24. Alba
Alba
—Alba… —susurró Paula mientras rodeaba la mesa y se agachaba junto a ella.
Le colocó una mano en la espalda, pero, en lugar de calmarse, la chica redobló el llanto entre fuertes convulsiones.
—Alba, he venido para ayudarte… Todo se aclarará. De verdad…
Por su experiencia, sabía que lo mejor era permanecer a su lado y continuar hablándole. Si Alba veía que ella no estaba alarmada, poco a poco se relajaría.
No se equivocaba. Al cabo de unos minutos, la respiración se le fue acompasando y alzó la cabeza con lentitud. Trató de enjugarse las lágrimas que le inundaban el rostro. Tenía la piel enrojecida y escamada, y varios arañazos le surcaban las mejillas.
—No fui yo…
—Calma, calma —intentó consolarla Paula, y le apretó el hombro.
—Se están equivocando, ¡se están equivocando!
—Por eso estoy aquí, Alba. Todo se aclarará —repitió, y se separó de ella con delicadeza para sentarse al otro lado de la mesa—.
Lamento que nos veamos en estas circunstancias, pero necesito que me expliques lo que pasó.
La policía quiere interrogarte —agregó, intentando que su semblante transmitiera sosiego, sensación de control.
—Pero yo… ¡yo no he hecho nada! —chilló a la vez que todo el cuerpo se le contraía en una violenta sacudida.
—¿Te han dicho algo? ¿Sabes por qué sospechan de ti? Vamos, Alba, no tenemos mucho tiempo.
—No lo sé, no lo sé… —gimió ella mientras las lágrimas volvían a rodarle por la cara y se estrellaban en la mesa.
Paula se llenó los pulmones de aire.
—Alba, ayer mentiste a tus padres. ¿Por qué?
—¿Qué? Yo no…
—Sí. Les dijiste que saldrías con tu amiga Raquel, pero no estuviste con ella.
La chica no respondió y desvió la vista.
—Alba, ya te lo expliqué la otra vez: si me mientes, esto no saldrá bien. Yo solo quiero ayudarte, ¿comprendes? Sacarte de aquí.
Ella se miró las manos, que no dejaban de temblarle, y Paula se preguntó si unas horas antes no habrían estado manchadas de sangre.
—¿Tú… tú crees que lo maté?
—Da igual lo que yo crea. No importa. Te defenderé en cualquier caso. Es lo que hago como abogada.
Se esforzó para que su tono sonara firme porque, aunque desde el plano profesional aquello fuera cierto, desde el punto de vista personal esa posibilidad la horrorizaba.
Se negaba a creer que esa adolescente que en su día acudió a su despacho devastada, hecha pedazos, se hubiera convertido de pronto en una asesina. No, no podía oír eso.
—¡Yo no lo hice! ¡Lo juro!
—Pues lo demostraremos, Alba —respondió con convicción—. Pero tienes que explicarme qué pasó anoche. ¿Por qué piensan que fuiste tú?
—No lo sé. No lo sé…
—Tus padres dicen que la policía ha hablado con un chico llamado Carlos Alonso —le reveló Paula, y la escudriñó—. ¿Lo conoces?
Alba dejó caer los hombros y, por un instante, a la abogada le pareció que una sombra le desfilaba por los ojos.
—¿Lo conoces? —insistió.
—Sí… ¿Qué… qué le ha dicho a la policía?
Paula torció los labios. Esa pregunta no presagiaba nada bueno.
—No lo sabemos, pero tengo la impresión de que tú sí.
La chica apretó los labios y guardó silencio. Paula lanzó un resoplido y se inclinó hacia ella.
—Alba, te lo repito: si no confías en mí, no podré sacarte de aquí. ¿Es que no te das cuenta?
Ella se mordió el labio y observó a la abogada como si la calibrara. Luego suspiró largamente y empezó a hablar con voz tenue.
Lo primero que le contó fue que, a la vuelta de las vacaciones de Navidad, Nacho comenzó a reírse de ella en clase y a humillarla recurriendo al mote que en su día se inventaron los chicos del colegio Peñas Arriba: la Cuervo.
