La doble víctima 30. Antonia
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30. Antonia

Antonia

Paula pasó una página del voluminoso informe pericial y, a continuación, escribió una pregunta adicional en el guion del interrogatorio que estaba preparando para el juicio por el escape de gas previsto para el día siguiente.

Serían tres sesiones, todas por la mañana, y el tiempo se le estaba echando encima.

Se encontraba en el sofá de su casa con el tomo sobre las rodillas.

Teresa se había sentado a su lado y leía absorta una novela de aventuras.

A sus pies, en la alfombra, Martín jugaba con unos muñecos junto a la chimenea del chalet adosado al que se habían trasladado hacía tres años.

La abogada hizo una pausa y contempló a su hijo con arrobo.

Sintió una punzada de culpa. Ese mediodía había sido difícil explicarle que debían abandonar la estación de esquí antes de lo acordado, cuando él ya se había hecho la ilusión de pasar el día con sus amiguitos de la nieve.

Por suerte, a los niños de su edad les duraban poco las rabietas.

—¿Qué harás con lo de Iberian Labs? —le preguntó de pronto Teresa, al advertir que su pareja había emergido por un momento del asunto que la tenía tan ocupada.

Paula se volvió hacia ella. No había acritud en su mirada, solo preocupación.

—No lo sé. Supongo que seguir adelante. Y si me contratan, hablar con Antonia para que continúe con la defensa de Alba.

Teresa esbozó una ligera sonrisa.

—También puede hacerlo el nuevo.

—Sí, también, si al final se incorpora —concedió Paula, aunque esa idea la seducía menos, y no estaba segura de que Sofía y Julio fueran a aceptarlo.

—¿Crees que la llevarán a juicio?

—¿A Alba? No lo sé. Es pronto para decirlo, aunque tiene pinta de que será una instrucción complicada. —Se mordió el labio inferior—. Siento que debería seguir a su lado, pero…

Teresa colocó el marcapáginas por la mitad del libro y lo cerró de golpe.

—Paula, tu vida no puede depender de los demás. Ya te lo he dicho otras veces: si sigues en el despacho, que sea por ti. Nada más. Porque lo disfrutas y quieres hacerlo.

La abogada la miró y le apretó la mano. Teresa no era psicóloga, pero, si hubiera estudiado esa carrera, Paula estaba convencida de que se le habría dado bien.

En realidad, su cargo de trabajadora social en un centro de personas con discapacidad no dejaba de comportar ciertas dotes de comprensión y empatía.

—¿Cómo están los padres de la chica? —preguntó Teresa.

—Desesperados. Intentando hablar con algunos compañeros de su hija por si averiguan algo que la salve. Algo a lo que aferrarse…

La vibración del móvil de Paula las interrumpió.

—Igual son ellos —aventuró Teresa.

Sin embargo, la pantalla le mostró el nombre de Antonia. Paula se excusó y salió al pasillo mientras Martín la observaba con curiosidad.

En cuanto contestó, su jefa le explicó que estaba regresando a Santander en tren y que, al consultar las noticias, se había enterado del crimen cometido en la calle Joaquín Costa. La había visto en varias fotografías a la salida del registro de la vivienda de la detenida.

Paula le hizo un resumen rápido.

—Puf, menudo asunto… —murmuró Antonia, y carraspeó ligeramente—. Te vas a hacer famosa en toda España.

—Pues preferiría que no, la verdad. A ver si lo cerramos rápido…

—Esto no se va a resolver de hoy para mañana, Paula. Es un caso gordo. Por cierto, en las imágenes aparecía Belmonte. ¿Por qué estaba durante el registro si él no tiene competencia en los expedientes de menores?

—Alba cumplió los dieciocho hace unas semanas —respondió Paula sin disimular su disgusto.

—Dios, entonces habrá juicio con jurado…

—Sí, pero espero que no con ella.

—Claro, claro… —farfulló Antonia, y volvió a carraspear—. Oye, mañana empiezas el juicio del hotel, ¿no?

—Sí. Entro en sala a las diez.

—Perfecto. Si puedes, pásate antes por el despacho, por favor. Quiero comentarte una cosa.