La doble víctima 3. La guardia
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3. La guardia

La guardia

Liencres

En Liencres, una localidad cántabra a unos ocho kilómetros de Santander, el juez Santiago Belmonte se llevó a la boca un ibuprofeno y apuró su café.

Le había costado un mundo levantarse de la cama después de que el viejo Nokia sonara, y era consciente de que debía ponerse en marcha cuanto antes.

Hacía un rato que lo habían llamado desde la comisaría para darle el aviso: había aparecido el cadáver de un muchacho con signos de violencia en la calle Joaquín Costa, en El Sardinero.

Echó un vistazo al reloj de la cocina y chasqueó la lengua.

Casi las ocho y veinte. Había dormido muy poco y sentía las sienes como si le fueran a estallar, seguramente por las copas de más que se había tomado con los compañeros del equipo de pádel.

Ahora se arrepentía de haber acudido a esa cena y haber trasnochado pese a estar de guardia en el juzgado.

Su mujer tenía razón: debería haberse quedado en casa.

Metió la taza en el lavavajillas mientras pensaba en el lugar donde se había descubierto el cuerpo.

Era una de las zonas más distinguidas de Santander, junto a las playas principales, con gran afluencia turística en verano, pero muy tranquila y poco transitada en invierno. Sería complicado dar con algún testigo.

Se sobresaltó cuando el teléfono que le entregaban en el juzgado para las guardias volvió a reclamar su atención. Soltó una maldición y descolgó a toda prisa. No quería molestar a su mujer, la conocida reportera Macarena Ortiz, que seguía acostada.

—Diga.

—Señoría, buenos días. Soy el inspector Sorozábal.

Santiago reprimió un resoplido. Sí, por la voz grave y cascada se había dado cuenta de que se trataba de Enrique Sorozábal, un policía con el que había compartido más de una investigación y al que, según tenía entendido, le faltaban menos de dos años para jubilarse.

No lamentaría perderlo de vista. Estaba harto de que lo presionara en cada caso y que siempre cuestionara sus decisiones o pusiera mala cara cuando le denegaba una diligencia.

—Buenos días, inspect… —El juez se interrumpió con un carraspeo. Aún tenía la garganta reseca.

—¿Se encuentra bien, señoría?

—Sí, sí —gruñó Santiago, y cogió un vaso para llenarlo de agua—. ¿Qué pasa?

—Ya estamos en la escena del crimen. Fue un vecino el que lo encontró. Todo apunta a que el chico murió apuñalado, pero a ver qué opina el forense.

—Está avisado, ¿no? —inquirió tras dar un trago.

—Sí. De hecho, acaba de aparcar el coche. Lo estoy viendo desde aquí.

—Bien. Yo enseguida voy —zanjó Santiago, que no entendía para qué lo llamaba el inspector.

—Señoría —prosiguió el policía con tono serio—, el hombre que lo encontró dice saber quién es.

No hemos registrado el cuerpo ni buscado el DNI sin que usted esté presente, pero…

—Se detuvo unos segundos, como si estuviera eligiendo las palabras adecuadas—.

Se supone que es el hijo de una compañera suya, señoría.

—¿Cómo dice?

—Me refiero a que es el hijo de una jueza.

Santiago se pasó la mano por la barba y, a continuación, por la media melena de color castaño que tan reconocible lo hacía en el mundo judicial.

—¿Quién es la madre?

—Olivia Canals, la titular del Juzgado de Violencia sobre la Mujer.

Santiago exhaló un suspiro. La conocía. Era una magistrada de Barcelona que solo llevaba unos meses en Santander, su nuevo destino, pero de la que todo el mundo hablaba.

Además de impartir justicia, escribía novelas, y a mediados del año anterior había saltado al estrellato literario al ganar un prestigioso premio de narrativa.

Desde entonces era habitual que la entrevistaran cada semana en los medios de comunicación, aunque en los pasillos de los juzgados siempre se mostraba reservada y apenas salía a tomar café con sus compañeros.

Algunos decían que era altiva y arisca y que cualquier día pediría la excedencia; otros, que era discreta y profesional y que tan solo buscaba trabajar con la máxima eficiencia para poder compaginar ambas cosas.

En cualquier caso, eran pocos los que de veras estaban familiarizados con los detalles de su vida privada, al margen de lo que ella dejaba entrever en sus intervenciones públicas.

Hasta ese momento, él ignoraba que tuviera un hijo.

—Joder… —se lamentó mientras procuraba ignorar el dolor de cabeza—. Pobre mujer.

—Según este señor, el muchacho se llamaba Ignacio, aunque todos lo conocían como Nacho. Eran vecinos.

—¿Vio algo?

—Nada. Salió a dar una vuelta con el perro a primera hora y descubrió el cadáver en la acera.

—¿Cree que podría estar involucrado?

—Lo investigaremos, pero en principio no da el perfil.

Su nombre es Agustín Rodríguez y está jubilado.

Tendrá unos setenta años. Nos ha dicho que conoce a la familia porque alguna vez se paraba a hablar con ellos.

Además, su mujer es fan de las novelas de la madre de la víctima.

Ya sabrá usted que Olivia Canals también es escritora…

El juez asintió. Luego murmuró:

—Supongo que los padres aún no están al tanto de nada…

—No, en teoría no. Pero viven a unos cincuenta metros de aquí y ya tenemos varios curiosos mirándonos desde el otro lado de la cinta.

Santiago torció los labios. Aún tenía que ducharse, y el trayecto desde su casa al lugar del crimen le llevaría como mínimo veinte minutos. No quería que Olivia y su marido se enteraran de lo sucedido por terceros o a través de la prensa, así que tomó una decisión:

—Inspector, dígale al forense que empiece sin mí —ordenó en un tono que no admitía réplica—.

Si se confirma la identidad del chico, quiero que vaya usted a hablar con sus padres cuanto antes, ¿de acuerdo?

Y ocúpense de asegurar las pruebas. Con rigor.

En cuanto esto trascienda, tendremos a todos los medios encima.

Y ya sabe cómo son algunos… —rezongó, y por su mente desfiló la imagen de algunas portadas de periódicos locales aparecidas unos meses atrás con su rostro y el de Inés Calderón, la fiscal adscrita a su juzgado.

—Seremos concienzudos, como siempre —repuso el inspector con un deje agrio, y luego añadió—: Por ahora no hemos encontrado el arma del crimen, señoría. Estamos buscando en papeleras y contenedores, y también a posibles testigos.

—Bien. Sigan con ello, palmo a palmo. Ah, y avise a la fiscal Calderón, por si quiere estar presente en el levantamiento.

—Entendido. Lo esperamos en Joaquín Costa. Verá el cordón policial al fondo.