8. Meterse en líos
Meterse en líos
Cuando la puerta se abrió, la muchacha se incorporó de golpe en la cama y profirió un gemido.
—Lo siento, cariño… —murmuró Sofía al tiempo que entraba en la habitación.
—¿Qué… qué ocurre?
—Nada, cielo, perdona. Es… es solo que tenemos que hablar contigo. Será un momento. Enseguida te dejamos descansar.
Sofía subió las persianas con rapidez y la claridad reveló el rostro sudado de su hija.
Tal y como Julio le había anticipado a primera hora de la mañana, la cama estaba sin deshacer y Alba parecía haber dormido sobre el edredón.
Seguía vestida con el disfraz blanco, rojo chillón y azul eléctrico de Harley Quinn, una de las villanas de los cómics de Batman, y la cazadora azul marino con rayas escarlatas, a juego con el conjunto, se encontraba tirada sobre uno de los brazos de la silla de estudio, junto a una peluca rubia con dos coletas.
El rímel y el maquillaje, totalmente corridos, revelaban que había estado llorando.
—Cariño, ella es la subinspectora Soto —dijo Sofía señalando a la policía—. Quiere hacerte unas preguntas.
Al escuchar a su madre, la joven se estremeció como si hubieran derramado sobre ella un caldero de agua gélida.
—¿Qui… quién?
Apoyada en el marco de la puerta, Andrea Soto evaluó a la chica desde la distancia.
Era morena y estaba extremadamente delgada, y desde luego no había heredado la belleza de su madre.
En su rostro destacaban una nariz grande y puntiaguda, unos pómulos marcados y unos ojos pequeños que ahora la escudriñaban con desconfianza. Incluso con temor.
En ese momento, la perra entró en la habitación y se aproximó a Alba moviendo el rabo con alegría, pero ella la apartó de un empujón, sin miramientos.
—¡Yo no he hecho nada! ¡Yo no he hecho nada! —masculló con angustia.
Sofía se inclinó sobre ella y le apretó el hombro.
—No es porque hayas hecho algo, cariño. Tranquila, no tiene importancia.
La subinspectora dio dos pasos al frente y se situó en el centro del dormitorio. Las paredes estaban repletas de pósteres de dibujos japoneses, y en las baldas había numerosos cómics y novelas de fantasía.
—Hola, Alba —la saludó, y le sonrió para intentar que se relajara—. Te gusta leer, ¿no?
Ella se la quedó mirando con recelo.
—Sí…
—A mí también, mucho. Ya veo que tienes varias ediciones de El señor de los anillos . —Aguardó unos segundos y, como no respondía, añadió—: Yo los leí cuando era adolescente, ¿sabes? Muy buenos. Por cierto, ¿cuántos años tienes?
—Dieci… dieciocho —tartamudeó Alba—. Desde hace veinte días.
—Repitió cuarto de la ESO en otro colegio —explicó su madre—. Ahora está haciendo primero de bachillerato en el Picos de Europa.
La subinspectora asintió sin dejar de observar a la muchacha.
—Y ahí conociste a Nacho Guerra, ¿no, Alba?
Al oír aquello, los labios de la chica bailaron como si fueran un acordeón.
—Sí… En septiembre. ¿Por… por qué?
Soto se acercó a ella y se agachó sin dejar de sonreírle para parecer amigable.
—¿Estuviste ayer con Nacho, Alba? ¿Lo viste en alguna parte?
La joven sacudió la cabeza, pero a Soto le dio la impresión de que dudaba.
—Subinspectora, ya le he dicho que mi hija salió por el centro con una amiga —intervino Sofía—. Las dos juntas, ¿verdad, cariño?
Tras unos segundos de silencio, la chica confirmó las palabras de su madre.
—¿Y al venir a casa? ¿Tampoco lo viste?
—No. Yo… ¿Por… por qué quiere saberlo? —preguntó con voz entrecortada.
—¿Cómo volviste? ¿Cogiste un taxi?
—No…
—Necesito que me aclares una cosa, Alba. Para venir andando desde el centro, lo más directo es tomar Menéndez Pelayo, Canalejas o la calle Tetuán, y después bajar por Joaquín Costa, ¿verdad?
—Bueno, hay más opciones —apuntó Julio con frialdad.
—Sí, ya sé que hay más —replicó ella, molesta por la interrupción—. Pero el camino más corto es ese, ¿no, Alba? ¿Anoche viniste por ahí? ¿Bajaste la cuesta de Joaquín Costa?
La joven vaciló durante unos instantes.
—Sí, pero yo no… Yo no lo vi…
Por cómo respondía y evitaba el contacto visual, Soto tuvo la sensación de que ocultaba algo.
No descartaba que al regresar se hubiera topado con el cuerpo y no quisiera revelarlo para no meterse en líos.
O tal vez fueran solo los nervios que le provocaba su presencia.
A fin de cuentas, la visita de la policía afectaba a cualquiera, tuviera algo que ver con los hechos o no.
—¿Estás segura, Alba? Si estuviste con él o sabes algo tienes que decírmelo. Lo entiendes, ¿no?
—Sí, sí… Pero ¿qué ocurre? ¿A qué viene todo esto?
—¿A qué hora llegaste a casa? ¿Lo recuerdas?
—Pues… entre las tres y media y las cuatro… No lo sé.
—Sí, ese es el límite que le pusimos, ¿verdad, Julio? —corroboró Sofía.
La subinspectora escrutó a la joven. Pensó que tal vez su agitación se debiera a que alargó la fiesta más de la cuenta e intuyera que, si lo confesaba, recibiría un castigo.
No sería la primera vez que los adolescentes entorpecían o dificultaban las investigaciones por esa clase de nimiedades.
En momentos como ese se alegraba de su decisión de no tener hijos.
—¿Por qué acera viniste, Alba?
Ella arrugó la frente, como si no comprendiera la pregunta.
—¿Por… por qué acera vine?
—Sí. ¿Te acuerdas?
—Mmm…, no… no lo sé. Por la derecha, creo. Mirando al mar, quiero decir.
«O sea, por la del cadáver», se dijo Soto.
—¿Lo crees o te acuerdas?
—Me acuerdo. Me acuerdo, sí.
—¿Y no viste ningún cuerpo a la altura del banco?
Al oír aquello, la joven retrocedió en la cama y se chocó contra el cabecero.
Hasta ese instante, la subinspectora había omitido deliberadamente cualquier referencia a la muerte de Nacho Guerra para no alterarla todavía más ni condicionar sus respuestas, pero había llegado la hora de ir de frente.
Se fijó en que Alba miraba a sus padres con los ojos muy abiertos.
—Sí, hija —suspiró Julio, y luego se mordió el labio—. Está muerto.
Alba soltó un gemido.
—¿No viste ningún cadáver, Alba? —insistió la policía—. ¿Nada?
—No, no…
La subinspectora la estudió en silencio durante unos segundos. La acera era estrecha, de modo que, aunque fuera de noche, era improbable que algo así le hubiera pasado desapercibido. Si la muchacha decía la verdad, el crimen tenía que haberse cometido, como mínimo, a partir de las tres y media.
Echó un vistazo al reloj. Había avanzado en la investigación, pero aún le faltaba hablar con varios vecinos de otros edificios y poner en común sus averiguaciones con las de otros agentes que también se estaban ocupando de esa tarea.
Decidió dar por cerrado el interrogatorio y devolvió el bolígrafo y el cuaderno al bolsillo de la cazadora.
—Gracias, eso es todo. Les agradezco mucho su colaboración. Que tengan un buen día.