La doble víctima 22. Algunas hipótesis
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22. Algunas hipótesis

Algunas hipótesis

Santander

Estaban a punto de dar las dos de la tarde cuando Sorozábal entró en el despacho del juez.

Tras la detención de Alba Ferrero, la abogada había telefoneado a comisaría para informar de que tardaría dos o tres horas en llegar, puesto que se hallaba fuera de la ciudad y debía regresar con su familia, y el inspector no había perdido el tiempo.

Primero registró con sus compañeros la vivienda de la víctima, sin ningún resultado significativo.

Luego se ocupó de interrogar a los amigos de Nacho y, cuando terminó, llamó a Santiago para resumirle las novedades y solicitarle una orden de registro de la vivienda de la detenida.

Sin embargo, el juez se negó. No estaba dispuesto a autorizar una medida de esa naturaleza sin conocer antes todos los avances de la investigación, y eso requería que se vieran en persona, según su criterio.

La chica contaba con una abogada prestigiosa, hábil y peleona, y no iba a arriesgarse a dar un paso en falso.

Si más adelante la Audiencia Provincial consideraba que no había existido base suficiente para entrar en el domicilio de la sospechosa, todo lo que hubieran encontrado se convertiría en nulo y no serviría de nada.

Y él no podía permitirse un revés de ese calibre.

Mientras Sorozábal se sentaba al otro lado del escritorio, Santiago dio un trago al enésimo café de la jornada, que acompañó de otro ibuprofeno. A continuación, estudió el rostro del inspector. Saltaba a la vista que no le había hecho ninguna gracia tener que desplazarse hasta allí.

—Entonces la detenida estaba en la estación de autobuses, ¿no? —dijo Santiago como preámbulo, todavía con el sabor amargo del café solo y sin azúcar en la boca.

—Sí, en uno de los bancos. Hecha un ovillo y sin parar de llorar. Con sacudidas y todo, como una niña…

El juez entrecerró los ojos.

—Lo que no termino de entender —repuso— es para qué fue allí. Usted antes me ha dicho que quería huir, pero no subió a ningún autobús. Y ni siquiera sacó un billete…

Sorozábal, que había pensado en eso mismo durante todo el trayecto, le expuso su teoría:

—No pretendía esconderse en la estación, eso está claro. Cualquier persona podía verla con facilidad. No, iba a huir —se reafirmó con rotundidad—. Por eso llevaba seiscientos euros y una mochila con muda para varios días. Si no, ¿para qué los quería?

—Ya. Pero, insisto, ¿por qué no subió a ningún autobús? ¿Para qué coño mintió a su madre si luego iba a quedarse ahí tirada? Encima, eso la hace más sospechosa…

—Quizá tuvo miedo y se quedó paralizada. ¿A dónde iba a marcharse, señoría? Además, hay algo curioso: no llevaba cartera. No estamos seguros de si la olvidó con las prisas…

—¿Y dónde llevaba el dinero?

—En la mochila.

El juez frunció el ceño.

—O sea, que no tenía el DNI…

—Correcto. Es posible que eso la detuviera, aunque para viajar por España tampoco hace falta.

—Pero para alojarse en cualquier sitio sí —advirtió Santiago, que volvió a dar un sorbo al café mientras buscaba una explicación a ese extraño comportamiento—. ¿Y el cuchillo y el móvil de la víctima?

—La hemos registrado allí mismo y no los tenía. Tampoco en la mochila.

Santiago chasqueó la lengua sin disimular su decepción, aunque en el fondo era de esperar.

—¿Y en la estación? ¿Han revisado las papeleras?

—Sí, y no había nada. Ahora mismo mis compañeros están reconstruyendo y peinando las rutas desde su casa hasta la estación.

Aunque es probable que los tenga escondidos en su domicilio, señoría, y que por eso no aparezcan…

Y lo mismo le digo de la ropa. Esta mañana, cuando Soto la ha interrogado, la chica seguía con el disfraz de anoche.

En la estación ya no lo llevaba, y tampoco estaba en la mochila…

Si encontráramos en él manchas de sangre…

El juez se pasó la mano por la melena con aire meditabundo.

—¿Han hablado con ella?

Sorozábal abrió los brazos en señal de protesta. Esa pregunta siempre era incómoda, además de capciosa, puesto que en teoría la policía solo podía interrogar al detenido en presencia de su abogado. No obstante, los dos sabían que en ocasiones algunos agentes fingían que esa norma no existía.

—No ha querido decir nada. Estaba muy nerviosa, asustada. Incluso se ha meado en los pantalones cuando la hemos metido en el coche. Suerte que la prensa no estaba allí. He dado orden de que la dejen sola.

—¿Y los padres?

—Yo ya me había marchado cuando se han presentado en comisaría. Según mis compañeros, juran y perjuran que su hija no ha tenido nada que ver. También dicen que no sabemos quiénes son ni dónde nos estamos metiendo. Que estamos cometiendo un grave error y que esto tendrá consecuencias.

