17. La fiesta
La fiesta
El estremecimiento que la sacudió estuvo a punto de provocar que el móvil se le cayera al suelo.
Ni siquiera necesitó mirar a los agentes para concluir que, en efecto, sospechaban de su hija.
Por eso habían ido a buscarlos, porque algún dato de la versión ofrecida por Alba no les cuadraba.
Tendría que haberle hecho caso a Julio; ahora, tras la conversación con Luisa, todo había empeorado, y por su culpa.
Aunque, en el fondo, seguía negándose a creer que Alba pudiera estar involucrada en la muerte de Nacho Guerra.
Era imposible, ella jamás haría algo así.
¡La conocía! Lo que no comprendía era por qué diablos les había mentido, y encima por partida doble.
¿Dónde se había metido? ¿Y dónde había estado la noche anterior?
—Sofía, ¿y si se ha ido con Carlos? —sugirió Julio de pronto.
Ella sintió que una luz se encendía en su interior. ¿Cómo no había pensado en él?
—¿Quién es ese? —se interesó Sorozábal.
—Carlos Alonso —respondió Sofía—. Un compañero de clase.
—¿De la antigua o de la nueva? —intervino Soto con un deje mordaz—. Antes olvidó contarme que su hija había dejado de ser compañera de clase de Nacho…
Sofía se ruborizó.
—Eh…, tampoco vi motivo para…
—Da igual —la cortó el inspector—. ¿Qué pasa con ese chico?
Ante el nerviosismo de su mujer, Julio tomó las riendas:
—Después del último incidente con Nacho, le pedimos al jefe de estudios que cambiaran de grupo a nuestra hija.
El sistema está muy mal montado, ¿saben?
—espetó sin esconder su indignación—. Resulta que al acosador solo pueden mandarlo a casa unos días hasta que el expediente se resuelva definitivamente, y eso tarda más de un mes.
Ah, y tampoco pueden moverlo a otro grupo mientras tanto, salvo que él y su familia estén de acuerdo.
No, tiene que ser la víctima la que se cambie para protegerse. Así estamos, al menos en Cantabria.
Sorozábal se limitó a guardar silencio. Había escuchado quejas similares de otros padres, pero la modificación de las leyes quedaba fuera de sus competencias. Él se limitaba a esclarecer crímenes y a atrapar a los culpables. Y su prioridad, en ese instante, tenía nombre y apellidos.
—En la nueva clase —dijo Sofía tomándole el relevo— a Alba le tocó sentarse con ese chico, Carlos.
Llevaban casi un mes compartiendo sitio, y a nuestra hija le estaba viniendo muy bien.
De hecho, últimamente se la veía ilusionada y no paraba de hablar de él —agregó, y por primera vez esbozó una sonrisa.
—O sea, que ustedes piensan que quizá tienen una relación y que Alba les ha mentido porque no se atreve a contarles que se ve con él, ¿no? —concluyó el inspector.
—Sí, tiene que ser eso…
Sorozábal se planteó mostrarles el pantallazo en el que la chica aparecía con el grupo de adolescentes.
Si Carlos estuvo en esa fiesta, seguramente podrían reconocerlo.
Sin embargo, acabó descartándolo. Era pronto para destapar las cartas, y el juez había sido muy claro a la hora de pedirles discreción. En su lugar, se le ocurrió otra idea.
—¿Tienen su número?
—¿De Carlos? No —contestó Sofía.
—Pero estarán ustedes en el grupo de WhatsApp de padres, ¿no? ¿O eso en el bachillerato ya no se lleva?
—Sí, yo sí estoy —reconoció ella—. Puedo buscar el contacto de la madre, si es a lo que se refiere. Sé que se llama Jimena.
Un minuto más tarde, el inspector tenía el número en su poder. En esta ocasión, se alejó para llamar él mismo desde su teléfono. Sofía y Julio intentaron seguirlo, pero Soto les cortó el paso.
—Luego les pondremos al corriente —les prometió.
Cuando la madre de Carlos Alonso respondió, Sorozábal se presentó brevemente y, sin ofrecerle apenas detalles, le pidió que le pusiera con su hijo.
Poco después, oyó la voz somnolienta del muchacho.
Sorozábal no tardó en descubrir que ni siquiera estaba al tanto de la muerte de Nacho Guerra: según le dijo, se acostó nada más llegar a casa y su madre lo acababa de despertar.
Tras meditarlo, el policía decidió que de momento lo mejor era mantenerlo en la ignorancia.
—O sea, que Alba Ferrero no está contigo ahora mismo, ¿verdad?
—¿Alba? No. ¿Por qué?
En vez de contestarle, Sorozábal le preguntó por la noche anterior. Fue entonces cuando el chico comenzó a mostrarse dubitativo. Se perdía en vaguedades y daba rodeos con la evidente intención de obtener información, como si quisiera asegurarse del terreno que pisaba.
—Oye, Carlos, ¿qué es lo que ocurre? Dices que viste a Alba y que es posible que coincidiera con Nacho, pero no sabes precisar ni dónde ni cuándo. Y ni siquiera tienes claro en qué bares estuvisteis. ¿Se puede saber qué te estás callando y por qué?
El chico emitió una especie de gorjeo y Sorozábal decidió apretarlo:
—¿No hubo anoche una fiesta en una casa? La hubo, ¿verdad? ¿Dónde fue? ¿De quién era esa casa?
—Yo…, yo… Me encuentro muy mal y…
—Ya, pues en cuanto me respondas te dejaré descansar. ¿Dónde fue la fiesta y qué sucedió?
—Pero es que no entiendo nada. ¿Por qué me hace todas estas preguntas? Me duele la cabeza. ¡No puedo pensar! Casi no he dormido.
Sorozábal suspiró y se armó de paciencia. Malditos chavales. ¿Qué diablos estaban escondiendo?
—Vamos a ver, Carlos, ¿tienes idea de dónde puede estar Alba?
—¿Yo? No, no… ¿Es que no está en su casa?
—No, allí no está, y queremos hablar con ella urgentemente. Necesitamos tu ayuda, ¿comprendes? —Tras hacer una pausa, el policía decidió desvelarle la verdad—. Mira, hijo, ha sucedido algo terrible. Nacho Guerra, tu compañero de colegio, está muerto y todo apunta a que lo han asesinado, ¿entiendes?
Durante unos segundos, la línea quedó envuelta en un pesado silencio.
—¿Que… que han matado a Nacho?
—Así es. Comprenderás ahora lo importante que es esto.
—Pero… ¡joder! —exclamó el chico, y el policía se lo imaginó llevándose las manos a la cabeza—. ¿Y ustedes… ustedes quieren hablar con Alba? ¿No pensarán que ha sido ella?
—Da igual lo que pensemos.
El joven vaciló al otro lado del teléfono. Empezaba una frase, pero luego se detenía como si algo le impidiera hablar con franqueza.
—Anoche pasó algo grave, ¿no es cierto, Carlos? —insistió el inspector—. Entre Alba y Nacho. Tú lo viste. Tú lo sabes.
Volvió a hacerse el silencio. Luego Sorozábal oyó que el muchacho tragaba saliva con dificultad.