23. Información esencial
Información esencial
Paula entró en el ascensor de la comisaría de La Albericia acompañada por un agente.
Después de una discusión acalorada con Teresa en la estación de esquí, había logrado convencerla de que no tenía otro remedio que regresar a Santander para defender a aquella chica.
Sin disimular su decepción, Teresa terminó aceptándolo, pero dijo que volverían juntos; no tenía sentido que Martín y ella se quedaran en Alto Campoo, solos y sin saber cuándo iría a recogerlos.
Eso sí, cedió con la condición de que esquiaran un rato más para apurar las horas que le había concedido la policía.
Paula había dispuesto del tiempo justo para cambiarse de ropa en casa y presentarse en la comisaría con un traje gris de rayas, su cartera de abogada y un bolígrafo en el bolsillo.
No era un bolígrafo cualquiera, sino el que utilizaba desde hacía muchísimos años, el que sus padres le regalaron cuando terminó el bachillerato y decidió estudiar Derecho.
Eso fue antes de que un andamio se desplomara de improviso a su paso y los sepultara para siempre.
Huérfana y sin más familia en Valencia, la ciudad en la que nació, se vio obligada a trasladarse a Santander, con sus abuelos maternos.
Se refugió en los estudios y se esforzó al máximo.
Aspiraba a ser abogada. Una de las mejores, como Atticus Finch en Matar a un ruiseñor .
Y, en cierto modo, lo había conseguido, pese a que últimamente se sintiera perdida, como un barco a la deriva.
¿Acaso no tenía la vida con la que soñaba en aquella época? ¿O acaso se esperaba otra cosa?
Las puertas se abrieron y el agente enfiló por un largo pasillo. Ella se apresuró a seguirlo.
Cuando pasaron por delante de una sala con la puerta abierta, una mujer de pelo negro que lloraba cabizbaja en una silla de plástico alzó la vista y se levantó de un salto.
—¡Paula, Paula! —gimió, y se arrojó a sus brazos.
Era Sofía Ponte, y la abogada la abrazó con fuerza. Detrás vio a Julio, el padre de Alba, que también se había incorporado. Tenía las gafas descolocadas, el pelo revuelto y el cuello de la camisa impregnado de sudor.
Paula trató de esbozar una sonrisa de consuelo.
—Tranquilos, todo irá bien. Todo irá bien —les susurró al tiempo que se separaba de Sofía.
—Tiene que volver a casa. Tienes que sacarla de aquí… —le imploró la madre, y juntó las palmas a la altura de la nariz. Los ojos le brillaban con intensidad—. Esto la destrozará…
Mientras asentía, Paula oyó pasos a su espalda. Al girarse, se encontró frente a frente con una mujer joven que la miraba con semblante pétreo.
—Buenas tardes. Soy la subinspectora Soto. Acompáñeme —le ordenó la policía, que dio media vuelta sin aguardar una respuesta.
La abogada se despidió a toda prisa de los padres de Alba y echó a andar tras la subinspectora.
—Oiga, necesitaré el atestado —le advirtió.
—Su señoría ha decretado el secreto de sumario —replicó Soto, como si eso lo explicara todo.
Paula expulsó con fuerza el aire por las fosas nasales y se frenó en mitad del pasillo. Estaba harta de discutir sobre lo mismo cada vez que asistía a un detenido en circunstancias más o menos comprometedoras. Siempre ese truco.
—Subinspectora, usted sabe que tiene que facilitarme la información esencial para defender a mi clienta, por mucho secreto que se haya decretado. No me obligue a pedir nulidades o a solicitar el habeas corpus .
Soto dejó de caminar y la observó con frialdad, lo que no sorprendió a Paula. Estaba acostumbrada a ese trato distante hacia los abogados. Formaba parte de la partida de póquer que daba comienzo cuando se les comunicaba que su cliente había sido detenido.
—Y usted también sabe que eso no supone que debamos entregarle el atestado. Le daremos los datos que nos permita el secreto de las actuaciones, nada más. Por otra parte, el cadáver ha aparecido hace unas horas. Comprenderá que no hemos tenido tiempo para sentarnos a escribir.
—Para detenerla sí lo han tenido —contraatacó Paula, incapaz de contenerse.
La policía no respondió. Se limitó a reanudar la marcha. Unos segundos después, se detuvo ante una puerta con mirilla. Le señaló el interior.
—Es aquí. La está esperando.
A continuación, subiendo el tono, Soto llamó a un compañero, que no tardó en acudir con unos folios grapados.
—Ahí lo tiene, letrada —anunció la subinspectora con aspereza.
Paula cogió las escasas páginas impresas por una cara que el hombre le ofrecía. La supuesta información esencial. Empezó a leer allí mismo, delante de los agentes.
Contenían un informe esquemático sobre el hallazgo del cuerpo de Nacho Guerra con signos de violencia, y en concreto de apuñalamiento, junto a un banco de madera cerca del número 26 de la calle Joaquín Costa, así como sobre la detención de Alba Ferrero como presunta autora de un delito contra la vida cometido esa madrugada.
Como indicios contra ella se mencionaban una violenta discusión previa con la víctima y la posesión de un arma blanca, según el testimonio de varias personas.
No se proporcionaban más detalles. En las últimas páginas figuraba el auto por el cual el juez Belmonte acordaba abrir la investigación y declararla secreta durante treinta días por el riesgo de ocultación y destrucción de pruebas, lo que, según argumentaba, podría perjudicar gravemente el desarrollo de las pesquisas.
Paula protestó por la insuficiencia de la información, pero fue en vano. Al final, entre resoplidos, pasó a la sala y la puerta se cerró a su espalda.
Miró hacia la mesa que había en el centro.
Allí, derrumbada, se encontraba Alba. Tenía la cabeza enterrada en los brazos, que había cruzado sobre la mesa, y sollozaba con desconsuelo. Paula concluyó que llevaba mucho tiempo llorando en diferentes posturas, pues se adivinaban lágrimas dispersas por una buena parte de la superficie metálica.
Sintió que el corazón se le encogía.