10. Voces
Voces
Santander
El levantamiento del cadáver había concluido rodeado de una gran expectación.
Los primeros periodistas se habían situado al otro lado del cordón cuando se iniciaba el trámite, y los demás fueron llegando en oleadas.
Entre ellos estaba Macarena Ortiz. En cierto momento, Santiago la había divisado micrófono en mano y hablando sin parar, como si estuviera transmitiendo en directo.
Al consultar el móvil, descubrió un wasap de ella: «Madre mía, ya me he enterado».
En el fondo, pensó, prefería a su mujer informando sobre el crimen que a ese compañero suyo adicto al morbo, Edgar, que convertía cualquier noticia en un espectáculo dantesco.
No obstante, temía que ese nuevo caso, que sin duda alcanzaría altas cotas mediáticas, terminara reabriendo entre ellos la herida que el proceso judicial de la red de prostitución causó en su relación.
Cuando se estaban aproximando, les salió al encuentro la subinspectora Soto. Sorozábal se la presentó al juez y a la fiscal, y luego le preguntó si había averiguado algo de interés.
—Un par de cosas.
—¿Ah, sí? —dijo el policía, y los tres se detuvieron para escucharla con atención.
—En ese edificio de ahí enfrente, el 26, vive una chica que iba a clase con la víctima.
Es hija de Sofía Ponte, la actriz. —Hizo una breve pausa y los demás asintieron para darle a entender que sabían quién era la madre—.
Asegura que anoche salió por el centro con una amiga y que no vio a Nacho Guerra en ningún momento.
Tampoco después, entre las tres y media y las cuatro, cuando regresó a casa por la misma acera donde ha aparecido el cadáver.
Estaba muy nerviosa, demasiado para mi gusto, pero, si dice la verdad, ya sabemos a partir de qué hora se cometió el crimen —explicó Soto.
Sorozábal balanceó la cabeza, pensativo. Luego apuntó:
—Conocía a Nacho Guerra, ¿no? Puede que se alterara por eso.
—Sí, pero no le revelé hasta el final que estaba muerto, y ella no parecía saberlo. No sé, se la veía como desorientada.
El hombre se rascó la coronilla.
—¿Y la otra cosa?
—Un vecino de un edificio que hay más arriba, en lo alto de la cuesta. Allí, donde comienza la curva.
Los tres se giraron para ver el lugar que indicaba la subinspectora. Luego se volvieron hacia ella.
—¿Qué pasa con ese hombre? —preguntó Sorozábal.
—Dice que se levantó al baño y oyó voces fuera.
—¿Voces?
—Como una discusión. Pero no le dio importancia y regresó a la cama.
—¿Y a qué hora fue eso? —inquirió Sorozábal.
El juez y la fiscal la miraron fijamente.
—Sobre las tres o las cuatro —informó Soto—. Miró el reloj, pero no se acuerda con exactitud.
—Podría encajarnos.
—Sí, aunque me ha dado la sensación de que no estaba en sus cabales…
Sorozábal frunció el ceño.
—¿Y eso?
—Divagaba. Daba saltos en el tiempo y de pronto empezaba a hablar de cuando era niño… Además, es bastante mayor.
El juez soltó un gruñido y alzó el dedo índice.
—Quiero una instrucción impecable —advirtió—. Que los testigos sean fiables. No podemos fallar.
El inspector, visiblemente molesto por el comentario, estuvo a punto de replicar que su equipo no acostumbraba a fallar en las investigaciones, a diferencia de ciertos jueces. Sin embargo, logró contenerse; no era el momento de dejarse arrastrar por viejas rencillas.
—Lo comprobaremos, señoría —respondió, y luego se centró de nuevo en su subordinada—. Oye, ¿el hombre ha sido capaz de precisar si las voces eran masculinas o femeninas?
Ella negó con la cabeza.
—No lo recuerda.
—En cualquier caso —terció entonces la fiscal Calderón—, esto podría ser un indicio de que el asesino y la víctima recorrieron juntos un trecho, ¿no? Quizá discutiendo.
—Sí —convino Soto—. Unos ciento cincuenta metros o así, hasta llegar al banco de madera. Porque no hay ninguna señal de que el asesino arrastrara el cuerpo, ¿no?
—No, no hubo arrastre —confirmó Sorozábal.
—Quizá se conocían —pensó en voz alta Inés.
Sorozábal se encogió de hombros.
—O no. Pudo ser una discusión entre dos desconocidos que tuvieron un encontronazo.
—Todo eso está muy bien —zanjó Santiago—, pero insisto en que la información de ese testigo hay que ponerla en cuarentena.
Lo mismo las voces estaban en su cabeza.
O tal vez fueran parte de una conversación ajena al crimen, de otras personas.
Si el vecino es incapaz de fijar la hora y nosotros ni siquiera sabemos en qué momento concreto se produjo la muerte…
—Sí, es verdad, pero ya tenemos una pieza más con la que jugar —atajó el inspector—. Buen trabajo, Soto.