La doble víctima 13. Los padres de la víctima
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13. Los padres de la víctima

Los padres de la víctima

Santiago e Inés acababan de tomar asiento en el sofá que les había indicado Olivia Canals, la madre de la víctima.

Hacía unos minutos que la mujer les había abierto la puerta del lujoso piso y se había arrojado desolada a sus brazos.

Aunque ninguno era íntimo de la jueza, ambos la habían apretado contra sí mientras les daban el pésame a ella y a su marido, que se había quedado detrás con el rostro surcado de lágrimas.

Ahora esperaban a que los dos policías regresaran del rellano, adonde se habían retirado para atender una llamada, y Santiago sintió que se ahogaba en aquel repentino silencio solo interrumpido por sollozos y lamentos.

No sabía qué decir. No estaba acostumbrado a situaciones como esa y apenas conseguía mantener la vista sobre aquellos padres hechos jirones.

Sentados en otro sofá, se aferraban entre sí como si buscaran consuelo en el dolor del otro.

Eran la viva estampa del sufrimiento, reforzada por la atmósfera tenue que los envolvía, con las cortinas corridas y las persianas a medio bajar.

El juez se llenó los pulmones de aire y trató de distraerse centrando su atención en los cientos de tomos acumulados en las estanterías que se desplegaban a ambos lados del televisor.

Muchos eran novelas de Olivia Canals en diversas ediciones y traducciones a distintos idiomas.

También había clásicos de la tragedia griega, otras obras de ficción, monografías jurídicas y algunos libros sobre buques y comercio internacional.

—Perdonen la espera —se disculpó Sorozábal al pasar al salón con su compañera. Se acomodaron en dos sillas que cogieron de la zona del comedor. Después, el inspector añadió muy serio—: Estamos poniendo todo nuestro esfuerzo en esclarecer lo sucedido. Se lo aseguro.

Olivia Canals inclinó ligeramente la cabeza y musitó un agradecimiento marchito.

—¿Cu… cuándo podremos ver a nuestro hijo?

—Muy pronto. Pero antes, si no les importa, necesitamos que nos aclaren algunas cosas —repuso Sorozábal con un tono que pretendía ser delicado.

—Esto… Todo esto no tiene sentido —balbuceó el padre de la víctima. Tenía la piel muy morena, la mandíbula cuadrada y el pelo muy corto. Sus ojos, de color miel, nadaban en una balsa de lágrimas—. Nacho…

La voz se le quebró y la estancia quedó sumida en un silencio denso.

—Sabemos que ahora mismo es muy duro para ustedes —dijo el inspector tras un carraspeo—, pero nos ayudará que nos hablen de él. Qué le preocupaba, qué relaciones tenía, si podía estar metido en algún lío… Los tres se mudaron a Santander en septiembre, ¿verdad?

Santiago advirtió que la subinspectora Soto sacaba de la chaqueta una libreta y un bolígrafo, dispuesta a tomar notas.

—Sí… —confirmó Olivia al tiempo que cogía un pañuelo para secarse el rostro—. Ascendieron a Samuel en su empresa a cambio de que nos viniéramos aquí. Yo… yo pedí el traslado de juzgado. Después de unos meses, nos instalamos. Fue al comienzo del curso.

—O sea que su hijo tuvo que empezar de cero —apuntó Sorozábal—. Hacer nuevos amigos.

—Sí…

—¿Hay alguno al que estuviera especialmente unido?

—Bueno… Ellos… tenían una pandilla. Eran cuatro, contando a Nacho…

—¿Cómo se llaman los demás?

—Rafa, Andrés y Miguel —enumeró la mujer en un murmullo mientras Andrea Soto escribía a toda velocidad—. Están… estaban siempre juntos.

—¿Tiene sus datos?

La madre solo pudo proporcionarles el número de teléfono de uno de ellos, Rafa.

Según dijo, era el mejor amigo de su hijo.

Luego se echó a llorar entre convulsiones y su marido, que hasta entonces había mantenido la compostura, se sumó a aquellos sollozos rotos que atravesaban a Santiago como cuchillos.

Él no era padre, pero podía imaginarse la pesadilla por la que estaban pasando.

—¿Saben si Nacho estuvo anoche con ellos? —preguntó Sorozábal un rato después.

—Puede —gimió Olivia mientras estrujaba el pañuelo—. Seguramente… Se marchó de casa sobre las nueve.

Andrea Soto lo apuntó en su libreta.

—¿Y no les comentó a dónde iba? —inquirió el inspector.

Los dos sacudieron la cabeza.

—¿Hablaron con él más tarde? Alguna llamada, algún wasap…

—No —contestó Olivia con un hilo de voz—. No le gusta… no le gustaba que lo molestáramos…

Santiago no quería interrumpir el interrogatorio del policía, pero al escuchar esa respuesta se preguntó si no habrían estado inmersos en algún conflicto con su hijo.

—Yo no hablé con él, pero lo vi —intervino Samuel con voz ronca.

Sorozábal posó al instante los ojos sobre el padre.

—¿Dónde?

—Por el centro, en la zona de la rotonda de Puertochico. Estaba con un grupo bastante grande de chavales. Iba disfrazado, pero no llevaba puesta la careta. Cuando pasó cerca, lo reconocí.

—¿Y a qué hora fue eso?

—No lo sé exactamente. Las tres o así. Yo había tenido una cena de la empresa e iba a marcharme enseguida.

—¿No llegó a hablar con su hijo?

