2 Las dunas después del anochecer
Craig ya estaba roncando antes de que yo terminara de deshacer la maleta, con la boca abierta, una lata de Carling volcada junto al sofá mientras la tele seguía dando la tabarra con no sé qué partido que ni estaba viendo.
Las nueve y media, como casi todas las noches.
Cabrón agotado. Esperé una hora por si acaso, luego me puse mis shorts vaqueros y una camiseta de tirantes.
Sin sujetador, sin bragas; quería que Josh lo tuviera fácil.
Salí a la terraza, me encendí un cigarro y eché un vistazo al camping.
La mayoría de las caravanas estaban a oscuras, solo el resplandor de las teles a través de las cortinas finas, familias acurrucadas fingiendo dormir.
La luz de la terraza de Barry estaba encendida, y podía verlo ahí sentado, lata en mano.
Siempre esperando, ese. Apagué el cigarro, me guardé el móvil en el bolsillo y bajé por el sendero arenoso hacia las dunas.
Las luces del camping se perdieron rápido a mi espalda, el amarillo del sodio cediendo a la oscuridad y la luz de la luna.
El sendero era blando bajo mis pies, todavía tibio por el calor del día, y me había dejado las chanclas en la terraza.
Más fácil descalza. Más fácil follar descalza.
La arena se me colaba entre los dedos de los pies con cada paso, y el sonido del mar se hacía más fuerte, ese rugido bajo y constante mezclándose con el silbido del viento entre la hierba de las dunas. Noche perfecta para esto.
Iba chorreando, notaba el calor húmedo entre los muslos con cada paso.
Menos mal que no me había puesto bragas; a estas alturas estarían empapadas.
Los pezones se me marcaban duros contra el algodón fino de la camiseta, deseando que alguien los tocara, y sabía que cualquiera que mirase los vería sobresalir.
Me daba igual. Que miren. Llevaba pensando en esto todo el día.
Todo el año, en realidad. Cincuenta y una semanas de Castleford, de Craig roncando a mi lado, de las cajas del Tesco y las mismas cuatro calles y sin que nada cambiara nunca.
Y luego una semana aquí. Una semana siendo otra, alguien a quien follan como es debido.
Las dunas se elevaban a ambos lados del sendero, la hierba susurraba con la brisa.
Olía a sal, la saboreaba en los labios, notaba el calor que aún desprendía la arena.
La luna estaba en cuarto creciente, lo bastante brillante para ver por dónde iba pero lo bastante oscura para tener intimidad.
No es que me importara quién me viera, que miren los cotillas de mierda.
Que Barry se asome con sus prismáticos y se haga una paja hasta quedarse gilipollas, me la sudaba todo eso, tenía una necesidad que satisfacer.
Josh me esperaba al borde de las dunas, apoyado en su caseta de deportes acuáticos cerrada, todavía sin camiseta y con una sonrisa como si hubiera estado contando los minutos.
El bañador caído en las caderas, esa V de músculo perdiéndose bajo la cinturilla.
Joder, míralo. Con los brazos cruzados sobre el pecho, luciendo palmito.
Se enderezó al verme, y aun en la oscuridad veía cómo sus ojos me devoraban, recorriéndome el cuerpo despacio. Sí, lo quieres. Igual que yo.
—¿Me has echado de menos?
Me acerqué hasta él, lo bastante cerca para olerle la crema solar y la sal en la piel, lo bastante cerca para notar el calor que desprendía.
—Vete a la mierda —dije sonriendo—. Sabías que iba a volver.
—Sí, lo sabía —me puso la mano en la cadera, el pulgar acariciándome la piel desnuda donde se me había subido la camiseta. Manos ásperas, encallecidas de cuerdas y tablas—. Cuarto verano ya, ¿no?
—¿Llevas la cuenta?
—Claro que sí —me atrajo hacia él, y su otra mano me bajó hasta el culo, apretando fuerte—. ¿Crees que me olvido de la mujer casada que aparece cada agosto y me deja follármela en la arena?
—Cabrón descarado —me apreté contra él, le noté la polla ya dura a través del bañador, gruesa y lista. Dios, sí.— Menos bla bla y más follar.
