7. Testigos
Testigos
Aunque se suponía que estaba desayunando, Sofía no dejaba de levantarse para controlar lo que sucedía en la calle.
Desde la ventana podía distinguir a su marido y a varios vecinos.
También había algunos periodistas que acababan de llegar pertrechados con cámaras y micrófonos.
Un rato antes, Julio la había llamado para informarla de que, en efecto, habían asesinado a una persona.
Según él, se decía que había sido un apuñalamiento, y corría un rumor sobre la identidad del fallecido.
Al escuchar el nombre, se había quedado helada.
—Mamá, ¿qué pasa? —le preguntó Nico por enésima vez al ver que no se despegaba del cristal.
El niño quiso imitarla y amagó con asomarse, pero ella se cruzó en su camino y lo obligó a volver a la mesa.
—No pasa nada, cariño.
—Pero se oye mucho ruido fuera, y tú…
—Venga, termínate el colacao, que hoy tienes que meter muchos goles.
Mientras se esforzaba en componer una sonrisa conciliadora, Sofía cayó en la cuenta de que, si se confirmaba que un alumno del colegio había muerto en esas circunstancias, lo más probable era que todas las actividades lúdicas se suspendieran.
Aun así, prefirió no comentárselo a Nico para no desanimarlo.
Pensó entonces en Alba, y el recuerdo de lo acontecido las últimas semanas le sobrevoló la mente.
—¡Ay, Luna! —rio de pronto el niño cuando la perra de la familia, una caniche marrón, le posó las patas delanteras en las piernas y aprovechó para darle un lametón en la mejilla.
Unos instantes después, el timbre sonó a lo lejos y Luna salió disparada hacia el recibidor entre ladridos. Sofía comprimió los labios. ¿Quién podía ser? Julio tenía llaves. Se acercó de nuevo a la ventana y comprobó que su marido seguía junto a la cinta policial.
—Espera aquí, Nico —dijo mientras se cerraba la cremallera de la elegante chaqueta azul marino, de marca, que usaba para estar en casa.
Cuando abrió la puerta se encontró a una mujer a la que no había visto antes. Tenía los ojos muy grandes y verdosos, la piel aceitunada y el pelo oscuro, que llevaba sujeto en una coleta tirante. Vestía vaqueros y una cazadora gris, y le calculó unos treinta y cinco años.
—Buenos días —la saludó la desconocida—. Soy la subinspectora Andrea Soto.
—Buenos… buenos días —balbuceó Sofía, que no esperaba que la policía se presentara en su casa.
—Disculpe que la moleste a estas horas. Necesito hablar con usted un momento.
—Pero ¿qué…?
—Es solo para hacerle unas preguntas. Usted es Sofía Ponte, ¿verdad?
Ella la miró inquieta. No le sorprendía que la hubiera reconocido, puesto que en los últimos años había protagonizado numerosas películas, series y campañas de publicidad, pero no comprendía cómo había averiguado dónde vivía ni qué hacía allí.
—El buzón. He leído sus datos en el buzón —le aclaró la subinspectora sin necesidad de que Sofía se lo preguntara. Luego comenzó a rebuscar algo en el interior de su cazadora—. No se preocupe. Estamos hablando con todos los vecinos.
La madre de Nico se ruborizó.
—Ya. Perdone, estoy un poco nerviosa. Dicen que es Nacho y…
Andrea Soto, todavía en el umbral de la puerta, sacó una pequeña libreta y un bolígrafo y la observó con curiosidad contenida.
—¿Lo conocía usted?
—¿A quién?
—A Ignacio Guerra. O Nacho, como usted lo ha llamado.
—¡Dios mío! Entonces ¿es él? —exclamó al tiempo que se llevaba las manos a la boca.
La subinspectora no lo desmintió.
—¿Lo conocía? —insistió.
—Eh, sí… Iba a clase con mi hija.
La respuesta acrecentó el interés de la policía, que al instante preguntó:
—¿Puedo pasar?
Sofía titubeó.
—Verá, es que mi hijo está desayunando y luego tenemos partido en el colegio, en el Picos de Europa. No está muy lejos, pero…
—No la entretendré.
Por el tono firme de la mujer, comprendió que negarse solo le acarrearía problemas. Acabó cediendo y se hizo a un lado.
Cuando entraron en la cocina, descubrieron al niño pegado a la ventana.
—¡Nico!
Él se apartó del cristal a toda velocidad, como si hubiera recibido una descarga.
—Mamá, ahí fuera… —musitó con el rostro pálido.
—Ahí fuera no pasa nada.
—Pero…
—Cariño, tengo que hablar con esta señora. Ve a tu habitación y espérame allí, ¿vale?
El muchacho hizo amago de protestar, pero al final obedeció y se retiró cabizbajo. En el tazón aún tenía la mitad del colacao.