Fue de pronto, sin causa aparente, y ella, que no quería problemas, intentó ignorarlo, no seguirle el juego.
Pensaba que era algo aislado que acabaría igual que se había iniciado: sin previo aviso.
Pero se equivocaba. Nacho no solo no paró, sino que fue a peor.
Además, a diferencia de lo que hacían los alumnos del otro colegio, que siempre se metían con ella a escondidas, Nacho la insultaba y la despreciaba en público, como si no le importara que le pillaran.
Varios profesores enseguida fueron testigos de su conducta y pusieron los hechos en conocimiento de Joaquín, el jefe de estudios, y del director, que tomó cartas en el asunto mediante advertencias, amonestaciones y la imposición de trabajos, e informó a las familias.
Sin embargo, eso no detuvo a Nacho. Siguió comportándose igual, y el viernes 20 de enero se produjo otro incidente.
Aquella mañana, por alguna razón, estaba furioso y se ensañó con ella.
No solo la ridiculizó y la humilló con ferocidad, sino que además empezó a darle violentos empujones hasta arrinconarla y hacer que se estampara contra la pared del aula.
El profesor de Lengua y Literatura, escandalizado, lo llevó de inmediato a jefatura de estudios y luego, por orden del director, lo mandaron cinco días a casa como medida cautelar.
Se abrió un expediente por posible acoso y empezó a extenderse el rumor de que, después de aquello, quizá acabaran expulsándolo del centro.
Esa posibilidad, aunque resultara favorable para ella, la aterró.
¿Y si a la vuelta de esos días de suspensión se lo hacía pagar?
Sin embargo, cuando Nacho regresó, a ella ya la habían cambiado de clase a petición de sus padres y, sorprendentemente, él no la persiguió por el patio, no le salió al encuentro en los pasillos ni la intimidó.
Dejó de molestarla, como si hubiera recapacitado.
—Hasta anoche, ¿no? —dedujo Paula.
Alba asintió con pesadumbre y le confesó que, en realidad, estuvo en una fiesta privada que organizaba un compañero de su nueva clase.
Aunque estaban invitados todos los alumnos de primero de bachillerato de Ciencias Sociales, se suponía que Nacho y sus amigos no irían; llevaban días diciendo que saldrían de botellón por Santoña, un pueblo famoso por su carnaval.
Por eso ella decidió apuntarse. Por eso y porque sabía que allí estaría Carlos Alonso.
Se sentaba con él desde que la habían cambiado de grupo y no podía quitárselo de la cabeza.
Era educado, amable, atento y se preocupaba por ella, algo a lo que no estaba acostumbrada, en especial cuando se trataba del sexo masculino.
En medio de todo ese sufrimiento, Carlos se había convertido en su luz entre tanta oscuridad, y en cuestión de días sintió que se estaba enamorando de él.
El pasado fue difuminándose en su mente, igual que esos defectos físicos que tanto la obsesionaban y que a Carlos no parecían importarle en absoluto, y cuando vio la ocasión de pasar toda una noche con él no lo dudó.
El anfitrión les había pedido que no lo comentaran en casa, puesto que la fiesta se celebraría en secreto, y por eso mintió a sus padres.
Además, temía que, como lo del colegio estaba tan reciente, quizá no la dejaran ir.
—¿Y por qué Nacho acabó allí? —preguntó Paula—. ¿No iba a salir por Santoña con sus amigos?
Alba asintió y le explicó que, en teoría, un chico mayor de edad iba a llevarlos a todos en coche, pero que algo debió de pasar y cambiaron de planes.
Al final, Nacho se presentó en la fiesta con Rafa, Andrés y Miguel, y, al verlos aparecer, ella amagó con marcharse.
Sin embargo, se dio cuenta de que, si lo hacía, quedaría como una cobarde ante Carlos y se obligó a seguir allí.
Durante una buena parte de la noche creyó haber acertado, puesto que todo transcurría con normalidad e incluso llegó a relajarse.
