28. La autopsia
La autopsia
La imagen de Alba Ferrero subiendo esposada al coche de policía se había hecho viral.
Aunque aún faltaban muchos detalles por conocerse, ya había trascendido que era la hija de la célebre actriz cántabra Sofía Ponte y compañera de colegio de la víctima, y el interés público y el morbo se habían desatado.
La noticia había saltado a canales de televisión y periódicos nacionales, y ya era tendencia en las redes sociales, donde arreciaban los insultos contra la presunta asesina y comenzaba a circular toda clase de especulaciones.
Hacía unos minutos que Olivia Canals había compartido en su perfil de Instagram una fotografía de su hijo sonriente junto a la bahía de Santander, y los mensajes de consternación y apoyo no dejaban de sucederse.
Según la información de la cuenta, tenía más de cincuenta mil seguidores.
Santiago, que en esos instantes estaba leyendo en su despacho un artículo en el que se mencionaba que el juez instructor del caso había sido cuestionado recientemente, soltó un bufido y levantó los ojos del teléfono.
—Olivia Canals me ha llamado cuando venía hacia aquí —le comentó a la fiscal Calderón, con la que se había reunido en los juzgados, una vez concluido el registro y después de haber pasado por casa para descansar un poco y reponer fuerzas—. Alguien le ha dado mi número.
—¿Y qué te ha dicho? —se interesó ella al tiempo que buscaba algo en su bolso.
—Quería saber las novedades.
—¿Y se las has contado? —inquirió ella con incredulidad.
—No, no. Claro que no, aunque ya estaba enterada de lo de la fiesta. Sorozábal quiere investigarla, y también al marido. Por si acaso.
—Sí, mejor no dejar cabos sueltos —coincidió Inés—. Aunque, sinceramente, no creo que tengan nada que ver.
—Por cierto —dijo Santiago, y se reclinó en la butaca—, he pensado ordenar a la policía que requiera a la operadora del móvil de Alba su registro de llamadas y los datos de conexión a las antenas la noche del crimen. Tenemos indicios más que de sobra para justificar la medida, ¿no te parece?
—Yo no me voy a oponer, desde luego —convino ella mientras sacaba del bolso un paquete de tabaco.
Santiago se fijó en que la cajetilla era nueva. Ni siquiera estaba desprecintada.
—Fumas demasiado, Inés.
—Si tuviéramos casos más sencillos… —se excusó ella, y se dirigió a la ventana.
Santiago abrió la carpeta de la causa y aproximó a la luz del flexo el acta del registro domiciliario practicado esa tarde.
En el documento figuraba la descripción de todo aquello de lo que la policía se había incautado, pero, lógicamente, no se mencionaba lo que los agentes habían echado en falta.
Como la investigación estaba bajo secreto de sumario, Sorozábal y Soto no habían querido comentarle nada en casa de la detenida, con la abogada delante, pero después ambos le habían llamado por teléfono para compartir sus inquietudes.
Según la subinspectora, cuando interrogó a Alba por la mañana había una cazadora azul con rayas rojas tirada en la silla de estudio.
Suponía que la chica se la había puesto la noche anterior, pues, tal y como habían comprobado, la chaqueta del disfraz era muy fina para febrero.
Sin embargo, por la tarde ya no estaba allí, y Alba tampoco la llevaba encima ni la tenía en la mochila en el momento de la detención.
Por más que habían revuelto toda la casa, no habían logrado localizarla.
Lo mismo les había ocurrido con la cartera.
No parecía utilizar ninguna, pero eso era imposible porque ¿dónde diablos guardaba entonces el DNI y el resto de la documentación?
Se lo habrían preguntado de buena gana durante el registro, pero la abogada, que era como un perro de presa, había dejado claro que su clienta no respondería absolutamente a nada.
En esa tesitura, prefirieron no dar pistas sobre lo que estaban buscando.
La fiscal abrió la ventana y él sintió que el frío se colaba en el despacho y se le metía en el cuerpo. Había anochecido y la temperatura se había desplomado.
Se cerró la americana y puso a Inés al corriente de su conversación con los policías.
—También han averiguado que esta mañana la chica se bajó de un autobús municipal muy cerca de la estación —añadió.
Ella se llevó un cigarrillo a los labios con aire meditabundo.
—O sea, que no fue andando desde su casa…
—No —confirmó Santiago—. Lo que no sabemos es dónde lo cogió. Hay una parada a unos cuatrocientos metros de su domicilio, frente al Casino. Podría ser esa.
—¿Qué insinúas?
—Que si se deshizo de la cazadora y la cartera de camino a la estación, tuvo que ser en uno de esos dos momentos, al subir o al bajar del autobús.
La fiscal encendió el pitillo y dio una calada apoyada en el marco de la ventana.
—Pues que lo registren todo —dijo mientras torcía la boca para expulsar el humo.
—Están en ello, aunque de noche la búsqueda se complica.
