La doble víctima 15. Mentira
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15. Mentira

Mentira

Santander

—¿Seguro que era este?

Quien había formulado la pregunta era Sorozábal, que presionaba por tercera vez el botón del telefonillo que la subinspectora le indicaba.

Después de que Olivia Canals les revelara que la compañera a la que insultaba su hijo era Alba Ferrero, todos habían coincidido en la necesidad de interrogarla de nuevo.

Cierto que no tenían indicios de peso contra ella, pero había varios detalles que no podían ignorar.

Primero, el nerviosismo que la muchacha había mostrado ante las preguntas de Soto.

Segundo, el incomprensible silencio que tanto sus padres como ella habían guardado sobre la situación a la que el muerto la tuvo sometida.

Y, por último, la posibilidad de que ambos hubieran coincidido en el mismo lugar la noche anterior.

No habían recabado ningún dato que confirmara esta última circunstancia, pero todo apuntaba a que ambos estuvieron divirtiéndose en el centro de Santander, y la zona tampoco era tan grande.

Las primeras horas son fundamentales para encauzar las investigaciones y evitar que los implicados se deshagan de pruebas.

Santiago lo sabía y por eso, tras echar un vistazo a la habitación de Nacho y no hallar el teléfono desaparecido, había ordenado que se precintara la estancia y que los policías fueran a ver de inmediato a aquella chica.

Lo normal habría sido que la fiscal y el juez se retiraran a los juzgados cuanto antes, pero, debido al interés mediático del caso y la proximidad del edificio donde vivía la joven, habían decidido acompañarlos.

—Sí, es ese —confirmó Soto.

Sorozábal compuso una mueca de resignación.

—Pues aquí no hay nadie.

—Ahora que lo pienso, su madre me dijo que tenían un partido de fútbol del niño. —La subinspectora entrecerró los ojos—. Sí, en el Picos de Europa.

—Ah, el colegio de los pijos… Sí, sé cuál es. No queda muy lejos de aquí.

—Nosotros nos marchamos ya —anunció Santiago—.

Voy a declarar secreta la causa, así que no digan una palabra a los medios, ¿de acuerdo?

También voy a redactar una orden para que las compañías telefónicas les informen de las llamadas que la víctima hizo y recibió anoche y de las antenas a las que se conectó su móvil.

Quizá así podamos reconstruir su itinerario, aunque sea de forma aproximada.

Por experiencia, el juez sabía que el sistema de triangulación de conexiones a las antenas no era preciso y que a veces daba como resultado áreas demasiado amplias, con márgenes de error de más de un kilómetro.

Sin embargo, en ocasiones servía para orientar las pesquisas de manera decisiva o, cuando menos, para no avanzar en la dirección equivocada.

—También sería útil conocer los números de teléfono que anoche estuvieron enganchados a las antenas de esta zona, señoría —sugirió Sorozábal—.

A esas horas esto suele estar desierto y no habría muchos móviles generando actividad, más allá de los teléfonos de los vecinos y de los huéspedes de los hoteles.

Puede ser un hilo del que tirar, y ahora mismo no tenemos testigos del crimen, ni parece que vaya a haberlos… —añadió para reforzar su petición.

Santiago lo sopesó unos instantes y sondeó a la fiscal con la mirada, que asintió con la cabeza.

—De acuerdo —concedió el juez—. Les prepararé la autorización para que cursen el requerimiento a las compañías. Si le soy sincero, preferiría que esa chica no estuviera implicada. Las historias de inquinas entre adolescentes no me atraen nada. Y venden mucho —agregó con marcado desagrado.

En el pasado, cuando empezaba a navegar en las procelosas aguas del mundo judicial, no le habría importado convertirse en uno de esos jueces estrella.

Por entonces soñaba con grandes casos y la repercusión mediática, pero ahora sabía que a veces, sobre todo cuando uno se equivoca, esos focos no proyectan luz, sino sombras, y pueden acabar destruyéndolo todo.

Estaban despidiéndose cuando el móvil del inspector empezó a sonar.