Santiago apretó los dientes. No le gustaba nada la deriva de los acontecimientos, y menos aún esa clase de presiones y bravuconadas.

—¿Y los amigos del chico muerto?

El policía se reclinó en la silla.

—Su versión concuerda punto por punto con la del otro alumno, Carlos Alonso —resumió—.

El primero con el que he hablado es Rafael Santamaría, el mejor amigo de Nacho.

Me ha costado que se abriera. Estaba conmocionado.

Además, se ha alterado mucho al descubrir que ya estábamos al tanto de la fiesta de carnaval que celebraron.

—¿Quería ocultarlo? —se sorprendió Santiago.

—Esa sensación he tenido, sí.

—¿Y por qué iba a hacer eso? Su amigo ha muerto…

—Supuestamente, porque el chico que la organizó lo hizo a espaldas de sus padres, que estaban pasando el fin de semana fuera. Les pidió a todos máxima discreción para que no le pillaran.

—O sea, ¿que eso pesaba más que ayudar a esclarecer la muerte de su amigo? —se escandalizó el juez.

—Eso parece. Aunque me imagino que, tarde o temprano, nos lo habría dicho. Veo que no está usted muy habituado a tratar con adolescentes… —comentó Sorozábal, y se permitió distender el tono.

Santiago no se ofendió. Era verdad. En su entorno no había chavales y él no había querido tener hijos, siempre centrado en su carrera.

—Lo que tampoco comprendo —dijo— es por qué coño la chica fue a esa casa. Lo lógico habría sido evitar a Nacho, ¿no le parece?

—Tal vez no quería perderse la fiesta.

El juez hizo una mueca de escepticismo. Tenía que haber algo más.

—¿Y lo del incidente? ¿Se lo han confirmado?

Sorozábal inclinó la cabeza con solemnidad.

Las explicaciones de los tres amigos coincidían con la versión de Carlos Alonso.

Según ellos, cuando Nacho empezó a ridiculizar a Alba por aquel beso frustrado a su nuevo compañero de pupitre, la chica se puso furiosa y al final no aguantó más.

Cogió un cuchillo que había en una mesa cercana y se lanzó contra él.

Por suerte, varias personas reaccionaron con rapidez y la agarraron.

Consiguieron retenerla y hacerla retroceder, aunque por unos instantes todos temieron que comenzara a dar puñaladas y que aquello acabara en tragedia.

Estaba ida, fuera de sí. La tensión se disparó cuando Nacho, que había tardado unos segundos en reaccionar, enrojeció de ira, profirió un grito y se abalanzó sobre la mesa en busca de algo con lo que contraatacar.

Algunos de los presentes chillaron y, presa del pánico, Alba logró zafarse de quienes la sujetaban y echó a correr escaleras arriba.

Nadie la siguió. Ni siquiera Carlos. Y el cuchillo que llevaba en la mano no volvió a aparecer.

Santiago suspiró.

—¿Alguno recuerda cómo era ese cuchillo? —preguntó.

—De cocina. En cuanto podamos, iremos a la casa y comprobaremos si hay otros iguales.

—Para analizar la compatibilidad de las heridas, ¿no? —dedujo el juez.

—Exacto.

Santiago se mantuvo en silencio unos segundos y entrelazó las manos sobre el escritorio.

—Estoy de acuerdo con su criterio, Sorozábal —dijo—.

Si le ponen trabas para entrar en ese chalet, dígamelo y firmaré de inmediato la orden.

Y respecto al domicilio de Alba Ferrero, lo mismo —resolvió, y el inspector se lo agradeció con un gesto—.

Hay que encontrar la ropa y el cuchillo.

Y más indicios, si puede ser. Porque, según entiendo, ninguno de los amigos presenció el crimen, ¿no?

—No. Cuando se lo he preguntado, los tres se han puesto muy nerviosos, pero lo han negado.

Santiago se rascó la barbilla, pensativo.

—¿Cree que alguno de ellos puede estar detrás?

—No, no lo creo. No hay nada que los señale y, en principio, tampoco tenían motivos.

Se supone que eran amigos. Los tres mantienen que, después del incidente, todo el grupo fue a la discoteca Babylon.

Bueno, todos salvo el organizador de la fiesta, que se quedó en casa, y Alba, a la que nadie volvió a ver.

Llegaron allí alrededor de las tres de la mañana, y Nacho se marchó sobre las cuatro menos veinte.

—O sea que estuvo menos de una hora… Es poco, ¿no?

—Pues sí, porque desde el chalet de la fiesta hasta la discoteca hay unos veinte minutos andando.

Y desde allí hay otros tantos hasta su casa.

No le salieron muy a cuenta los paseos, la verdad.

Igual se cansó de tanta juerga, quién sabe.

—Sorozábal se encogió de hombros—. Andrés, que se fue con él, no ha sido muy claro en ese punto.

