La doble víctima 12. Refugio
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12. Refugio

Refugio

—Alba, ¿seguro que estás bien? —le preguntó Sofía al cabo de unos minutos, cuando regresó a la habitación de Alba.

Observó que su hija, tumbada boca arriba en la cama, parecía encontrarse muy lejos de allí, y que en todo ese tiempo no había recuperado el color en el rostro.

Al contrario, daba la impresión de estar más pálida, más desencajada.

Eso la preocupó. Desde lo ocurrido el año anterior, sabía que ella desconfiaba de las autoridades y de todo lo relacionado con policías, jueces y abogados, pero, aun así, no terminaba de comprender su comportamiento.

Aunque le daba miedo verbalizar ese pensamiento, en su fuero interno no podía negar que lo que le había sucedido a Nacho Guerra, en cierto modo, era beneficioso para Alba.

Sin embargo, ella no parecía verlo así. Tal vez aún no estuviera preparada para interpretarlo de esa forma.

Por eso era tan necesario que hablasen del tema cuanto antes.

Le había dejado espacio mientras ellos desayunaban y se arreglaban, pero ya no podía demorarlo más.

—Cariño, todo esto…

En ese momento, se oyeron unos pasos junto a la puerta y Sofía se calló de golpe. Era Nico.

—Mamá, el partido…

Ella consultó la hora. El niño tenía razón: si no salían de inmediato, llegarían con el calentamiento empezado, y con el entrenador actual eso significaba perder la titularidad.

—Enseguida vamos, cielo. Ponte ya las botas, anda.

Antes de alejarse, Nico lanzó una mirada de preocupación a su hermana. Nunca habían tenido una gran relación, sobre todo porque Alba se empeñaba en levantar un muro entre ambos, como si el pequeño la molestara, pero Sofía sabía que Nico la adoraba.

Se volvió otra vez hacia su hija.

—Cariño, nosotros tenemos que irnos. ¿Te quedas aquí durmiendo?

Alba asintió y mantuvo la vista clavada en el techo.

—Oye, sobre lo de Nacho… —comenzó a decir Sofía.

—No… no quiero hablar de eso ahora —le espetó, y acto seguido se giró en la cama hasta situarse frente a la pared.

Sofía respiró hondo y se dio por vencida. Sabía que sería inútil insistir.

—Antes de acostarte, quítate el disfraz y ponlo en la cesta de la ropa sucia, ¿de acuerdo? Mañana vendrá Francisca a limpiar. —Se estiró y le dio un beso en la mejilla—. Luego nos vemos. Descansa.

Unos minutos más tarde, ya más calmada, Sofía salió del portal con su marido y su hijo. La zona seguía acordonada y llena de periodistas, así que echaron a andar por la calle Calatayud en dirección a la plaza del Alto de Miranda.

Cuando llegaron allí, un BMW pasó a su lado y frenó a pocos metros. Luego dio marcha atrás hasta colocarse a su altura.

—Dios mío, ¿os habéis enterado? Han confirmado que es Nacho. Han matado a Nacho Guerra…

Quien se dirigía a ellos desde el asiento del conductor, con la ventanilla bajada y gesto conmocionado, era José Luis Pardo, el director del exclusivo colegio privado en el que Alba y Nico estudiaban. Era un hombre entrado en años y que solo conservaba pelo en las sienes.

—Sí… —respondió Julio mientras Sofía observaba de reojo a su hijo, que había dejado de botar el balón y escuchaba con atención.

El director apretó el volante.

—Espero que atrapen pronto al responsable.

—Sí, nosotros también.

—¿Cómo está Alba?

—Pues… impactada —acertó a responder Sofía—. Como todos, supongo.

El hombre movió la cabeza en silencio.

—Vais al partido, ¿no? —Él tenía un sobrino que jugaba en el equipo y solía acudir a todos los encuentros.

—Sí.

—¿Os ha mandado algún wasap el entrenador? Aún no he podido contactar con él. Seguramente se suspenda.

Sofía, que se había unido al grupo de WhatsApp del equipo de fútbol al inicio de la temporada, se percató de que no había consultado el móvil desde hacía bastante rato. Ni siquiera estaba segura de haberlo cogido antes de salir de casa.

—No he leído nada, lo siento —contestó—. Con todo esto…

—Ya, te entiendo perfectamente. ¿Queréis que os lleve?

Pese a que apenas los separaban un par de calles del colegio, Julio aceptó el ofrecimiento. Sin embargo, Sofía se quedó callada y empezó a rebuscar en su bolso.

—Creo que voy a volver. Me he dejado el teléfono.

—Bah, luego lo coges —le restó importancia su marido.

—No, no. En un día como hoy, prefiero tenerlo.

—Pero llegaremos tarde, mamá —intervino Nico, que parecía confiar en que el encuentro se celebrara.

—Id vosotros. Yo enseguida estaré allí.

—¿Estás bien? —le preguntó Julio.

—Sí —dijo ella, y comenzó a darse la vuelta.

Varios minutos después, cuando se acercaba a su casa, Sofía divisó a una chica con una mochila al hombro que abandonaba el edificio.

Se hallaba de espaldas a ella, pero por la forma de vestir y de caminar no albergó ninguna duda de que se trataba de su hija.

Se había quitado el disfraz y ahora llevaba unos vaqueros oscuros y una cazadora negra.

La llamó a voces, pero ella no se volvió. Sofía apretó el paso.

—¡Alba, Alba! ¿A dónde vas? —exclamó cuando la alcanzó—. ¿No ibas a dormir un rato?

La chica, que sin duda no se había imaginado que su madre la descubriría saliendo de casa, terminó girándose y balbuceó unas cuantas sílabas ininteligibles.

—¿Qué? ¿Qué dices? —repuso Sofía—. No te entiendo, cariño.

—Con… con Raquel. Iba… iba con Raquel.

—¿Con Raquel?

—Sí… A verla.

—Pero si ayer volvisteis a las tantas. Seguirá en la cama.

Alba bajó la vista al suelo.

—No… Está despierta y… yo… necesito hablar con ella.

Sofía la miró desconcertada, pero no discutió. Aunque ya había cumplido los dieciocho, todavía tenía una mentalidad un tanto infantiloide y, según le había explicado la psicóloga, era lógico que se mostrara hermética con sus padres ante cualquier problema y buscara refugio en sus amigas.

—Pero vendrás a comer, ¿no?

—No… no creo —respondió ella, y la voz le tembló.

—A ver, Alba, nosotros también queremos hablar contigo. Lo que le ha pasado a Nacho…

—En… en otro momento, mamá —la cortó evasiva, y a Sofía le pareció que los ojos se le tornaban vidriosos—. Adiós.

La madre murmuró una despedida.

Luego se resignó a ver cómo su hija se alejaba a grandes zancadas.