5. El cuerpo
El cuerpo
Santander
El juez Belmonte condujo en paralelo a la Primera playa de El Sardinero, giró a la derecha y se internó en la calle Joaquín Costa.
En su primer tramo discurría en línea recta, con dos carriles separados por una larga hilera de plazas de aparcamiento.
Más adelante, arrancaba una pronunciada cuesta de unos ciento sesenta metros, tras la cual la calle describía una curva a la izquierda y comenzaba a serpentear en dirección al centro de Santander.
Se bajó frotándose los ojos, todavía un poco adormilado.
Al retirarse las manos del rostro reparó en una mujer de unos cincuenta años que se aproximaba con un cigarrillo en los labios.
Se trataba de la fiscal Inés Calderón. Se la percibía despierta y concentrada, como si llevara varias horas levantada.
Su pelo, completamente liso, negro y cortado a la altura de los hombros, se bamboleaba al compás de sus pasos firmes.
Transmitía una determinación que, en esos momentos, resacoso y con el problema que se les venía encima, él estaba muy lejos de sentir.
—Hola, Inés.
—Vaya cara traes, Santiago —le dijo ella, y lo observó fijamente con sus ojos de color grisáceo. Pese a sus palabras en apariencia jocosas, su tono era serio, de consternación.
—Mira qué hora es. Y vengo desde Liencres —gruñó él.
Se preguntó si Macarena, su mujer, todavía seguiría en la cama o ya se habría enterado de la noticia y estaría preparándose para salir de casa a toda velocidad.
Al cerrar la puerta principal, le había parecido oírla hablando por teléfono.
Se conocían desde que ella comenzó a cubrir sucesos para una emisora de radio, pero no intimaron hasta que, una noche de 2018, coincidieron en un bar con unos amigos comunes.
A partir de ese momento empezaron a verse con frecuencia y su relación desembocó en un matrimonio poco común y que en las altas esferas judiciales no gustó demasiado por el aroma a posibles filtraciones que desprendía.
Sin embargo, los dos eran muy escrupulosos a la hora de respetar los límites profesionales, y la periodista no había aportado un solo dato que procediera de él.
El juez dirigió la vista hacia el dispositivo policial. Observó a varias personas junto a la cinta.
—Por ahora solo son vecinos —murmuró la fiscal entre dientes—. A ver si acabamos pronto. Para la familia será lo mejor.
—¿Al final es el hijo de Canals?
La fiscal asintió con amargura y le explicó que el DNI que llevaba en la cartera lo confirmaba. Tenía diecisiete años, cumplidos hacía unas semanas, a principios de enero.
—Me lo ha dicho Sorozábal hace un momento —añadió ella, y dio una larga calada a su cigarrillo—. Por cierto, gracias por pedirle que me avisara.
No había necesidad de que fuera más explícita; Santiago lo había entendido a la primera.
Unos meses atrás ambos fueron responsables de un error que echó a perder un importante procedimiento contra los cabecillas de una gran red de explotación sexual.
La investigación tuvo que cerrarse porque a Inés se le olvidó pedirle que prorrogara el plazo legal para continuar con las pesquisas, y él no dictó ninguna resolución.
En realidad, con la ley en la mano, él podría haber acordado la prórroga sin necesidad de que la fiscal lo solicitara.
Pero, al no hacerlo, no le quedó otro remedio que soltar a los investigados, contra los que no habían reunido indicios suficientes para llevarlos a juicio.
Aquello le deparó una gran bronca del presidente del Tribunal Superior de Justicia y numerosas críticas en los medios de comunicación.
Él intentó que Macarena mediara para que al menos su emisora le diera un trato más amable, pero ella no pudo hacer nada.
Fueron unas semanas muy difíciles y todo en su vida se tensó, incluso su matrimonio.
Por fortuna, el transcurso del tiempo ayudó a que poco a poco la tormenta amainara y las aguas volvieran a su cauce, aunque en el fondo era consciente de que su prestigio había quedado dañado.
Inés también sufrió por aquel fallo, y las consecuencias aún la perseguían.
No llegaron a abrirle expediente formalmente, pero ella aspiraba a suceder al actual Fiscal Superior de Cantabria, que se jubilaría en dos años, y el toque de atención que recibió de la Inspección la inquietaba; no estaba segura de si ese desliz terminaría impidiendo su posible nombramiento.
Él sabía que estaba decidida a hacer méritos para mejorar su situación cuanto antes y por eso, al recibir esa mañana la llamada de Sorozábal y comprender que los dos estarían de nuevo en el centro de todas las miradas, no había dudado en ordenarle que la telefoneara, pese a que la ley no lo exigiera.
—No hay de qué. ¿Tú conoces a la madre?
—Poco. Hemos cruzado alguna palabra en un par de ocasiones. Tiene que estar destrozada…
—¿Has visto el cuerpo?
—Sí —respondió ella, y compuso una mueca de disgusto—. Según el forense…
No llegó a finalizar la frase. Un hombre alto y de pelo blanco les hacía gestos desde el cordón policial. Era Sorozábal, que les pedía que se acercaran.
—Vamos —resolvió Santiago mientras Inés se apresuraba a apagar el cigarrillo.
Cuando llegaron a su altura, el inspector los guio por el lado izquierdo de la calle y subieron un tramo de cuesta. Allí, en paralelo a un banco de madera pintado de azul y un tanto desconchado, descansaba el cadáver.
Santiago se agachó con cautela. El muchacho yacía boca abajo, con el rostro girado hacia un lado, la coronilla apuntando hacia lo alto de la pendiente y los brazos extendidos por encima de la cabeza.
Vestía lo que parecía un disfraz de color rojo chillón, como una especie de mono, y una cazadora del mismo color, y en la axila izquierda se apreciaba al menos una puñalada que había rasgado la ropa y perforado la carne.
Junto a él, en el suelo, había una gran mancha de sangre reseca.
Los agentes de la policía científica disparaban sus cámaras sin cesar por los alrededores, y el juez pensó que esas instantáneas y el informe provisional de la autopsia no tardarían en llegar a la mesa de su despacho.
Esperaba que lo hicieran con un cúmulo de pistas que señalaran a un sospechoso de manera inequívoca.
No quería sumirse en una investigación compleja, y el escenario de verse obligado a archivar la causa por falta de autor conocido ni siquiera se lo planteaba.
Atraparían al culpable, costara lo que costara. Por el chico. Por los padres.
Y también por él mismo.
No iba a aparecer de nuevo en la prensa por otro fracaso.