34. Derrumbarse
Derrumbarse
Santander
Aún no eran las diez de la mañana y las malas noticias no dejaban de sucederse, y lo que Julio acababa de contarle por teléfono había sido la puntilla. ¿Qué iban a hacer?
Con manos temblorosas, Sofía recuperó el móvil, que había lanzado al sofá en un arrebato de angustia.
Marcó el número de Paula. No se le escapaba que ofrecer consuelo no estaba entre las funciones de la abogada, pero necesitaba hablar con alguien más, alguien que no fuera su marido.
La soledad en aquellos momentos se le hacía insoportable.
Solo Luna, la caniche, estaba allí con ella.
Esa semana no era lectiva en Cantabria y, antes de marcharse a trabajar, Julio había llevado a Nico con los abuelos paternos, con quienes ya estuvo casi todo el día anterior en Santander.
Esa mañana a Julio y a ella no les había quedado otra opción que mentirle.
El pequeño estaba apuntado hasta el viernes a las actividades de un campus deportivo a las afueras de la ciudad y, si acudía, era obvio que otros niños le contarían lo ocurrido e incluso podría ser objeto de mofas y comentarios hirientes.
Ya se había mostrado bastante inquieto por la noche con la presencia de los periodistas, que no se marcharon de los alrededores del edificio hasta bien tarde, así que nada más levantarse le habían dicho que el campus se había suspendido y que, en lugar de eso, viajaría con los abuelos al pueblo, a la casa de campo que tenían en la comarca de Liébana.
Abrigaban la esperanza de que allí estuviera controlado y aislado del ruido, y que, si Alba quedaba libre pronto, quizá ni se enterase de aquella catástrofe, o que, para cuando lo hiciese, aquello ya no pudiera dañarlo.
Además, en la aldea Nico no podría pedir que lo llevaran a jugar con sus amigos, y así se evitarían ponerle excusas absurdas.
Aunque, a decir verdad, ella tampoco tenía claro que los demás padres fueran a permitir que sus hijos se juntaran con Nico en esa situación.
Muy pocas personas se habían interesado por ellos tras lo sucedido, y eso la desgarraba por dentro.
Si el móvil sonaba, en general era algún periodista que buscaba una exclusiva.
Nada más. Y por el momento no habían logrado que nadie del entorno de Alba los ayudara a entender qué diablos había sucedido esa noche, ni siquiera Raquel.
Todo parecía derrumbarse a su alrededor.
A Julio, que había hecho acopio de las pocas fuerzas que le quedaban para ir a la oficina, le habían comunicado nada más llegar que el consejo de administración había acordado que se cogiera unos días libres.
Sería un permiso retribuido, algo temporal, y cuando la tormenta amainara todo volvería a la normalidad.
Sin embargo, no habían sabido concretarle el tiempo que duraría ese inesperado paréntesis.
Eso era lo que su marido acababa de explicarle por teléfono.
Y a ella, que tenía varios proyectos a punto de firmar, la había llamado su agente unos minutos antes para informarla de que dos productoras habían retirado su propuesta sin dar explicaciones.
Al igual que una empresa internacional de cremas y productos de belleza, de la cual era embajadora, con una campaña de publicidad que estaban negociando.
En Instagram, por salud mental, se había obligado a no entrar.
Pensó que era como si de pronto el mundo quisiera desprenderse de ellos, como si se hubieran convertido en portadores de una enfermedad contagiosa. ¿Y si la sociedad ya los había condenado?
—Vamos, Paula, vamos… —murmuró con el móvil en la oreja.
Cuando se dio cuenta de que la abogada no contestaría al teléfono, se dejó caer en el sofá y enterró el rostro en los cojines.