11. Arenas movedizas
Arenas movedizas
Alba se sentó en el borde de la cama, cogió el móvil y entró en la página web de El Diario Montañés , tal y como ya había hecho varias veces en los últimos minutos.
Ella jamás leía periódicos, pero de pronto todo era diferente.
Necesitaba saber. Desde la visita de la subinspectora se sentía aturdida, como si caminara entre arenas movedizas.
Nacho estaba muerto, y no tenía la seguridad de si esa policía solo buscaba testigos o pretendía algo más.
Respiró hondo y trató de concentrarse en lo que mostraba la pantalla. Por fin habían actualizado la noticia sobre el cadáver encontrado en la calle Joaquín Costa. Ahora la información parecía más extensa.
Justo cuando comenzaba a leer, oyó que alguien se aproximaba a su habitación y se levantó para cerrar la puerta. Quería estar sola.
Retomó la lectura allí mismo, de pie, y la garganta se le fue cerrando a medida que descendía por el texto y veía las imágenes de su calle tomada por la policía.
La vibración del teléfono la interrumpió y le arrancó un respingo. Era Raquel, la estaba llamando. Pensó en contestar, pero se vio incapaz de hablar. Ahora no, no con esa sensación de estar asfixiándose.
Apartó las cosas que estaban sobre la silla de estudio y se dejó caer en ella como un fardo. ¿Cómo podía estar pasándole aquello? ¿Qué se suponía que debía hacer?
El móvil se quedó en silencio y luego emitió tres zumbidos seguidos. Eran mensajes de Raquel. Se dijo que le respondería más tarde y eliminó la notificación del menú principal. Después, abrió de nuevo la noticia y cambió de postura en la silla.
Fue entonces cuando reparó en un detalle que le había pasado inadvertido y el pulso se le disparó. Miró a su alrededor y estalló en un llanto silencioso.
No podía seguir allí.