La doble víctima 16. El partido
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16. El partido

El partido

Aunque el campo de fútbol contaba con unas pequeñas gradas y faltaban pocos minutos para que comenzase el partido, esa mañana nadie ocupaba los asientos.

El árbitro y los entrenadores estaban reunidos en el círculo central con el director del colegio, que hablaba por teléfono.

A cierta distancia, en el patio, los niños daban pases para no enfriarse mientras los padres especulaban sobre lo ocurrido en la calle Joaquín Costa.

La noticia se había difundido a toda velocidad gracias al efecto multiplicador de las redes sociales, y Sofía había decidido silenciar varios de los grupos de WhatsApp para no sentir cada dos por tres el zumbido del móvil en el bolsillo.

Continuaba preocupada por la conducta de su hija y nada más llegar al colegio se había llevado a su marido a un aparte para comentarle el encuentro fortuito que había tenido con ella.

—No la entiendo. Por el camino he llamado a Olga, pero no me lo ha cogido —dijo en voz baja refiriéndose a la psicóloga de Alba.

Comprobó que Nico daba toques al balón con otro chico, hijo de un exfutbolista del Racing de Santander, sin atender a su conversación.

—Es que siendo domingo…

—Mañana insistiré a primera hora. A Alba, para bien o para mal, la muerte de ese…

—Se interrumpió, como si comprendiera que no era el momento de excederse en calificativos—.

No sé, incluso así parece seguir hiriéndola, ¿sabes?

—se lamentó, y bajó aún más la voz—. Las últimas semanas estaba mejor, ¿no? Tal vez no debimos dejarla salir.

Julio le tomó la mano con aire conciliador.

—Hablaremos con ella, no te preocupes. No había nada de malo en que anoche diera una vuelta con Raquel, mujer. Al contrario, en ese sentido Olga fue muy clara. Será solo la impresión por la noticia, tranquila. Es normal que esté afectada.

—Ya, pero ¿y si se encontraron con Nacho?

—Pues Alba no le haría ni caso y listo. Sabía lo que tenía que hacer. Lo hablé varias veces con ella —se reafirmó con seguridad, y se ajustó las gafas al puente de la nariz.

—Ya, es fácil decirlo. No tendría que haberme acostado. Y tú podrías haberla esperado. Total, si llegaste a las dos y pico…

—Estaba agotado, Sofía, y hoy era el partido de Nico. ¿Qué querías que hiciera? Hasta las cuatro… Además, estaba con Raquel.

—No sé, le pasa algo, Julio. ¿Tú le has visto la cara esta mañana? Había llorado.

Él no replicó a eso. También se había fijado en el rostro de su hija cuando Sofía levantó las persianas.

—¿Quieres que la llame? —se ofreció—. Igual así…

De pronto, Julio se calló. Acababa de ver a la subinspectora Soto entrando en el colegio junto con un hombre alto, de piel bronceada y pelo blanco que, pese a su vestimenta de paisano, daba toda la impresión de ser también policía.

En ese instante atravesaban el patio con paso firme sorteando a los niños.

—Mira —le susurró a su esposa, y los señaló con disimulo.

Sofía dio un respingo al reparar en ellos. ¿Qué demonios hacían allí? Se le ocurrió que quizá quisieran recabar información sobre Nacho en el colegio. Tenía lógica. Sin embargo, enseguida descubrió que su objetivo era otro. Se dirigían hacia ellos.

—Buenos días de nuevo —los saludó Andrea Soto con semblante serio.

—¿Qué quieren? —preguntó Sofía, enojada al advertir que varios padres habían dejado de hablar y los miraban con curiosidad.

—Soy el inspector Sorozábal —se presentó el hombre de pelo blanco—. Disculpen, ¿podrían acompañarnos un momento a la calle? Fuera del colegio.

Sofía intercambió un gesto de desconcierto con Julio.

—Será solo un segundo —insistió la subinspectora en un tono que no admitía réplica—. Dejen aquí a su hijo, con los demás niños. No tienen de qué preocuparse, de verdad. Volveremos enseguida.

Sofía comprendió que, si se negaba, solo conseguiría llamar aún más la atención. Se tragó la respuesta que le quemaba en la garganta y echó a andar tras ellos intentando aparentar normalidad.

—Oigan, ¿hay algún problema? —inquirió Julio, irritado, cuando los cuatro franquearon la puerta principal.

—Necesitamos hablar con Alba —respondió el inspector con expresión hermética—. Hemos llamado a su piso, pero no nos ha abierto nadie.

—Eso es porque mi hija no está —les espetó Sofía—. Ha ido a ver a una amiga. —A continuación, lanzó a Soto una mirada de censura—. ¿Por qué quieren hablar otra vez con ella? ¿No ha visto antes lo mal que lo está pasando?