Hasta que, ya de madrugada, cometió aquel error imperdonable.
Estaba en una esquina del sótano, apoyada contra la pared y con Carlos de frente, y hubo un momento en que él la miró con las pupilas brillantes y los labios entreabiertos.
De pronto, con la música sonando de fondo, tuvo la impresión de que Carlos se inclinaba hacia ella para besarla, y fue entonces cuando, sin pensarlo, se lanzó.
Fue algo instintivo, inexplicable, y quedó como una idiota.
Al principio, como había cerrado los ojos, ni siquiera se percató de que él había apartado la cara a toda velocidad.
Luego, al no notar su boca, los abrió y entendió lo que acababa de suceder.
Enrojeció hasta las raíces y sintió que una ola de calor le recorría el cuerpo, un calor que no tardó en transformarse en dolor e ira cuando la gente empezó a reírse a su alrededor.
Incluso Carlos sonrió con sorna. Pero el peor de todos fue Nacho, que iba pasado de alcohol.
Soltó una riada de carcajadas y después comenzó a humillarla con una crueldad insoportable.
La mofa fue creciendo y, al final, no pudo más.
Vio que había un cuchillo en una mesa cercana y, sacudida por la cólera, lo empuñó ante él.
—Pero nunca quise clavárselo, ¡lo juro! —chilló Alba mientras las lágrimas volvían a caerle por el rostro.
—¿Lo hiciste? —masculló la abogada con espanto.
—¡No! Ni siquiera lo intenté. Los demás me agarraron y…
La chica se atragantó y comenzó a toser.
—¿Y qué, Alba? ¿Y qué?
—Me fui —carraspeó a duras penas—. Nacho quiso atacarme y salí corriendo…
Paula soltó un suspiro de alivio.
—¿Y el cuchillo?
—Me lo llevé… —dijo, y se estremeció—. Ni siquiera me di cuenta. Yo… Cuando me vi con él pensé en tirarlo, pero tenía miedo de que Nacho fuera a por mí, de que me persiguiera… Por eso… por eso me lo guardé en el bolsillo y seguí corriendo hasta que ya no me quedaron fuerzas…
—Entiendo. ¿Y qué ocurrió después?
—Yo… Llegué al portal, pero no podía… —La voz le tembló—. No podía subir.
La abogada la escrutó.
—¿Estabas borracha, Alba?
—¡No!
—¿De verdad? ¿No tomaste nada?
—Bueno, bebí algo, pero… No se lo digas a mi madre, por favor.
—¿Por qué? Tienes dieciocho años.
—Sí, pero mis padres piensan que yo no…
—Ya, pero tienes que comprender que, en esta situación, eso es lo de menos.
La chica asintió con pesar.
—Entonces ¿te quedaste en la calle a esas horas? —preguntó Paula.
—Sí, serían casi las tres, pero necesitaba llorar, hablar por teléfono con Raquel, desahogarme… Me senté en un banco que hay un poco más arriba. Uno azul…
La abogada contuvo un respingo. Según le había dicho Sofía y se deducía del informe que le había entregado la policía, aquel era el lugar donde habían encontrado el cuerpo
—¿Y el cuchillo? —inquirió, consciente de que, a medida que avanzaba la narración, se amontonaban los indicios en su contra.
Vio que Alba tragaba saliva antes de contestar.
—Se me cayó cuando iba a sentarme… —murmuró—. Fue al sacar el móvil para llamar a Raquel, ¡lo juro! No llevaba bolso, por el disfraz, y lo había metido todo en un bolsillo…
Paula tuvo la sensación de hundirse en el suelo de la comisaría.
—Entonces ¿se te cayó allí? ¿Delante del banco?
La chica hizo un movimiento afirmativo con la cabeza. Muy leve. Casi imperceptible. Sin duda era consciente de la importancia de aquel detalle.
—¿Y no lo recogiste? —balbuceó la abogada.