—Es la compañera que se encarga de revisar las redes sociales, por si quieren esperar —los informó Sorozábal. El juez le hizo un ademán para que atendiera la llamada—. Manrique, nos pillas con su señoría y la fiscal. Pongo el altavoz.

—Buenos días —saludó la agente, con un marcado acento gallego—. Inspector, he encontrado algo. La víctima tenía dos cuentas de Instagram, ambas de acceso restringido.

La pluralidad de cuentas, pensó Santiago, no era nada excepcional, según había aprendido a lo largo de otras investigaciones: los adolescentes solían tener una oficial, que era la que conocían los padres, y otra oculta, secreta, de la que solo estaban enterados algunos amigos y en la que compartían detalles de sus noches de fiesta, fotos frente al espejo ligeros de ropa y cosas similares.

En algunos casos había llegado a ver hasta tres o cuatro cuentas de la misma persona.

—Entonces ¿no has podido entrar? —preguntó Sorozábal sin esconder su decepción.

—A esas no, pero he llegado hasta una de otro chaval que estuvo con él. En realidad, con él y mucha más gente.

—¿Cómo se llama?

—Andrés.

—Ese era uno de los amigos de la víctima —recordó el inspector.

—Pues el chico tiene varias historias subidas a Instagram y…

—Espera, espera, Manrique —la interrumpió Sorozábal—. Eso de las historias son los vídeos que los demás solo pueden ver durante veinticuatro horas, ¿no?

—Exacto, aunque también pueden ser fotos. Lo importante es que, pasado ese plazo, se borran automáticamente y no dejan rastro, salvo que se guarden en una carpeta. Es la moda entre los adolescentes.

—De acuerdo. Y en esas historias entiendo que aparece la víctima, ¿no?

—Correcto. Se grabaron todas anoche, en una fiesta de disfraces. Parece que estuvieron en una casa muy grande, un chalet probablemente. La mayoría de los vídeos se hicieron en un sótano con zona de juegos. Billares y cosas así.

—¿Cuántas personas había?

—No estoy segura, pero por lo menos veinticinco.

El juez se pasó la mano por la barba, meditabundo. Luego le preguntó al inspector:

—¿Cree que Alba Ferrero estuvo ahí?

—¿Alba Ferrero? —repitió la agente sin comprender a quién se referían.

—Es una posible sospechosa, Manrique —le explicó Sorozábal—. No me ha dado tiempo a ponerte al día.

—Un momento —dijo la mujer y, tras unos segundos, añadió—: En una de las historias se menciona una cuenta que podría coincidir: @dawn_c2005. El acceso está restringido. Solo me deja ver la imagen de perfil, pero es muy pequeña.

—¿Dawn? —preguntó Sorozábal—. No veo con qué diablos coincide eso.

—Significa «alba» en inglés, jefe.

—Ah, joder.

—La chica me dijo que acababa de cumplir los dieciocho —intervino Soto con un deje de exaltación en la voz—, así que es del año 2005. Todo encaja. Manda unos pantallazos de esa historia, Sonia. Yo he estado con ella esta mañana. La reconoceré.

—Voy —contestó Manrique—. Por cierto, en su perfil no aparece iluminado el circulito que se activa cuando se suben historias, así que ella no debió de compartir nada anoche.

El móvil del inspector vibró a los pocos segundos.

Sorozábal abrió el mensaje y en la pantalla se desplegaron tres imágenes de un montón de adolescentes en una sala enorme sin ventanas.

Muchos sostenían vasos grandes de plástico y detrás de ellos se veía una mesa de color verde repleta de botellas de bebidas alcohólicas y restos de comida.

—Es ella —exclamó Soto, y señaló con el dedo a una chica rubia con dos coletas. Sorozábal amplió la imagen—. Esta mañana no llevaba puesta esa peluca rubia, pero es ella. No hay duda.

—Entonces la tenemos —sentenció Santiago con una mezcla de gravedad y excitación.

Sin cortar aún la comunicación con la agente Manrique, Sorozábal se volvió hacia la subinspectora y le dijo:

—Oye, a ti antes te confirmó que anoche no coincidió en ningún momento con la víctima, ¿no? Que estuvo sola con esa tal Raquel.

—Varias veces, de hecho.

—Pues ha mentido.