19. La fila
La fila
Santander
La cola de las taquillas menguaba a medida que el reloj de la estación desgranaba los minutos. En paralelo, el corazón de Alba se aceleraba, le batía en el pecho como si le fuera a estallar. Ahora solo tenía a tres personas delante.
Agarró un asa de su mochila y se la ciñó a la espalda. Notó el peso de la ropa que había metido apresuradamente y aspiró una bocanada de aire mientras veía cómo un hombre, tras pagar su billete, bajaba las escaleras mecánicas que desembocaban en las dársenas, donde aguardaban los autobuses.
Se fijó en la pantalla que mostraba los destinos. Oviedo, Bilbao, Madrid, Barcelona… ¿Qué iba a decirle al empleado de la ventanilla? Ella solo buscaba un lugar donde estar a salvo, donde nadie pudiera perseguirla ni arrastrarla más por el fango. Pero ¿qué sitio era ese?
—Hola. Uno para Zaragoza, por favor —oyó que pedía una señora con tono exultante—. Voy a ver a mi hija, ¿sabe? Ha aprobado una oposición allí.
El trabajador de la estación asintió con desgana, le tendió el datáfono a la señora y, cuando ella hubo pasado la tarjeta de crédito, le deseó buen viaje.
Tras murmurar un agradecimiento, la mujer se dio la vuelta.
Alba, que estaba pendiente de ella, la siguió con la mirada.
Era alta, morena y tenía los ojos azules, y no pudo evitar que le recordara a su madre.
Con un nudo en la garganta, devolvió la vista al frente e intentó dejar la mente en blanco, pero no era capaz. «Voy a ver a mi hija, ¿sabe?». La frase le retumbaba en los oídos, y ya solo una persona la separaba de las taquillas.
¿Cuándo volvería ella a ver a su familia? ¿Y qué pensarían?
Con un estremecimiento, comprendió que no podría hacerlo y se apartó de la fila.