21. La clienta
La clienta
Estación de esquí de Alto Campoo
Había sucedido.
Paula lo intuyó cuando su móvil comenzó a vibrar y en la pantalla apareció el número de una centralita.
El agente que la llamaba se lo confirmó en el acto: Alba Ferrero estaba detenida.
La habían localizado en la estación de autobuses de Santander y la chica la había designado como abogada para su defensa.
Si rechazaba asistirla o tardaba más de tres horas en llegar a la comisaría, le advirtió el policía con tono hosco, se pondrían en contacto con el Colegio de la Abogacía de Cantabria para que nombraran uno de oficio; ella decidía.
Paula, que tras su conversación con Sofía fue incapaz de seguir esquiando y se había quedado sola en el bar de la estación tomándose un café, no supo qué contestar.
¿Cómo iba a explicarles a Teresa y a Martín que se marchaba a toda prisa a Santander para trabajar?
Intentó hacerle entender al policía que era domingo y que se encontraba fuera de la ciudad; necesitaba tiempo para darle una respuesta.
Después de mucho insistir, consiguió arrancarle un margen de unos minutos.
En cuanto hubo colgado, le entró otra llamada. Era Sofía, rota, desesperada.
—¡Está detenida, Paula! —chilló—. ¡Detenida! Acaba de llamarnos y…
—¿Qué os ha dicho?
—Que es… —La voz se le entrecortó por los sollozos—. Que es inocente, Paula. Que todo es un error. Tienes que ayudarla…
Con la mano que le quedaba libre, Paula agarró la tela de su traje de esquí y empezó a retorcerla.
Pensó en su familia. Les había prometido pasar juntos el fin de semana.
Además, si de veras pretendía abandonar la profesión de abogado de tribunales en breve, ¿qué sentido tenía hacerse cargo ahora de un caso así?
Cualquier letrado sabía que era mejor no empezar aquello que no se podía terminar.
Trató de excusarse ante Sofía, pero la estrategia no le funcionó.
En vez de darse por vencida, la madre de Alba comenzó a proferir gemidos agudos que se colaron en el cuerpo de Paula y la desgarraron por dentro.
De fondo, oyó a Julio pedirle ayuda y asegurar con tono angustiado que le pagarían lo que quisiera.
—No es un problema de dinero, de verdad —dijo Paula.
—Por favor —le rogó la mujer—, por favor…
De pronto, se le ocurrió que tal vez su jefa pudiera ocuparse del caso, pero entonces recordó que Antonia estaba en Madrid con su marido.
—Hay muchos abogados que lo hacen igual o mejor que yo, Sofía… —insistió, aunque en el fondo sabía que sería difícil que alguno los atendiera en festivo. Tan solo lo harían los que se encontraban de guardia en el turno de oficio, y ella no tenía ni idea de quiénes podían ser.
—Nosotros te conocemos a ti, Paula… Da igual que la otra vez no saliera bien.
Te vimos trabajar y confiamos en ti… Además, tú has hablado mucho con Alba, sabes cómo es, lo que ha sufrido…
Tú…, tú… —Sofía titubeó, y la abogada creyó adivinar el motivo por el que ambos querían que defendiera a su hija, más allá de la confianza que les inspirara—.
Tú sabes que es inocente —soltó al fin—.
Tú lo sabes. La conoces. Tú eres su abogada…
Paula desvió la vista a las pistas de esquí que se recortaban en la distancia.
La sensación de culpa y el peso de la responsabilidad que siempre llevaba a cuestas volvían a treparle por la espalda y a aferrársele al cuello.
Suspiró. Claro que era su abogada. Fue ella la que, cuando los tres acudieron a su despacho en septiembre de 2021, convenció a Alba de que diera el paso de denunciar la grave persecución que, al parecer, venía sufriendo en el colegio Peñas Arriba desde el curso anterior y que solo entonces, tras una traumática vuelta a las clases, había decidido confesar a sus padres.
Había que ponerle fin, hacer que los culpables pagaran.
También fue ella la que, pese a su esfuerzo, vio cómo el caso se torcía poco a poco, hasta que, en junio de 2022, perdieron el juicio.
La sentencia fue tan contundente que ni siquiera apelaron.
Luego ella volvió a su vida y se dedicó a sus asuntos, pero ¿y Alba?
¿Qué fue de la muchacha? Tenía entendido que, cuando la resolución se hizo pública, hubo gente que la tomó por una mentirosa, alguien que solo buscaba llamar la atención, y que esas últimas semanas de colegio se le hicieron durísimas.
Por eso sus padres la cambiaron al Picos de Europa, para alejarla de todo aquello.
Pero ¿y si con eso no fue suficiente? ¿Acaso podía haberse convertido en una asesina? ¿Su clienta?
Apretó el puño y notó que las uñas se le hundían en la carne.
Ahora que la chica la necesitaba, ¿iba a mirar para otro lado?
Eso fue lo que hicieron aquellos compañeros de colegio a los que creían tener de su parte para sustentar la acusación.
De repente, no sabían nada del tema, no recordaban o no querían hacerlo para no buscarse problemas.
Y aquello selló su destino en el juicio.
Apretó aún más el puño.
No, ella no miraría para otro lado.
No se hizo abogada para salir corriendo.
Aunque, si aceptaba, ¿sería capaz de sacarla del atolladero?
Sofía y Julio seguían confiando en ella, y en teoría Alba también, pero ¿era eso suficiente?
Además, ¿qué haría con la entrevista de Iberian Labs?
Bien mirado, quizá no fuera algo incompatible.
Si la detención de Alba era un error, pronto se aclararía.
Tal vez la pusieran en libertad y la policía se olvidara de ella después de aquel primer interrogatorio. A veces sucedía…
Divisó a Martín a lo lejos. Esquiaba en una pista para principiantes. Se le distinguía con facilidad por su cazadora de color amarillo fosforito. Por un momento, la abogada se imaginó que él fuera Alba. Y el sentimiento de congoja que la invadió terminó de inclinar la balanza.
—Voy a intentarlo, Sofía —prometió, y al instante oyó cómo la mujer prorrumpía en sollozos de alivio y agradecimientos atropellados—. No hay de qué, de verdad, pero antes tengo que hablarlo con mi pareja.