—Bueno, si ustedes me hubieran informado de los problemas que tuvo con la víctima… —repuso la policía, cortante.

Sofía y Julio palidecieron.

—Señora, ¿la amiga con la que se supone que está ahora su hija es de nuevo la tal Raquel? —preguntó Sorozábal sin ocultar su escepticismo.

A Sofía la mandíbula comenzó a temblarle.

—Pero no creerán que… Alba nunca… Alba nunca…

—Cálmese. Solo queremos hablar con ella, que nos resuelva unas dudas.

—Vamos a llamar a nuestra abogada —amenazó Julio al tiempo que sacaba el móvil en actitud desafiante—. No permitiré que…

El inspector alzó la mano.

—No se precipiten, ¿de acuerdo? Solo queremos localizarla y comentar con ella dos detalles. Nada más. Luego la dejaremos tranquila.

—La amiga… la amiga es Raquel, sí… —terminó claudicando la madre.

—¡Sofía! —exclamó Julio al tiempo que hacía un aspaviento.

Ella negó con la cabeza. Prefería colaborar y evitar males mayores. Comprendía que meter a la abogada de por medio solo empeoraría las cosas y estaba convencida de que Alba no tenía nada que ocultar. Era una buena chica.

—Bien. Ahora, si es tan amable, ¿podría llamar a su hija y decirle que vuelva a casa? Nosotros la esperaremos allí, con ustedes.

No hizo falta que el inspector la presionara más. Sofía sacó el teléfono del bolsillo y marcó mientras su marido la contemplaba con los labios apretados. Sonaron varios tonos.

—No lo coge…

Tras unos segundos, saltó el contestador automático.

—Pruebe de nuevo —le ordenó Sorozábal.

Sofía obedeció, pero el resultado fue el mismo.

—¿Tiene el número de Raquel?

—Sí.

—Venga, inténtelo.

Raquel tampoco se encontraba disponible.

—Joder —maldijo el policía—. ¿Y la madre?

—Mmm…, se llama Luisa. Creo que tengo guardado su contacto.

—Llámela.

—Sí, sí, claro…

La mujer tardó un rato en responder.

—¿Sofía?

—Luisa… Eh, hola…

Con un ademán, el inspector le indicó a Sofía que activara el altavoz y, a continuación, que subiera el volumen. Por algún motivo, la madre de Raquel hablaba en susurros.

—Ay, querida, perdona que te deje con la palabra en la boca —murmuró Luisa—, pero estamos en un partido de tenis de la niña y ya sabes cómo son las reglas aquí… No se puede hacer ruido.

Al escuchar que Raquel no se encontraba en su casa, sino jugando al tenis, a Sofía se le aceleró el pulso. Tartamudeó varias veces y durante unos instantes fue incapaz de articular una frase coherente.

—Pero ¿cómo que en un partido?

—Sí, querida, en el club. Ah, ¿me llamas por lo de Nacho? Me acabo de enterar. —Se oyeron unas exclamaciones de fondo y a alguien que gritaba «¡Ventaja!»—. Ay, lo siento, tengo que colgar.

—¡Luisa, espera! Entonces ¿Alba no está con vosotros?

—¿Alba? Qué va. —De pronto, unos aplausos se elevaron por encima de su voz—. Ah, mira, acaba de terminar el tercer juego. ¡Gana Raquel! Un segundo, que me alejo un poco.

La mente de Sofía trabajaba a toda velocidad.

Notaba las miradas penetrantes de los policías sobre ella. También la de su marido, que debía de hallarse en el mismo estado de confusión.

—Tu hija no está aquí, querida.

—Hace un rato me ha dicho que iba a vuestra casa para estar con Raquel…

—¿Ah, sí? Pues qué raro. Si sabía de sobra que Raquel jugaba hoy… Lo estuvieron comentando el otro día, cuando cenó aquí.

Sofía se quedó sin habla y el inspector se inclinó hacia ella.

—Pregúntele por anoche.

—¿Hola? ¿Hay alguien contigo? ¿Es Julio? Hola, Julio.

—No, no es nadie, Luisa —se evadió ella con amargura—. Solo alguien que pasaba.

—Ah. Oye, tengo que volver, ¿vale? Que esto empieza.

—¡Un momento! ¿Tú sabes… tú sabes si anoche Raquel salió por ahí con Alba?

—¿Ayer? ¿De fiesta?

—Sí.

—Qué va. Raquel nunca sale si juega al día siguiente. ¿Por qué? ¿Te ha dicho eso tu hija?

Sofía colgó sin despedirse.