20. La Cuervo
La Cuervo
Santiago se colocó tras la butaca que ocupaba Inés Calderón y aguardó a que ella encendiera el ordenador.
La luz entraba a raudales en el despacho de la fiscal, situado en el palacio de justicia de Las Salesas.
El complejo, formado por un antiguo convento y un edificio de planta rectangular, albergaba la sede del Tribunal Superior de Justicia de Cantabria, la Audiencia Provincial, los juzgados de instrucción de Santander y el especializado en violencia sobre la mujer, entre otros órganos judiciales.
De lunes a viernes era habitual verlo repleto de gente desfilando de un lado para otro.
Sin embargo, ese día, al ser domingo, todo estaba desierto, a excepción de algunos policías y varios detenidos durante el fin de semana.
Unos minutos antes, con el informe favorable de la fiscal, Santiago había ordenado la puesta en libertad de tres treintañeros que se pelearon de madrugada a la salida de un bar, y ahora ambos se disponían a hacer una consulta en Vereda, la base de datos de procedimientos judiciales en Cantabria.
Buscaban una posible pista para lo que la prensa ya había bautizado como el «crimen del Carnaval», y sabían que no disponían de mucho tiempo; en breve llegarían los abogados del resto de los detenidos y tendrían que regresar a la sala de vistas.
Lo último que conocían, porque así se lo había contado Sorozábal en una llamada previa, era que Alba Ferrero había mentido a sus padres y a la subinspectora Soto sobre lo que hizo la noche anterior.
Su compañero de pupitre, Carlos Alonso, había reconocido que los dos estuvieron en una fiesta de carnaval organizada por otro compañero en el sótano del chalet en el que vivía.
Acudieron casi todos los alumnos de los dos grupos de primero de bachillerato de Ciencias Sociales del colegio Picos de Europa, y allí Alba y Nacho se encontraron.
Según Carlos, en la casa se respiraba cierta tensión cada vez que ambos estaban próximos, pero durante varias horas no sucedió nada destacable.
Hasta que, sobre las dos y media de la madrugada, todo saltó por los aires.
El inspector les había explicado que Alba debió de creer que su nuevo compañero se sentía atraído por ella y, en un contexto que todavía no estaba muy claro, se lanzó a besarlo.
Lo hizo delante de todos y sin cortarse un pelo, en palabras del muchacho, y a él no le quedó otro remedio que esquivarla.
En ese momento, las risas estallaron y Nacho, el más vehemente, empezó a emitir graznidos y a gritar que a la Cuervo le habían hecho una «cobra» y que con esa cara no daría un picotazo en su vida.
Las carcajadas fueron en aumento y Alba, que no se había movido del sitio, comenzó a temblar con violencia.
Y, al final, respondió.
La Cuervo… El juez tamborileó con los dedos mientras pensaba en aquel apodo cruel.
Carlos Alonso le había asegurado a Sorozábal que Nacho llevaba utilizándolo desde principios de enero.
Aludía a la nariz de la chica, pero no se le había ocurrido a Nacho; ya la llamaban así en el anterior colegio de Alba, donde al parecer también tuvo problemas.
Aunque Inés no pertenecía a la sección de menores, disponía de acceso a todos los procedimientos. Una vez que el ordenador hubo arrancado, introdujo el nombre y los apellidos de la muchacha en los parámetros de búsqueda de Vereda. Enseguida comprobaron que la intuición no les había fallado.
—Mira, ahí está —señaló Santiago cuando el sistema detectó una coincidencia.
Se trataba de un expediente tramitado en el Juzgado de Menores de Santander, con el Ministerio Fiscal como acusación pública y los padres de Alba Ferrero como acusación particular, actuando en nombre y representación de su hija.
Inés abrió el índice electrónico y comenzó a descender con el ratón por los folios que conformaban la causa. Ambos leyeron con atención y en silencio.
El procedimiento se había dirigido en 2021 contra cuatro compañeros de Alba por presuntos delitos contra la integridad moral y de amenazas, y también civilmente contra el colegio por falta de medidas de prevención y control.
Sin embargo, aquello no llegó a buen puerto: a mediados de 2022, el juez de menores absolvió a los acusados por falta de pruebas y el caso quedó cerrado.
Inés soltó el ratón y miró a Santiago.
—¿Crees que ha sido ella, que lo que ocurrió en la casa fue la gota que colmó el vaso?
Él inspiró hondo.
—Aún es pronto para saberlo. Pero es la hija de una actriz muy conocida. Como la imputemos, el terremoto mediático será de aúpa. Joder…
La fiscal se recolocó en la butaca y fijó la vista en la estantería de enfrente, donde reposaban varios ejemplares del Código Penal.
Según les había contado la subinspectora Soto esa mañana, Alba Ferrero ya era mayor de edad, así que, si acababan deteniéndola y llevándola a juicio, las consecuencias no serían un internamiento en un centro de menores, sino años de prisión. Una larga temporada en la cárcel.
Inés rebuscó en su pantalón y sacó un paquete de tabaco.
—¿Te importa que fume? Lo necesito para pensar, y más en domingo. Malditas guardias…
Él hizo una mueca de desagrado, pero no se opuso.
—Si lo hago en la ventana no se nota, lo tengo comprobado —adujo la fiscal, y fue a abrirla. A continuación, se apoyó en el marco, se llevó un pitillo a los labios y lo encendió—. No podemos fallar, Santi.
Él se aproximó y observó el patio ajardinado de Las Salesas.
—Sorozábal es un prepotente y siempre se está quejando de que no le autorizo diligencias o que les hago perder tiempo, pero trabaja bien. Nos ayudará.
Inés dio una calada y soltó el humo por la boca.
—Eso espero. Porque tú te encargarás de la instrucción, pero yo soy la que tiene que actuar ante el jurado. Y ya sabes cómo tengo a los de arriba… Encima, siendo el hijo de una jueza…
—Se cogerá la baja, supongo.
—Estaba destrozada…
No pudieron hablar más. El teléfono de Santiago había empezado a sonar.
—¿Sí? —respondió.
—Señoría, la tenemos —anunció el inspector Sorozábal—. La hemos detenido.