—Entonces ¿volvieron los dos juntos?

—Sí, casi todo el camino. Fueron por Canalejas y se separaron a unos ciento setenta metros del lugar del crimen.

—Andrés vive un poco más cerca del centro, entonces —coligió Santiago.

—Así es, en una casa individual, en el número 11 de Joaquín Costa, algo antes de la cuesta donde murió Nacho.

De pronto, el juez se acordó del testigo que la subinspectora Soto había localizado esa mañana.

—Está pensando en el hombre que oyó voces, ¿verdad? —adivinó Sorozábal—. El que vive a la altura de la curva y que, según mi compañera, no estaba en sus cabales.

—Sí. Quizá las voces que oyó eran las de los dos chicos al despedirse.

El inspector movió la cabeza hacia los lados.

—Le he preguntado a Andrés si iban discutiendo y lo ha negado. Si no gritaban, es difícil que ese hombre escuchara algo.

—Ya —murmuró Santiago, meditabundo—. Y los otros dos amigos, ¿qué hicieron desde que Nacho se marchó?

Sorozábal cogió aire.

—Pues mire, Rafael afirma que estuvo en la discoteca unos minutos más y que después se fue. Vive en la calle Ramón y Cajal.

—Es una de las más próximas a Joaquín Costa, ¿no?

—Correcto, está pegada. Aunque asegura que no vio ni oyó nada.

—¿Y el último?

—Miguel. Dice que se quedó en el Babylon hasta las cinco y que luego se fue a casa en taxi. Será fácil comprobarlo.

Santiago intentó memorizar todos los datos, aunque sabía que podría consultarlos en el atestado que la policía debía entregarle, como máximo, en setenta y dos horas. Ese era el plazo que los investigadores podían retener a Alba Ferrero antes de ponerla a disposición judicial.

—¿Hay alguna noticia sobre el teléfono de la víctima?

—Anoche lo tenía —contestó Sorozábal—. Los tres amigos lo vieron utilizándolo en la fiesta.

Y Andrés, en concreto, se acuerda de que, cuando volvían a casa, Nacho lo sacó y se quejó de que se había quedado sin batería.

Puso a parir a sus padres. Al parecer, se negaron a regalarle uno nuevo por Reyes después de haber perdido el suyo, y aquel modelo viejo de su padre le estaba dando problemas.

Santiago maldijo por lo bajo. Un móvil sin batería era imposible de rastrear. No se conectaba a las antenas de telefonía y, por tanto, no había señal que triangular. La única manera de localizarlo era que quien lo tuviera en su poder lo enchufara a la corriente.

—Trabajamos con la hipótesis de que Alba se lo llevó después de matarlo —explicó el inspector—. Quizá intercambiaron algún mensaje comprometedor, amenazas o algo así, y quiso hacerlo desaparecer. Hemos avisado a los del vertedero para que estén atentos.

—¿Y el móvil de Alba? ¿Lo han incautado?

—Sí, lo llevaba encima. Cuando llegue su abogada, le pediremos la clave y el consentimiento para analizarlo.

—Bien. Si se niega, llámeme y les firmaré la autorización para que puedan hacer el volcado.

—De acuerdo. Ya sabe que en ese caso nos llevará un tiempo desbloquearlo, pero al final lo haremos —dijo Sorozábal con convicción, y el juez asintió—.

Por cierto, mis compañeros han averiguado que anoche también hubo una fiesta en el Lábaro —agregó el inspector.

Se refería al hotel Lábaro, situado a unos quinientos metros del lugar donde había muerto Nacho Guerra—.

La organizaba el Colegio de Psicología por su patrón y por su vigésimo aniversario, y terminó a las cuatro y media.

Al parecer, asistieron más de doscientas cincuenta personas.

Autoridades, psicólogos, sus parejas… Aunque ni el hotel ni el Colegio de Psicología tienen una lista nominativa de los asistentes.

Santiago se pasó la mano por la melena.

—Entonces en los registros que hemos pedido a las compañías telefónicas figurarán un montón de números conectados a las antenas que no corresponderán a vecinos, ¿no? Y no solo de los invitados. También de quienes fueran a recogerlos…

—Bueno, eso depende de cuántas personas se quedaran hasta esas horas y también de cuántas antenas haya por allí y su alcance.

Puede que exista alguna que dé cobertura al lugar del crimen y no al hotel Lábaro.

Pero sí, podría complicarnos la labor —reconoció Sorozábal—.

En cualquier caso, si se confirman los indicios contra la chica, tal vez no sea necesario estudiar esos registros.

Y quizá entre los asistentes a la fiesta encontremos algún testigo, alguien que se marchara y fuera hacia Joaquín Costa.

No están a la misma altura, pero podría ser —agregó—. Profundizaremos en ello.

Justo cuando el juez mostraba su conformidad, el teléfono del inspector comenzó a sonar.

Era Soto. La letrada de la detenida ya había llegado.