2. Trajes blancos
Trajes blancos
Se quitó el pijama con aire distraído y se metió en la ducha mientras pensaba en la discusión que acababa de tener con su hijo Nico.
Al ir a despertarlo, lo había encontrado pegado al pequeño televisor de su cuarto y, como cada fin de semana, el niño se había resistido a desayunar porque, según decía, sus dibujos favoritos estaban terminando y no podía perdérselos.
Ella esperaba que cuando saliera de la ducha no pusiera más problemas y se alimentara como Dios manda.
En una hora y media tenían que estar en el colegio para el partido de fútbol de esa semana, y todo apuntaba a que, después de sus tres goles en la jornada anterior, sería titular.
Había mejorado mucho en los últimos meses y ahora, a punto de cumplir los diez años, jugaba como nunca.
En eso era muy diferente a su hermana, una adolescente que no había nacido para los deportes.
Estaba enjabonándose el pelo, negro y sedoso, cuando un movimiento rápido al otro lado de la mampara acristalada la sacó de sus cavilaciones. Era Julio, su marido.
—Oye, ¿tú te has asomado a la ventana de la cocina? —le preguntó él con voz agitada.
Sofía fijó los ojos, de un intenso azul espectral, en los de su esposo, oscuros y parapetados tras unas elegantes gafas de pasta.
Advirtió que esa mañana los subrayaban unas ojeras muy pronunciadas, probablemente provocadas por la falta de sueño.
La noche anterior, Julio había tenido una cena de empresa y volvió tarde, tanto que ella ni siquiera lo oyó.
Debía de haberse levantado hacía unos minutos.
Jamás se perdía un partido de Nico, y ese día no iba a ser una excepción.
—No —respondió ella—. ¿Por?
—La calle está acordonada. La policía ha desplegado unos biombos de tela. Ha pasado algo…
Al escucharlo, Sofía se imaginó un cuerpo tendido en el suelo y el estómago se le encogió.
Su hija no solía salir de fiesta, pero esa semana les había dicho que el sábado iría a tomar algo con su amiga Raquel por el carnaval y ellos no se lo impidieron.
Al contrario, lo interpretaron como una señal positiva tras todo lo que había sufrido en los últimos tiempos.
Por eso le fijaron una hora generosa para la vuelta a casa.
Ella estuvo pendiente de su regreso hasta las dos menos cuarto de la madrugada, pero el sueño acabó venciéndola.
Lo último que recibió de Alba fue un mensaje en el que le aseguraba que volvería pronto.
Esa mañana había ido a su habitación nada más despertarse y, aunque las persianas estaban bajadas, al asomarse le pareció distinguirla en la cama.
Sin embargo, ahora los temores la ahogaban.
¿Y si había visto mal? ¿Y si le había sucedido algo?
Julio, que le leyó el pensamiento, la sacó de dudas al instante.
—¡Ah, no! Alba no es, ¿eh? He entrado en su cuarto y lo he comprobado: está durmiendo.
Sofía soltó el torrente de aire que, sin darse cuenta, había retenido durante unos segundos en los pulmones.
—De hecho, debió de dormirse al instante —aclaró él—, porque ni siquiera se metió en la cama ni se quitó el disfraz. Acabo de echarle una manta por encima.
A Sofía le extrañó que su hija se hubiera acostado así, aunque no dijo nada.
—Voy a bajar a ver si me entero de algo, ¿vale? —añadió Julio.
—Pero ¿crees que…?
Él adoptó un semblante sombrío.
—Hay agentes con trajes blancos. De esos que salen en las noticias.