32. Pomposo y Asociados
Pomposo y Asociados
Introdujo la llave y se internó en el edificio.
Nada más empujar la puerta del primero A, se topó con su jefa en el recibidor.
Antonia Pomposo, de cincuenta y cinco años, era una mujer alta y de espaldas anchas, aunque no rolliza.
Tenía las facciones angulosas, el pelo teñido de un rubio platino que la hacía reconocible en cualquier punto de la ciudad y unas gafas de montura negra que se había comprado el año anterior y le daban un aire intelectual.
Tras las lentes se escondían unos ojos verdes y profundos que siempre miraban con intensidad.
La mujer estaba de pie detrás del mostrador consultando la agenda de citas del bufete.
Marina, la secretaria, aún no había llegado.
—Ah, hola, Paula —la saludó, y esbozó una sonrisa deslucida.
—¿Qué tal el viaje? Pareces cansada.
Antonia cerró la agenda y le hizo un gesto para que la acompañara a su despacho, que se encontraba a mano derecha.
Era una estancia amplia y elegante, y en uno de sus laterales había un sofá ocre que nadie utilizaba.
Sin embargo, para sorpresa de Paula, en esa ocasión su jefa se lo señaló y ambas tomaron asiento.
—Oye, Antonia, ¿ocurre algo?
La veterana letrada se miró las manos. La sonrisa se le había borrado de la cara.
Paula le repitió la pregunta, cada vez más inquieta, y la mujer alzó al fin la vista. Varias lágrimas amenazaban con descolgársele de las córneas.
—Tengo cáncer —musitó.
Al escucharla, Paula sintió que se mareaba y que todo su cuerpo se hundía en aquellos iris verdes.
—¿Qué? —alcanzó a articular.
—Lo sé desde hace unas semanas —dijo Antonia. Su respiración se había vuelto trabajosa, como si le faltara el aire—. He estado esperando a que me dieran el resultado de una prueba en Madrid, una segunda opinión, y…
Paula le cogió las manos. Entrelazó sus dedos con los de ella.
—¿Qué te han dicho?
Su silencio fue respuesta suficiente.
—Es… es de mama —consiguió explicar con un hilo de voz—. Está bastante avanzado. Dicen que, con una operación, radioterapia y quimio, quizá salga adelante. Pero no es seguro.
Paula apretó los labios para reprimir el llanto y la abrazó. No podía creer lo que estaba oyendo.
—Todo irá bien, ya verás —se obligó a decir.
—Sí, eso espero…
La voz se les apagó a las dos y se quedaron abrazadas durante varios segundos.
Cuando se separaron, Paula le prometió que la apoyaría en todo lo que necesitara.
Al pronunciar esas palabras, de pronto fue consciente del obstáculo que aquel compromiso suponía en su propósito de abandonar el despacho, pero se forzó a alejar ese pensamiento de su mente.
En ese momento, aquello era lo de menos.
—Me tendrás para lo que haga falta —repitió con determinación.
Antonia le acarició la mejilla y, aunque la mujer amagó con sonreír, tan solo consiguió que los labios le bailaran.
—Paula, el bufete…
—No te preocupes por eso.
Antonia asintió con la cabeza y murmuró un agradecimiento. Luego añadió:
—Necesito que hoy vengas a la entrevista con Álvaro. Sé que estás hasta arriba, pero… Tiene que incorporarse cuanto antes, y si no encajáis bien…
Paula hizo un repaso mental de la jornada que la aguardaba.
La primera sesión del juicio le llevaría toda la mañana, de eso estaba convencida.
También de que, en cuanto terminara, se encontraría con varias llamadas de Sofía y con algún avance en el caso de Alba que requeriría su inmediata atención; era lo habitual en ese tipo de asuntos.
Y a eso debía sumar los preparativos para la siguiente sesión del juicio y otros expedientes de los que también tendría que ocuparse…
Ahogó un resoplido de ansiedad y se consoló pensando que al menos esa tarde no había citado a clientes.
—Por eso aceleraste la búsqueda de candidatos, ¿no? —dedujo con tristeza.
—Sí. A mi hijo aún le quedan dos años para acabar la carrera, más el máster… No quiero perder todo lo que he conseguido. Y esto es demasiado para ti sola.
Paula bajó la mirada. Abandonar a Antonia en esa situación sería lo más ruin que cabría imaginar. Tenía que ponerse en contacto con Iberian Labs cuanto antes y cancelarlo todo.
—No faltaré a la entrevista —prometió—. Me las arreglaré como sea.
A la mujer se le iluminaron los ojos.
—Gracias.
Paula volvió a tomarle las manos.
—¿Cuándo… cuándo empiezas el tratamiento?
Antonia ladeó los labios, como si le costara admitir lo que estaba por llegar.
—En unas semanas.