—No… Me puse a hablar con Raquel y luego… se me olvidó. No lo quería para nada y…
Paula estuvo a punto de soltar un improperio, pero lo ahogó a tiempo en la garganta. No quería acongojarla aún más.
Decidió concentrarse en la conversación que Alba había mantenido con Raquel. Llegado el caso, podría utilizarla como testigo.
—Vale, dices que estuviste hablando con Raquel, ¿no?
—Sí. Ella no había salido, pero dejó el móvil en vibración y lo cogió.
—¿Y qué le contaste?
—Lo que había pasado en la fiesta. Necesitaba su ayuda…
—Cuando os estabais despidiendo, ¿le dijiste que ibas a subir a casa?
—Mmm… Sí, creo que sí.
—¿Y lo hiciste?
—Bueno, miré un poco Instagram y TikTok. Vi en el perfil de Carlos que todos se habían ido al centro, y también releí algunos chats antiguos con él —murmuró—. Y luego subí a casa, sí…
—¿Recuerdas a qué hora fue eso?
—No lo sé, a las tres y media o las cuatro, creo…
—¿Y ya está? ¿No sucedió nada más?
Alba sacudió la cabeza.
—No, nada. Me quedé tumbada en la cama. No podía más y ni siquiera me quité el disfraz, pero no conseguía dormir. No dejaba de pensar en todo… Y por la mañana entró mi madre. Y estaba con esa agente…
Sus labios empezaron a temblar y Paula se imaginó el pánico que debió de sentir al enterarse de que la policía quería hablar con ella y que Nacho estaba muerto.
—Y por eso corriste a la estación. Ibas a huir.
Alba subió las piernas a la silla, las dobló y se abrazó a ellas.
—Yo… Cuando esa mujer se fue, me metí en internet. Decían que lo habían apuñalado —gimió—. Y que el arma no estaba…
—Y pensaste en el cuchillo.
La chica se llevó las manos al rostro y rompió a llorar de nuevo.
—Pensé… pensé que la policía volvería a por mí, que nadie me creería… Pero en la estación… —Las palabras se le entrecortaron—. Mis padres, mi hermano. No podía…
Paula hizo una pausa y la estudió. ¿Estaba siendo sincera?
—¡Es la verdad! —exclamó Alba entre lágrimas, como si le hubiera leído la mente—. ¡Es la verdad!
La abogada trató de componer una sonrisa conciliadora, aunque se quedó en una mueca desvaída. Después de aquel relato, tenía claro lo que debía aconsejar a su clienta.
Callar. Callar y esperar.
Observar. Analizar la estrategia de la policía y buscar la brecha, el lugar por donde colarse y escapar.
Así lo había hecho en otras causas bajo secreto de sumario cuando defendía a un detenido en circunstancias comprometedoras.
Daba igual si el investigado era inocente o no.
Esa era la táctica más prudente, al menos en los primeros compases del procedimiento.
Y, sin embargo, también una de las más complicadas de explicar a los clientes.
—Alba —empezó, y la miró con aire de gravedad—, cualquier paso en falso que demos ahora será difícil de corregir en el futuro, ¿lo entiendes?
No sabemos qué tienen ni qué están buscando, y cuantas menos explicaciones proporcionemos, mejor.
Siento decírtelo con tanta crudeza, pero no creo que hoy vayan a dejarte en libertad.
Por el momento, es preferible guardar silencio.
Aunque tú no seas culpable, podrían utilizar cualquier dato en tu contra…
El rostro de la chica se contrajo en un rictus de pavor y el pecho empezó a subirle y bajarle con frenesí.
—Pero así no podré convencerlos… Si no declaro, todo el mundo pensará que fui yo, ¿no? Tiene que haber otra solución. Mis padres…
—Será solo hasta el miércoles, Alba. Ese día, si no te liberan antes, tendrán que ponerte a disposición judicial y te ofrecerán declarar directamente ante el juez.
Entonces podrás hablar, ¿de acuerdo? —Hizo una pausa y alargó el brazo para cogerle la mano—.
Si no fuera necesario, no te lo pediría.
Yo me ocupo de explicárselo a tus padres.