La doble víctima 6. La escena del crimen
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6. La escena del crimen

La escena del crimen

Santiago saludó a Jorge Casas, el forense. Rechoncho y de unos cuarenta años, se encontraba a unos metros tomando notas en un cuaderno.

—¿Qué tenemos, Jorge?

—Buenos días, señoría —contestó él, y se acuclilló junto al cadáver—.

Aparentemente, dos puñaladas en la axila izquierda causadas con un instrumento inciso punzante.

Todo indica que murió de una hemorragia interna, quizá por seccionamiento de una arteria o afectación de un órgano vital.

Ya sabe que hasta que no haga la autopsia es difícil ser preciso.

Hemos tocado el cuerpo solo lo imprescindible —aclaró—. Estaba en esta misma posición.

—Bien. ¿Cuántas horas diría que lleva muerto?

—Varias, a juzgar por el rigor mortis . Está claro que fue bastante antes de que ese vecino lo encontrara, y posiblemente después de la medianoche. De momento, no me atrevo a concretar más.

Santiago asintió, satisfecho. Era más que suficiente para esbozar las primeras hipótesis.

—¿Cree que lo atacaron por la espalda?

El forense se incorporó ligeramente y alzó las manos.

—Necesito verlo bien en el IML —se excusó, aludiendo a las dependencias del Instituto de Medicina Legal en el Hospital Marqués de Valdecilla—.

Lo que sí puedo adelantarle es que no parece presentar heridas defensivas de arma blanca.

Eso podría sugerir un ataque por sorpresa o que no consiguió reaccionar a tiempo.

Aunque aquí parece que tiene un hematoma, ¿lo ve?

—añadió mientras señalaba el rostro del chico.

—Ah, sí. Entonces ¿tal vez se pelearon?

—No lo sé. Es posible.

—También tiene algunos restos de piel bajo las uñas —intervino el inspector Sorozábal—. Mis compañeros de la científica los analizarán y los meterán en la base de datos, por si salta alguna coincidencia de ADN con alguien fichado. Pero ya sabe que eso tardará.

El juez hizo una inclinación de cabeza. Los informes de los laboratorios no llegaban en cuestión de horas, al contrario de lo que se mostraba en las películas. A menudo, tampoco en unos días.

Santiago se dirigió de nuevo al forense.

—¿Le parece obra de profesionales?

—No necesariamente. Una puñalada en un costado es algo habitual.

—¿Qué opina del arma?

—Podría tratarse de un cuchillo, afilado y de bastantes centímetros. Aunque le insisto en que hasta que practique la autopsia no puedo pronunciarme con seguridad.

El juez asintió. Luego miró a Sorozábal y dijo:

—Que aún no ha aparecido, supongo…

—Así es —confirmó el policía—. Seguimos buscándolo, al igual que el móvil.

—¿La víctima no llevaba el teléfono encima? —se sorprendió Santiago.

—No.

—¿Cree que se lo quitaron, que pudo ser un robo que salió mal? Por aquí vive gente con mucho dinero…

—No lo parece. La cartera sí la tenía y dentro había veinte euros. También hemos encontrado un manojo de llaves, un mechero y algo de marihuana.

—¿Y las tarjetas de crédito? ¿Han comprobado si están?

—No hemos encontrado ninguna, aunque es posible que no tuviera. Yo a mi hija, cuando era menor de edad…

—Pero ¿no se lo ha preguntado a los padres? —lo cortó Santiago con impaciencia—. No me diga que aún no han hablado con ellos…

—Sí, claro que hemos hablado con ellos, pero estaban en shock. Se lo podrá imaginar, entiendo —replicó el policía sin ocultar su irritación—. Los interrogaremos después.

Santiago frunció el ceño, aunque no contestó. Luego cambió de tema.

—¿Algún testigo?

—Por ahora, no.

La fiscal Calderón, que se había mantenido en un segundo plano hasta entonces, mostró interés por un edificio blanco y elegante situado al comienzo de la cuesta, al otro lado de la calzada. Era el número 27. En su fachada relucía una placa roja: CONSULADO REAL DE DINAMARCA .

—¿Han hablado con el personal? —preguntó.

—Hemos llamado varias veces, pero no hay nadie —respondió Sorozábal.

—¿Hoy no está abierto? —se sorprendió ella.

—No, solo los días laborables. De todos modos, el consulado ocupa la planta baja y la primera.

El resto son viviendas, pero de momento parece que nadie vio ni oyó nada.

Estamos probando también en otros bloques más o menos cercanos, como el del portal 26 —añadió el inspector, y señaló con el mentón un edificio ubicado a unos diez o quince metros del lugar donde había aparecido el cadáver, en la misma acera.

Estaba casi enfrente del consulado—. Vamos puerta por puerta.

El problema es que ninguno está exactamente a la altura del banco y, si el crimen fue de madrugada, es difícil que hubiera alguien despierto.

La fiscal contempló una vez más el cadáver.

—¿De qué iba disfrazado?

—Según me ha dicho un agente, de personaje de una serie de televisión famosa —respondió Sorozábal—. Ahora mismo no recuerdo el nombre.

Inés Calderón suspiró y se mordió el labio, consternada.

—Pobres padres.

Santiago cruzó una mirada con ella, que inclinó la cabeza de forma elocuente.

—Inspector, cuando terminemos con el levantamiento iremos con usted, si no le importa. Nos gustaría darle el pésame a nuestra compañera.