18. La desaparición
La desaparición
Estación de esquí de Alto Campoo
Habían completado el descenso de una de las pistas verdes. Paula se estaba agachando para retirarse los esquís cuando sintió que el móvil le vibraba en el bolsillo.
—¿Quién es, mamá? —le preguntó Martín al ver que sacaba el teléfono y que se quedaba atónita, con la vista fija en la pantalla.
Teresa se acercó a echar un vistazo.
—Madre mía, Paula, pero esa no es…
—Sí, sí. Es ella —farfulló la abogada.
—Qué casualidad…
Quien la llamaba era Sofía Ponte, la madre de la chica sobre la que habían hablado esa mañana mientras aparcaban el coche, tras escuchar en la radio la noticia del hallazgo de un adolescente apuñalado en la calle Joaquín Costa.
—¿Crees que puede haber alguna relación? —le preguntó Teresa con espanto.
La abogada, inquieta, se apartó unos metros y contestó.
—¿Sofía?
—Paula… —gimió la mujer, que lloraba con amargura.
—Sofía, Sofía, ¿qué pasa? Cálmate, por favor. ¿Qué pasa?
Después de medio minuto, la madre de Alba Ferrero consiguió recomponerse y, en apenas un murmullo, le resumió lo acontecido en las últimas horas.
La letrada la escuchó con estupefacción y luego se pasó la mano por la frente.
Rememoró el motivo que las había llevado a conocerse.
A la hija de Sofía la acosaban en el colegio, y ella se encargó de llevar su caso.
Por desgracia, perdieron el juicio, aunque al menos le quedó el consuelo de que los padres de la muchacha lograron trasladarla a otro centro donde, en teoría, estaría a salvo.
—Pero ¿por qué no me dijisteis que en el nuevo colegio también estaba teniendo problemas? ¿Por qué no me contasteis nada de ese chico? —protestó, aunque se figuraba el motivo.
Como si le hubiera leído el pensamiento, Sofía se excusó entre balbuceos:
—Te prometo… te prometo que no fue porque no ganáramos lo otro, Paula. De verdad. Cuando empezó a sufrir los insultos de Nacho y nos avisaron, Alba nos hizo jurar que no la meteríamos en juicios otra vez. Por eso no presentamos ninguna denuncia. Y por eso no te llamamos…
Paula exhaló un suspiro. En cierto modo comprendía la postura de Alba, y eso la hacía sentirse todavía más culpable. Si no hubiera fallado en aquella ocasión…
—Conseguimos que la cambiaran de clase mientras tramitaban el expediente contra Nacho —continuó Sofía con una voz que amenazaba con quebrarse en cualquier momento—. Y la situación había mejorado…
—Pero, entonces, ¿anoche tu hija estuvo con él?
—¡No lo sabemos! La policía ha hablado con un compañero de Alba, Carlos Alonso, pero lo único que nos han contado es que no está con él…
Y acabamos de llegar a casa y tampoco ha vuelto —farfulló con desesperación—.
La policía la está buscando como si fuera una delincuente, Paula…
Dios mío, no sé qué hacer —chilló, y rompió a llorar de nuevo.
—Tranquila, Sofía, tranquila, la encontraréis. Todo se aclarará, ya verás —dijo la letrada, intentando imprimir seguridad a sus palabras.
En realidad, consolar a sus clientes no era algo nuevo para ella, acostumbrada a hacer de asesora jurídica y de psicóloga a la vez, como la gran mayoría de los abogados.
Si una persona acudía a su bufete, siempre era con un problema bajo el brazo, y por eso tenía una caja de pañuelos guardada en un cajón.
Fue una de las primeras cosas que le enseñó Antonia: escuchar y empatizar, insuflar ánimos y confianza.
Pensó durante unos instantes en la víctima y su familia.
Según Sofía, el chico muerto era hijo de Olivia Canals, la jueza de violencia contra la mujer.
La conocía de haber intervenido tres o cuatro veces en su juzgado y le parecía buena profesional; meticulosa, seria, respetuosa.
Había leído uno de sus libros, magnífico.
En ese momento, se la imaginaba sumida en el desconsuelo más profundo, golpeada por aquella terrible pérdida.
—No hay manera de contactar con Alba —sollozó Sofía con desesperación—. Dios mío, Paula, perdona que te llame en domingo, pero es que… No me puedo creer lo que está pasando.
—No te preocupes, has hecho bien. Si no estuviera en Alto Campoo os ayudaría a buscarla, créeme. ¿Sabes de algún lugar donde haya podido refugiarse? Quizá esté asustada.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué iba a estarlo? Ella no…
De repente, la mujer se calló. A Paula le pareció distinguir la voz de Julio de fondo. Después, Sofía tartamudeó:
—¿Cómo… cómo que falta el dinero?
La abogada se mordió el labio temiéndose lo peor.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Ay, Paula, nos ha cogido el dinero que teníamos en la cómoda. Seiscientos euros…
Aquello la puso en alerta.
—¡Está huyendo, Sofía!