4. Colgar la toga
Colgar la toga
Reinosa
—Paula, la clase de esquí, por favor…
—Ya voy, ya voy —resopló la abogada Paula Soler al tiempo que levantaba la vista del voluminoso expediente que reposaba sobre la mesa.
Teresa, su pareja, acababa de entrar en la salita del apartamento que habían alquilado ese fin de semana en la calle Mayor de Reinosa, a unos pocos kilómetros de la estación de Alto Campoo, y el sol, que ya escalaba el horizonte, la iluminaba de perfil.
El flequillo pelirrojo le brillaba con intensidad.
Su semblante era severo, igual que su postura, con los brazos en jarras junto al marco de la puerta.
—Martín está muy emocionado, no podemos llegar tarde —insistió Teresa refiriéndose al hijo de siete años que tenían en común—. Ya sabes que allí no esperan.
Paula la miró y hundió los dedos en su melena rubia de rizos pronunciados.
Aunque había madrugado mucho, no había logrado avanzar tanto como deseaba en la preparación del juicio del día siguiente, y eso la inquietaba.
Sabía de sobra que, entre la clase del niño, el rato que pasarían disfrutando de las pistas y el picoteo con las otras familias, no regresarían a Santander hasta media tarde, y el asunto que tenía entre manos requería tiempo y dedicación.
Era complejo, con cientos de folios de declaraciones, autopsias e informes periciales que debía repasar a conciencia si no quería que se le escapara nada.
Sus clientes, acusados de homicidio imprudente y lesiones por un escape de gas en un hotel en el que murieron cinco personas y otra quedó en coma, merecían que pusiera todos sus esfuerzos en su defensa; y también el despacho Pomposo y Asociados, para el que trabajaba desde que se licenció.
Además, el pleito había captado la atención de la prensa, y ese interés, aunque intentara convencerse de lo contrario, la tensaba aún más.
Teresa soltó otro bufido antes de abandonar la salita y Paula se obligó a cerrar la carpeta de cartón. Se dijo que, si hacía falta, trasnocharía. A fin de cuentas, no sería la primera vez. Ni la última.
O quizá sí.
Si todo salía bien, el correo electrónico que recibió el viernes y al que aún no había respondido le cambiaría la vida. De tanto releerlo se lo sabía de memoria, pero antes de apagar el ordenador le echó otro vistazo. Allí seguía, en la bandeja de entrada.
Asunto: contratación nuevo miembro del Comité interno de Prevención de Delitos
Estimada Paula:
Te agradezco de nuevo la entrevista del jueves. Las impresiones fueron muy buenas y al director del área de Asesoría Jurídica le gustaría reunirse contigo para conocerte. ¿Te iría bien el próximo martes por la tarde?
Quedo a la espera de tu respuesta.
Un saludo,
Rosario Huertas
Directora de RR.HH. de Iberian Labs, S.A.U.
Paula suspiró y comenzó a retorcerse los rizos con nerviosismo.
Cada vez que pensaba de forma seria en abandonar Pomposo y Asociados para incorporarse a ese gran laboratorio con oficinas en Santander se le formaba un nudo en la garganta.
¿De verdad iba a renunciar a vestir la toga?
¿Dónde quedaría entonces la estudiante apasionada por los juicios que una vez fue, esa chica fascinada por Matar a un ruiseñor y Anatomía de un crimen ?
A menudo se decía que esa estudiante no era más que una ilusa, una idealista confundida por el romanticismo de las novelas y las películas de Hollywood.
Entonces no sabía nada de la dureza de la profesión y de la enorme carga que los abogados asumen con cada caso, del miedo a fallar al cliente y provocar que todo se venga abajo, o de la imposibilidad de revertir una situación injusta a pesar de una actuación brillante.
¿Cómo se consuela a una víctima de violación que no se ve resarcida, o a un chico maltratado al que nadie cree?
¿Y a un inocente que te observa desde el otro lado del cristal en el locutorio de la cárcel?
A ello se sumaba la desagradable sensación que la embargaba cuando conseguía que un tribunal absolviera a un cliente que, sin duda, merecía una pena de prisión ejemplar.
En los últimos tiempos había ganado varios casos así, y la cola de culpables que solicitaban sus servicios en busca de una salvación improbable no dejaba de crecer.
Antonia, su jefa, estaba encantada y le repetía que el sistema requería un abogado para toda persona.
Inocente o culpable. Honorable o detestable.
Daba igual. En el fondo, tenía razón, pero eso no impedía que a ella la idea de dejar los pleitos la sedujera cada vez más.
Así se descargaría de todas esas presiones y disfrutaría de más tiempo libre con Martín, algo que anhelaba desde el mismo día en que el niño nació.
Su hijo había cumplido siete años sin que ella apenas se diese cuenta y, de no ser por Teresa, que solo trabajaba por las mañanas, habrían tenido que buscar a alguien para cuidarlo.
Aunque, si la contrataban en Iberian Labs, ¿cómo iba a decirle a Antonia que se marchaba?
Ya se imaginaba su cara de decepción. Ella le otorgó toda su confianza cuando acababa de salir de la facultad y le enseñó cuanto sabía sobre la abogacía hasta convertirla, a sus treinta y ocho años, en una de las penalistas más prestigiosas de Cantabria.
Las dos formaban uno de los tándems más famosos de la provincia, pero ahora, con ese proceso de selección sobre la mesa…
El sueldo en el laboratorio era abultado, la jornada acababa a las cuatro y media de la tarde y las vacaciones eran más largas de lo que nunca había soñado.
¿Qué más se podía pedir? Se trataba de una gran oportunidad, un tren que, en una región tan pequeña como Cantabria, quizá no volvería a pasar.
Pero cuanto más se acercaba a él, más insegura se sentía.
¿Estaba dispuesta a dejar atrás todo lo demás?
—¡Paula, por favor! —oyó que gritaba Teresa desde el pasillo.
Hecha un lío, se levantó de la silla y fue corriendo a prepararse.