—¿Vive sola con él? —preguntó Andrea Soto.
Sofía la escrutó. Si había leído su nombre en el buzón, tendría que haber visto igualmente el de Julio.
—No, también con mi marido y mi hija. Ella está durmiendo ahí al lado. Salió anoche hasta tarde.
—¿Puede avisar a su esposo?
—Eh…, pues ahora mismo está abajo.
—¿Abajo?
—Con otros vecinos…
La policía torció los labios. Era evidente que no le agradaban los curiosos que se agolpaban alrededor de los escenarios de los crímenes.
—¿Sería tan amable de llamarle y pedirle que suba?
—Sí, sí —contestó Sofía con aspereza.
Por suerte, Julio oyó el teléfono al momento y, en cuanto Sofía le explicó lo que ocurría, dio media vuelta.
Unos minutos más tarde, los tres se sentaron en torno a la mesa en un gran comedor, en la planta baja de la vivienda, con las aguas del Cantábrico agitándose al fondo.
Sofía se dio cuenta de que, mientras se acomodaba, la subinspectora recorría la estancia con la mirada y la detenía unos segundos en un mueble de madera de roble que se elevaba hasta el techo.
En las estanterías había varias fotografías.
Unas eran familiares; en otras aparecía ella en alfombras rojas junto a actores y directores de renombre.
En lo profesional, había alcanzado la cúspide hacía tiempo.
Tras años de intenso trabajo, ahora podía permitirse seleccionar cuidadosamente los proyectos para no pasar demasiado tiempo fuera de casa.
—Muy bien —comenzó Andrea Soto mientras abría su bloc de notas—, necesito que me digan si anoche vieron u oyeron algo sospechoso en la calle. Da igual la hora.
—Yo estuve esperando a Alba y no oí nada raro —contestó Sofía, que vio cómo la mujer apuntaba el dato.
—¿Hasta qué hora se quedó despierta?
—Las dos menos cuarto. No pude más y me acosté…
—Antes me ha dicho que su hija salió de fiesta, ¿no?
—Bueno, tanto como de fiesta no… Ella no es de correrse juergas. Simplemente estuvo por ahí con su amiga Raquel. Por el carnaval.
—¿Su hija era amiga de Nacho Guerra?
Sofía bajó la vista.
—No. Solo compañeros.
—¿Este curso?
—Sí.
—¿Y sabe dónde estuvo ayer?
—¿Quién? ¿Mi hija?
—Sí.
Julio cruzó las piernas con evidente incomodidad.
—Oiga, no pensará usted que…
—Como les he dicho, solo buscamos detalles que nos ayuden a reconstruir lo sucedido anoche, nada más —aseguró Soto—. Puede ser que coincidieran en algún lado.
—Pues no he hablado con ella —murmuró Sofía más tranquila—. Pero me dijo que iría al centro, donde están los bares.
—¿Sabe si regresó caminando?
—No lo sé. Ayer le ofrecimos recogerla en coche por la noche, pero quería quedarse hasta tarde con su amiga. Raquel vive cerca de aquí, en Pérez Galdós, así que casi todo el trayecto podían hacerlo juntas, y también le dimos dinero para un taxi, por si acaso. ¿Por qué… por qué quiere saberlo?
La subinspectora esquivó la pregunta y observó a Julio.
—¿Usted también se fue a la cama a esa hora?
—No. Yo tenía una cena de empresa y vine un rato después. Serían las dos y pico. Cuando llegué, Sofía ya se había dormido. Alba aún no había vuelto.
—Estuvo usted por el centro, supongo.
—No. Aquí cerca, en el restaurante Bruma.
Soto lo apuntó en su cuaderno.
—Y no vería a Nacho en algún momento por la zona, por un casual.
—No, no lo vi —respondió Julio moviendo la cabeza hacia los lados.
—¿Regresó usted andando?
—Sí, cuando cerró.
—Y no sabría decirme si a esas horas el cadáver del chico ya se encontraba en la acera, ¿no?
Al escucharla, Sofía comprendió la lógica del interrogatorio: la mujer estaba intentando determinar la hora a la que Nacho Guerra había muerto.
—No, no puedo decirle —confirmó Julio—. Si se fija, nuestro portal tiene dos puertas. Yo entré por la que da al otro lado, a la calle Calatayud. Desde ahí es imposible ver nada.
—Entiendo. Y me imagino que luego, mientras se acostaba, tampoco oyó ruidos llamativos, algún grito…
—No.
La mujer asintió y colocó el bolígrafo sobre la libreta.
—De acuerdo. Ahora, si son tan amables, ¿podrían despertar a su hija?
—¿De verdad es necesario? —se indignó Julio—. No veo por qué tiene que hablar con ella.
—Por favor. Podría ser importante. Les recuerdo que han matado a una persona.