La doble víctima 31. Humo negro
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31. Humo negro

Humo negro

En el calabozo, Alba se acurrucó en la fina colchoneta que servía de cama y se pasó el dorso de la mano por la frente, perlada de sudor.

Aunque hacía mucho frío, tenía las puntas del flequillo empapadas, igual que la camiseta, y no conseguía que se le secaran.

Se sentía exhausta, al límite de sus fuerzas, y desde hacía rato se le estaba cayendo el pelo.

Cada vez aparecían más mechones sueltos en ese trozo de plástico sucio donde se suponía que debía dormir.

Había perdido la noción del tiempo que llevaba allí tumbada, en aquel agujero lúgubre y diminuto situado en el sótano de la comisaría.

Intentaba consolarse pensando que al menos no se veía obligada a compartir el calabozo con otra persona, con alguien que pudiera hacerle daño, pero aun así el miedo seguía enroscándosele en la garganta, apretando cada vez más, como una boa.

Se tapó con la manta hasta el cuello y, para calmarse, se dijo que aquello solo era un mal sueño, que pronto se despertaría en su cama, con sus padres asomados a la puerta. Cerró los ojos con fuerza para dejarse llevar, para convencerse.

Sin embargo, esa ilusión delirante duró poco.

Se desvaneció en cuanto oyó los golpes en los barrotes de los calabozos contiguos, los lamentos y los gritos de otros detenidos y las carcajadas metálicas y desquiciadas de una mujer que había entrado allí poco después que ella y que, al cruzar el pasillo, le había sonreído con sus dientes negros y carcomidos.

La posibilidad de acabar con todos ellos en la cárcel flotó en su mente como un humo negro, y comenzó a toser como si realmente se estuviera intoxicando.

¿Y si el juez no la dejaba en libertad?

Dio la enésima vuelta en la colchoneta y luchó por olvidarlo todo.