abrió y la funcionaria salió al pasillo.

—Procedimiento abreviado número 50/2022 —anunció—. ¡Pasen!

Paula se irguió e hizo una seña rápida a sus clientes para que la siguieran al interior de la sala, donde declararían como acusados.

Ella sostenía que el escape de gas que provocó la muerte de cinco personas y dejó en coma a otra no era atribuible a una negligencia de los administradores del hotel o del personal a su servicio, sino a un fallo de dos trabajadores de la empresa de mantenimiento, también acusados.

Según su tesis, procedía la libre absolución de sus defendidos, pero todo dependía del criterio del tribunal, formado por dos hombres y una mujer que los recibieron con semblante inexpresivo.

El ambiente estaba cargado y a los cinco acusados les costó sentarse, como si las piernas se les hubieran congelado.

Paula intercambió una mirada con sus clientes.

Sus ojos suplicaban auxilio ante una situación que los asfixiaba.

La acusación particular pedía para ellos una pena de cinco años de prisión, y la fiscalía cuatro, lo mismo que para los empleados de la empresa de mantenimiento.

En esas circunstancias, lo lógico habría sido que todos hubieran alcanzado un acuerdo con el fiscal y el abogado contrario para evitar el riesgo de acabar en la cárcel.

Sin embargo, el acuerdo requería que se indemnizara debidamente a los perjudicados y eso no había sido posible.

Por una razón u otra, las aseguradoras y las propias empresas no habían pagado, y los acusados no disponían de solvencia suficiente para hacer frente a unas cantidades tan elevadas.

En resumen, estaban abocados a ese juicio donde se lo jugaban todo.

Paula se acomodó a un lado del estrado y, mientras sacaba el expediente y lo desplegaba sobre la mesa, se obligó a concentrarse, a olvidarse de cuanto sucedía en el exterior. Ahora solo importaban sus clientes. El mundo se reducía a esa sala y ese tribunal.

Nada más.