33. Moguer & Cía.
Moguer & Cía.
Liencres
Santiago se sirvió una taza de café y se giró para saludar con un beso a Macarena, que acababa de entrar en la cocina con aire somnoliento. La noche anterior, agotado tras una jornada frenética, él se había acostado temprano y al despertarse no había querido molestarla.
Reparó en que ella llevaba el iPad en la mano.
—¿Has visto esto? —le preguntó Macarena al tiempo que se lo tendía.
Santiago advirtió que era una noticia de un conocido periódico regional.
—La verdad es que aún no he tenido tiempo de leer la prensa —dijo mientras cogía la tableta y se sentaba a la mesa.
—Los de la emisora me lo mandaron ayer poco después de que te fueras a la cama. Igual para vosotros no es ninguna novedad, pero…
Santiago desvió la vista a la pantalla. La mera lectura del titular provocó que soltara un improperio.
—No lo sabíais, ¿verdad?
Santiago no contestó, aunque su actitud lo delataba.
Claro que no lo sabían. En el juzgado no tenían ni idea de que Julio Ferrero y Samuel Guerra trabajaban en la misma empresa.
Según el artículo, el padre de Alba era el director general de Moguer & Cía.
, una importante naviera constituida en Santander hacía más de un siglo y propietaria de grandes buques mercantes.
La compañía tenía delegaciones en numerosos puertos nacionales y en varios países de todo el mundo, y en septiembre de 2022 había incorporado a sus oficinas centrales, ubicadas en la capital cántabra, a un nuevo director de Logística: Samuel Guerra, el padre del chico asesinado.
Samuel ya era empleado de Moguer & Cía. desde unos años antes en Barcelona, aunque con un cargo inferior.
—No sé si hoy irán a trabajar, pero como coincidan se va a montar una buena —musitó Macarena, atenta a la reacción de su marido, que no apartaba los ojos de la noticia.
Santiago apretó la mandíbula. ¿Cómo podía habérsele escapado ese detalle a Sorozábal? El padre de la sospechosa era superior jerárquico del de la víctima, y cabía la posibilidad de que incluso hubiera tomado partido en la decisión de ascenderlo y trasladarlo a Santander.
—Tal vez lo haya filtrado el propio Samuel —especuló Macarena—.
En algún medio también se comenta que hará unos cinco años Julio Ferrero estuvo cerca de convertirse en Secretario de Estado de Infraestructuras y Transportes.
Por lo visto tiene buenos contactos en política, pero hubo un grave accidente laboral en la empresa y su nombramiento quedó aparcado. ¿Vosotros no habéis…?
—Déjame leer, ¡joder! —estalló Santiago al tiempo que daba un golpe en la mesa—. Además, no sé para qué me preguntas. Ya sabes lo que hay.
Macarena se ruborizó durante unos instantes. Luego le espetó:
—Encima de que te aviso…
La periodista se levantó de la mesa con un movimiento rápido, dejó su taza en el fregadero y salió como un vendaval.
Cuando dejó de leer, Santiago comprendió que había pagado con ella su frustración. Sin embargo, no fue a buscarla para disculparse. En su lugar, cogió el Nokia de la encimera y llamó a Sorozábal.
—¿Ha leído el puto periódico, inspector?
—Sí, ya sé a lo que se refiere —suspiró el policía—. Iba a llamarle ahora. La información nos llegó ayer a última hora. No sé cómo…
—¿No sabe cómo pudieron obviar algo así? —lo cortó el juez, irritado.
—Había cosas más urgentes y no se nos ocurrió preguntar por… —Sorozábal se interrumpió, como si hubiera entendido que era absurdo buscar excusas—. Mire, respecto a eso, hay algo que la prensa ha pasado por alto.
Santiago se pegó el teléfono a la oreja aún más.
—¿El qué?
—Quizá no sea importante, pero es posible que poco antes del crimen los dos padres estuvieran juntos.
Ayer, cuando la subinspectora Soto subió al piso de la sospechosa, Julio Ferrero le contó que tuvo una cena de empresa esa noche.
Y luego, si lo recuerda, el padre de la víctima nos habló a los cuatro de algo parecido.
—Sí, me acuerdo. Y Samuel también dijo que vio a su hijo en el centro y después cogió un taxi.
—Exacto. Pues la cena debió de ser la misma.
—Joder, ¿y su compañera no se dio cuenta? En febrero no suele haber ese tipo de eventos, y dos personas diciendo lo mismo…
—Sí, tendría que haber atado cabos, pero todo estaba sucediendo muy rápido, señoría.
Además, Julio Ferrero le dijo que la cena había sido en la zona de El Sardinero y, sin embargo, el padre de Nacho comentó que, cuando se cruzó con su hijo, estaba con sus compañeros en Puertochico…
—replicó Sorozábal, y el juez tuvo la seguridad de que en ese instante el policía se hallaba junto a su compañera.
Santiago estuvo a punto de espetarle que la explicación era tan sencilla como que Samuel Guerra debió de ir allí a tomar unas copas tras el cierre del restaurante, pero entendió que era inútil seguir hurgando en la herida.
—Vayan a interrogar de nuevo a Samuel Guerra y a Olivia Canals —ordenó—. Yo les veré a las diez y media para el registro del chalet donde se celebró la fiesta, ¿entendido?
—Entonces ¿contamos con usted? —se sorprendió Sorozábal, puesto que no era habitual que los jueces participaran en esa clase de diligencias secundarias.
—Sí, quiero estar presente para hacerme una idea.
Ayer me llamó el presidente del Tribunal Superior de Justicia para preguntarme por el asunto.
Según me dijo, conoce bastante a Olivia porque pertenecen a la misma asociación de jueces.
Está muy preocupado por la repercusión social de todo esto, y no me extraña, joder —masculló al tiempo que suspiraba largamente—.
Van a ser días duros. Vamos a tener a todo el mundo encima opinando, criticando, poniendo cosas en duda…
Les pido la máxima implicación. No vuelvan a dejarse nada por el camino, ¿de acuerdo?
—Sí, señoría.