29. Los chicos
Los chicos
Los tres chicos se reunieron donde solían hacerlo en invierno para estar tranquilos: en el aparcamiento de la playa del Camello, muy cerca de la península de la Magdalena.
Allí, pegados al muro y cobijados por las sombras, era difícil que alguien los molestara.
Además, a las ocho de la tarde de un domingo, aquello estaba desierto.
Llegaron casi a la vez y caminaron cabizbajos hasta el punto donde habían quedado. Se encendieron un cigarrillo sin decir nada, conscientes de que estaban pensando lo mismo: faltaba su amigo Nacho.
Fue Rafa, tapado con una bufanda negra hasta la barbilla, quien rompió el silencio.
—Gracias por cubrirme esta mañana —dijo en voz baja, a pesar de que nadie los escuchaba. Al hablar, frunció tanto el ceño que sus cejas, gruesas y pobladas, casi formaron una sola línea—. Si se enteraran de eso…
Miguel dio una calada y la brasa brilló en la penumbra, iluminando su rostro pálido y su pelo rubio.
—Han detenido a Alba. No te preocupes.
Rafa balanceó la cabeza en un gesto ambiguo y escrutó al otro muchacho, Andrés, como si esperara que él se pronunciara en ese mismo sentido.
Sin embargo, Andrés se mantuvo callado e hizo girar el filtro del pitillo entre los dedos, con aire ausente.
Tenía el cabello castaño, cortado al estilo casco, y el flequillo le bailó ligeramente sobre los ojos, agitado por la brisa del mar.
—A mí el policía me preguntó por Alba en cuanto entró en mi cuarto —murmuró Miguel—. Está claro que sospechaban de ella desde el principio. —Apretó los dientes y, al cabo de unos segundos, negó con la cabeza, lúgubre—. Joder, no puedo creer que…
Ni Rafa ni Andrés contestaron, y los tres observaron el vacío donde tendría que estar Nacho.
Fumaron en silencio mientras los pensamientos giraban en su cabeza, con las aguas oscuras del Cantábrico gimiendo de fondo al morir en la orilla.
Sobre ellos, el humo tejía telarañas que volaban hacia el cielo de aquella noche desapacible.
—¿Y lo otro? —preguntó de repente Rafa con un hilo de voz.
Miguel dio un respingo. Después, arrojó el cigarrillo al suelo y lo pisoteó.
—Eso mejor no mencionarlo.