25. Una situación delicada
Una situación delicada
Sofía atendió la llamada de la psicóloga de su hija con el corazón en un puño. Aún seguía con Julio en aquella sala de la comisaría, sin noticias de Alba ni de la abogada.
—Olga…
—Discúlpame, Sofía, esta mañana he estado ocupada y no me he dado cuenta de que me habías llamado.
Acabo de enterarme de lo de Nacho. Dios mío, qué tragedia…
—murmuró con tono agitado la terapeuta, una mujer de cincuenta años especializada en niños y adolescentes, con consulta en el centro de Santander.
Tras unos segundos de silencio, preguntó—: ¿Cómo está Alba?
Sofía aguantó como pudo las ganas de echarse a llorar.
—Está detenida, Olga… —gimió al tiempo que Julio la rodeaba con el brazo—. Detenida…
Dio la impresión de que la psicóloga se atragantaba al otro lado de la línea.
—¿Qué? Pero ¿cómo…?
Sofía no fue capaz de articular más palabras y Julio cogió el móvil. Con voz débil y quebradiza, puso a Olga al corriente de lo ocurrido en las últimas horas.
—No entendemos nada —acabó musitando, abatido.
—Ahora lo más importante es que os mantengáis fuertes y unidos.
Y que no perdáis la calma… —respondió la mujer, que había conseguido reponerse del impacto inicial—.
Seguro que hay una explicación y todo se aclara.
Yo estoy aquí para lo que haga falta, ¿vale?
Podéis llamarme a cualquier hora, de verdad. Y la abogada también.
Justo en ese momento, Paula entró en la sala y Julio se despidió de la psicóloga de forma atropellada.
Tras tomar aire, la letrada los informó de que Alba se había acogido a su derecho a no declarar por expresa recomendación de ella y que, hasta nuevo aviso, se quedaría allí retenida. El plazo máximo eran setenta y dos horas.
—¿Qué? Pero ¿cómo que no va a declarar? —exclamó Sofía—. ¿Por qué…?
Paula le pidió que bajara la voz y que le permitiera continuar. Luego, para que comprendieran el motivo por el que le había aconsejado que guardara silencio, les resumió todo lo que Alba le había contado durante su entrevista privada.
—La situación es delicada. Solo busco lo mejor para vuestra hija… —dijo, consciente del sufrimiento que los atravesaba. Sin duda, hasta entonces ni siquiera habían contemplado la posibilidad de que Alba tuviera que pasar la noche en los calabozos.
Sofía hundió la barbilla en el pecho y se tapó el rostro con las manos. A su lado, Julio se había quitado las gafas y apretaba con fuerza las patillas, que cada vez se combaban más, a punto de romperse.
De repente, alguien llamó a la puerta con los nudillos.
—Letrada, tenemos que irnos ya —anunció el inspector Sorozábal al asomarse. Su semblante no reflejaba ninguna emoción—. Prepárense.
Sofía se volvió hacia Paula.
—¿Ir a dónde? —La confusión y el miedo provocaban que su voz sonara aguda y descontrolada.
La abogada miró al policía, que sostenía un papel en la mano.
—A vuestra casa. Tienen una orden.