26. Infierno
Infierno
El pomo de la puerta principal de su casa crujió cuando Sofía se agarró a él para no desplomarse.
—Vamos, señora, ¡abra! —la acució Sorozábal, que dirigía el operativo policial encargado del registro de la vivienda.
Ella cerró los ojos, incapaz de asumir lo que estaba sucediendo. ¿Cómo habían llegado a ese punto?
—Haz lo que dice, por favor —musitó Julio a su lado, desencajado.
Sofía respiró hondo. No había en él ni rastro de la seguridad, la actitud calculadora y el aplomo que lo habían ayudado a triunfar en el mundo de los negocios.
Parecía asustado, tanto como lo estaba ella.
Pensó que en esos momentos no eran nadie, que toda su fama y su posición de pronto ya no importaban.
Ese juez y esos policías implacables estaban decididos a arruinarles la vida.
Sentía que la corriente los arrastraba, y su abogada era incapaz de pararla.
Sofía apoyó la frente en la madera. Sabía que, cooperara o no, la policía acabaría entrando igualmente, aunque ¿y si dentro había algo que incriminaba a su hija? Pero no, no podía ser. ¡Ella era inocente! Todo era un error. Un error inmenso.
—Señora, no lo haga más difícil —le advirtió el inspector.
Sofía dejó escapar un lamento. Luego, consciente de que no podía demorarse más, giró la llave y empujó la puerta con el hombro.
Coordinados con precisión, varios policías con maletines irrumpieron en el domicilio y se desplegaron por el lugar.
La subinspectora Soto se apresuró tras ellos mientras Sorozábal se quedaba en el recibidor con la detenida, sus padres, la abogada, el juez y el letrado de la Administración de Justicia, un hombre de mediana edad cuya función era levantar acta.
La única que no había acudido al domicilio de la sospechosa era la fiscal Inés Calderón. Santiago Belmonte habló con ella unos minutos antes de desplazarse a la vivienda y ambos coincidieron en que serían demasiados. Él se encargaría de ponerla al día de los hallazgos, si es que se producía alguno.
El juez observó a la investigada. Lívida, temblaba de pies a cabeza y no levantaba la vista del suelo, como si la avergonzara mirar a sus padres.
Ellos se mantenían en silencio, probablemente porque esa era la consigna que habían recibido de la abogada, que en esos momentos prestaba atención a los pasos de los agentes.
—¡Inspector!
La voz, masculina y autoritaria, provenía de uno de los baños de la planta baja del dúplex. Sorozábal se puso en marcha de inmediato y los demás fueron tras él. Paula lo hizo en tensión. Aquel grito significaba que habían encontrado algo.
En el servicio, un agente les señaló unos pantalones, una camiseta y una chaqueta fina que había sobre un cesto de ropa sucia. Las tres prendas combinaban el rojo, el azul eléctrico y el blanco.
—Es el disfraz —confirmó Soto.
Con cierto temor, la abogada se volvió hacia Alba. La vio inmóvil en el pasillo, la cabeza gacha y la mirada extraviada. Paula se dijo que, si estuviera ocultando algo, se mostraría sobresaltada, aterrada, y ese pensamiento la sosegó.
El registro se prolongó durante casi dos horas.
Al concluir, el sol ya declinaba en el horizonte.
Cuando el letrado de la Administración de Justicia le tendió el acta, Paula la firmó convencida de que, salvo que hubiera pasado algún detalle por alto, la policía no había encontrado nada que perjudicara a su clienta.
O, al menos, nada que probase su culpabilidad.
Tenían el disfraz de Alba, sí, pero no parecían haber detectado sangre en la tela; tampoco en la ropa que guardaba en su habitación, ni en ningún otro lugar u objeto de la casa.
Aun así, los investigadores se llevaban casi todos los cuchillos para analizarlos.
También habían incautado el portátil de la chica y el ordenador de sobremesa familiar, y antes, en la comisaría, le habían requisado el teléfono móvil.
Tal y como ella le había recomendado, Alba se había negado a autorizar el acceso al contenido de los dispositivos, lo que obligaría a los investigadores a solicitar una orden judicial y a burlar la seguridad de los terminales para volcar la información y acceder a ella.
En realidad, la chica le había asegurado que no tenía guardado nada contra Nacho que pudiera comprometerla, pero, como abogada, ella siempre mantenía la tesis de que era mejor no confiarse y no facilitar las cosas a la policía.
¿Quién le decía que en su WhatsApp no figuraba alguna conversación desafortunada en la que hablaba mal de Nacho, o incluso juraba vengarse?
En ocasiones, esos comentarios arrebatados se olvidan, y no sería la primera vez que alguien inocente acababa siendo juzgado por una serie de indicios aislados que, interpretados conjuntamente, le hacían parecer culpable.
No ignoraba que esa actitud obstruccionista, si se filtraba a los medios, se percibiría por la gente como algo negativo, propio de un delincuente, pero, en su opinión, aquella era la única decisión coherente con la de negarse a declarar.
A fin de cuentas, ella no estaba allí para aparentar inocencia ante el público, sino para librar a su clienta de una acusación infundada.
De todos modos, también era consciente de que, si las sospechas contra Alba se mantenían, la policía conseguiría saltarse las medidas de seguridad de los dispositivos tarde o temprano.
Después de aquel registro, lo más doloroso fue el momento de la despedida en la calle.
Dos agentes agarraron a Alba por los brazos y la condujeron hasta el coche.
La chica amagó con resistirse y gritó que era inocente, pero ni los policías ni el juez se inmutaron.
Los padres, devastados, echaron a correr hacia ella, pero otros agentes les cortaron el paso.
Así, inmovilizados por la policía, contemplaron cómo Alba se giraba hacia ellos antes de que le bajaran la cabeza para que entrara en el vehículo.
Tenía los ojos arrasados en lágrimas y los labios exangües, y murmuró algo que no llegaron a entender, quizá una súplica de que la salvaran de aquel infierno que la engullía.
A unos metros, decenas de periodistas disparaban las cámaras sin parar.