—No, no quería interrumpir. Y creo que él ni siquiera me vio… —Hizo una pausa y Santiago notó que el hombre se mordía el carrillo para contener las lágrimas—. Si hubiera sabido que después…

Conmovido, Santiago tragó saliva e intentó hacer memoria. Él también estuvo por esa zona tomando copas tras cenar con sus compañeros de pádel y se cruzó con grupos de chavales disfrazados, pero era incapaz de recordar si se topó con alguno que se pareciera a la víctima.

—¿Saben si Nacho se llevó el móvil? —preguntó Sorozábal—. No lo hemos encontrado.

Los dos padres se miraron con perplejidad. Según dijeron, nunca salía sin él.

—Bueno, en realidad, el suyo lo perdió unos días antes de Navidades —matizó Olivia—. Ahora… ahora utilizaba un teléfono viejo de Samuel. Un iPhone 8, ¿no?

Su marido lo corroboró con un gesto y les explicó que tenía algunos arañazos en la pantalla y que era de color rojo.

—Con su permiso, luego registraremos la vivienda —dijo el inspector—. Por si acaso aparece.

Como era de esperar, no se opusieron.

—Otra cosa —prosiguió el policía—. En la cartera no había ninguna tarjeta de crédito, pero sí dinero.

—No… no tenía tarjeta —murmuró Olivia con la mirada perdida—. Solo la paga que le dábamos.

—De acuerdo. ¿Y puede decirnos a qué hora se acostó usted? Entiendo que no se quedaría esperando a Nacho…

—No. Estuve escribiendo hasta las doce y luego me fui a la cama. Ni siquiera oí llegar a Samuel.

—Sí; cuando entré, ella ya estaba dormida —confirmó su esposo.

—¿Cómo volvió usted?

—En taxi. Lo compartí con tres compañeros que también viven en El Sardinero. Vinimos por Reina Victoria —añadió, refiriéndose a la avenida que bordeaba una parte de la bahía de Santander.

—Y cuando se bajó, ¿miró hacia la cuesta? ¿Se fijó en si había… —Sorozábal buscó una forma de aligerar sus palabras, pero no la encontró—, en fin, en si había un cuerpo en la acera de enfrente?

El padre de la víctima bajó la vista.

—No, no me fijé, lo siento. Eran alrededor de las tres y media y estaba cansado.

El inspector asintió con la cabeza. A continuación, cruzó las manos y las colocó sobre el regazo.

—Miren, ya sabemos que ahora mismo no le encuentran sentido a todo esto, pero piensen en alguien que pudiera desearle algún mal a Nacho. Alguien que se la tuviera jurada, algún enemigo.

—Entonces ¿creen que pudo hacerlo algún conocido? —farfulló Samuel con espanto.

—En este momento barajamos todas las posibilidades. Por eso necesitamos su ayuda.

Olivia suspiró y clavó los ojos en sus zapatillas de casa, como si dudara.

—Fuera del colegio, hasta donde nosotros sabemos, no tenía ningún problema —murmuró sombría—. Dentro…

—¿Dentro qué? —la espoleó Sorozábal.

La mujer alzó la mirada y escrutó a su marido durante unos instantes, como si quisiera recabar su beneplácito antes de lanzarse a hablar. El hombre agachó levemente la cabeza y entonces ella tomó una bocanada de aire.

—Nacho… Nacho se había peleado alguna vez con otros alumnos —susurró, y su tono se fue apagando hasta hacerse casi inaudible—. Tenía un carácter fuerte. No estamos orgullosos de algunas cosas…

El inspector entornó los párpados.

—Si concretara más, nos ayudaría.

—Eran cosas sin importancia, creemos. Salvo lo de esa chica, quizá…

Sorozábal y Soto se inclinaron hacia delante al mismo tiempo.

—¿Qué chica? —inquirió la subinspectora.

Olivia Canals volvió a retorcer el pañuelo.

—Verán, llevamos toda la mañana dándole vueltas, pero… no sé, es posible que no sea nada, que no tenga que ver. No queremos…

—Usted cuéntenoslo y luego nosotros ya lo valoraremos —la animó Sorozábal.

—Fue en enero, a la vuelta de las vacaciones. Nacho… Nacho la tomó con una compañera de clase.

—Quiere decir que…

—La insultaba. Se metía con ella. O eso nos aseguraron en el colegio.

El policía tardó unos segundos en proseguir con el interrogatorio, como si estuviera asimilando la información.

—¿Y dice que esto empezó en enero? Así, ¿de repente?

Ni Olivia ni Samuel contestaron.

—Y otros le seguirían la corriente, claro.

—Sí… —reconoció ella con expresión afligida, a todas luces avergonzada, mientras su marido se mantenía inmóvil en el sofá, como si de pronto lo hubieran convertido en piedra—. Pero Nacho se había comprometido a modificar su conducta. Y lo estaba haciendo. Hasta el jefe de estudios lo decía.

—Entonces ¿ya no tenía problemas con esa compañera? —quiso cerciorarse Sorozábal.

—No. Por eso no sabemos si es algo relevante. Además, la cambiaron de grupo mientras se tramitaba el expediente en el colegio, para que no coincidieran…

Un nuevo silencio se aposentó entre ellos y durante unos instantes solo se oyó el bolígrafo de Soto deslizándose por el papel. Fue ella la que, al terminar de escribir, formuló la pregunta que sobrevolaba el salón:

—Y bien, ¿cómo se llama esa alumna?

Olivia y Samuel se miraron, como para asegurarse de que ambos estaban de acuerdo en dar el nombre, una conducta que no dejaba de sorprender a Santiago. ¿Por qué los padres de la víctima eran tan cautelosos a la hora de apuntar a una posible sospechosa?

—Alba —reveló al fin Olivia con tono monocorde—. Se llama Alba Ferrero.