—Puede que también tirara el cuchillo y el móvil del muerto, y por eso no los hemos encontrado.
—Sí, yo he pensado lo mismo. Si aparecieran, la verdad es que el caso quedaría encarrilado. Del todo.
Ella cabeceó. Aunque los indicios que manejaban apuntaban en una dirección evidente, persistían algunas lagunas que impedían formular una acusación sólida. No se le olvidaba que no podía permitirse otro desliz.
—Oye, ¿qué tal con Macarena? —preguntó al acordarse del calvario que también pasó Santiago tras aquel error en el caso de prostitución y del conflicto que tuvo con su mujer por culpa de las informaciones que emitían en su emisora—. La he escuchado antes, mientras conducía.
Él se encogió de hombros.
—Pues aún no la he visto. Un poco caótico todo.
—Normal.
—¿Y tú con Jaime?
Ella agitó la mano, y el cigarrillo dibujó arabescos en el aire de la noche.
—Bah, él es procurador. Ya sabe lo que hay cuando nos caen cosas así. Me verá menos —sonrió.
Santiago se recolocó en la butaca y de repente su teléfono empezó a sonar.
—Joder. Llevo todo el día oyendo este chisme.
Lo cogió. Era Sorozábal y parecía acelerado.
—El forense ya ha terminado la autopsia, señoría. Mañana recibiremos el informe preliminar, pero me ha anticipado las conclusiones.
—¿Y bien? —inquirió Santiago al tiempo que activaba el altavoz.
—Considera que las puñaladas las asestó una persona diestra y de una altura similar a la de la víctima.
Esa descripción encaja con la detenida: Alba Ferrero escribe con la derecha y es alta.
Mide un metro setenta y seis, más o menos como el chico muerto.
Además, el forense dice que no se requiere mucha fuerza para causar esas heridas.
—¿Cómo cree que fue el ataque?
—De frente, con un cuchillo con un solo filo, de unos once o doce centímetros de largo y unos dos de ancho.
Aunque ya sabe que cuando se trata de armas blancas y tejidos blandos es difícil ser preciso.
Fueron dos puñaladas. Entraron directas al pulmón y le seccionaron la arteria pulmonar. Debió de morir rápidamente.
—¿Podría ser alguno de los cuchillos incautados en el registro?
—No. Esos son más pequeños.
La línea quedó en silencio durante unos instantes.
—Entonces ¿la hipótesis es que hubo una pelea y lo apuñaló? —intervino Inés acercándose al móvil.
—Lo dice usted por el golpe que la víctima presentaba en la cara y los restos de piel en las uñas, ¿no? —intuyó Sorozábal.
—Eso mismo.
—Pues, a decir verdad, el forense no lo tiene claro. Considera que pudo producirse un forcejeo entre el asesino y la víctima, sí, pero tampoco descarta que fuera algo previo y ajeno al crimen.
—Con eso no nos ayuda mucho… —dijo Santiago sin esconder su decepción—. ¿Se sabe la hora de la muerte?
—Entre las doce y las cinco de la madrugada, más o menos.
Santiago intercambió una mirada elocuente con la fiscal. Esa horquilla temporal les permitía seguir abogando por la teoría de Alba Ferrero como autora del crimen.
—De acuerdo. Estaremos atentos al informe —dijo el juez.
—Hay otra cosa que quería comentarle, señoría. Mi compañera ha ido antes al chalet donde se celebró la fiesta.
—¿Y ha descubierto algo? ¿Hay algún juego de cuchillos que coincida?
—No lo sabemos. El chaval se llama Víctor Hermoso y…
—Un momento, ¿no será el hijo del abogado?
—Lo es.
—Joder, ese tío es un pesado.
—Precisamente. El chaval se ha acojonado al abrir la puerta y ha llamado por teléfono a su padre. Aparte de montarle a su hijo un follón importante, el hombre ha prohibido que entremos hasta que él llegue. Quiere estar presente.
Santiago puso los ojos en blanco.
—¿Y eso cuándo será?
—Mañana por la mañana. Está en Canarias con su mujer. Aterrizarán a las nueve y media. De todos modos, señoría, si usted nos autoriza…
Pese a que Sorozábal no podía verlo, Santiago sacudió la cabeza de forma instintiva.
—No, no, inspector. Ese chico no es sospechoso de nada. Si su padre ha dicho que mañana no pondrá problemas, esperaremos.
El policía comenzó a articular una protesta, pero el juez lo cortó en seco. Odiaba cuando ese hombre y sus compañeros pretendían hacerle cambiar de opinión. Si fuera por ellos, se pasarían el día interpretando la ley a su favor, con las consecuencias que eso traía.
—Sorozábal, no siga. No vamos a jugarnos una nulidad por esto, ¿entendido? Entrarán mañana —sentenció con tono inapelable.
El inspector dejó escapar un resoplido.
—Muy bien, señoría.