Se rio, bajo y sucio, me cogió de la mano y me llevó hacia las dunas.
Nuestro sitio estaba a unos treinta metros hacia dentro, escondido donde la hierba crecía espesa por tres lados, arena blanda que aún guardaba el calor del día.
Llevábamos follando aquí tres veranos seguidos.
Conocía cada centímetro, podría haberlo encontrado a ciegas.
Josh me atrajo hacia él en cuanto estuvimos en el hueco, las dos manos en el culo, levantándome un poco, restregando su polla contra mí a través de la ropa.
Le eché los brazos al cuello y lo besé con fuerza, lenguas y dientes y sin romanticismo, solo pura hambre.
Sabía a sal y cerveza. La barba me raspaba la barbilla, pero me daba igual.
Le mordí el labio inferior, se lo chupé, lo oí gemir.
Le fui a los pantalones con las manos, peleándome con el cordón, desesperada por quitárselos.
Ya estaba durísimo, le notaba el bulto grueso apretado contra mi vientre, caliente incluso a través de la tela.
Joder, necesito eso dentro de mí. Cortó el beso, me arrancó la camiseta de un tirón y la lanzó a la arena.
Me plantó la boca en las tetas de inmediato, chupándome los pezones con fuerza, mordiendo suave, haciéndome jadear y arquearme hacia él.
—Joder, cómo echaba de menos estas tetas.
—¿Sí? —me restregué contra él mientras por fin conseguía desabrocharle el bañador y bajárselo por las caderas.
La polla le saltó libre, gruesa y caliente en mi mano, y le rodeé con los dedos aquel tronco de acero, circuncidado, algo que no se veía mucho por Castleford.
Polla de pijo, había pensado la primera vez—. Echaba de menos esto.
Me lamí la mano para mojármela y se la meneé como es debido, de la base a la punta, pasándole el pulgar por la cabeza resbaladiza donde ya le brillaba el presemen.
Gimió contra mi teta, mordió más fuerte, luego pasó a la otra, chupando y mordiendo hasta que los dos pezones me latían duros.
Sus manos fueron al botón de mis shorts, lo desabrocharon, se colaron dentro.
Me encontró empapada, sin bragas de por medio, y se echó hacia atrás para mirarme con una sonrisa de oreja a oreja.
—Joder, estás chorreando. ¿Has estado pensando en esto todo el día?
—Todo el año, cabrón —ya me faltaba el aire, sus dedos resbalando por mi humedad caliente, rozándome el clítoris, sin acabar de darme lo que necesitaba—. Venga, sácatela del todo y fóllame.
—¿Sí? ¿Aquí mismo en la arena?
—¿Dónde si no? —me bajé los shorts de un tirón, me los quité de una patada y me quedé allí plantada, desnuda salvo por la luz de la luna y sus manos sobre mí—. Venga, sabes que me muero por esto.
No hizo falta que se lo dijeran dos veces.
Me tumbó sobre la arena, no con suavidad pero tampoco brusco, solo…
urgente. Me separó las piernas y se colocó entre ellas, y pensé que me la metería directa, pero no.
Fue bajando a besos por el vientre, las manos agarrándome los muslos, abriéndome más, y entonces su boca estuvo sobre mí.
En el coño, la lengua lamiéndome toda la humedad, y solté un jadeo fuerte, arqueando la espalda.
Su lengua se apretó plana contra mi clítoris, firme y hambrienta, lamiéndome con largas pasadas que me hicieron temblar los muslos.
Luego chupó con fuerza, con los labios sellados alrededor, y casi me corro allí mismo, apretándole la cabeza con los muslos.
Me metió dos dedos, los curvó hacia arriba y encontró ese punto que me hizo ver las putas estrellas. Jadeé y me froté contra su cara.
Joder, sí, justo ahí.
Mi marido nunca me tocaba así. Craig apenas me tocaba últimamente, solo se daba la vuelta y me follaba en tres minutos cada quince días. Pero esto, esto era lo que llevaba necesitando todo el año.
—Joder, Josh, justo ahí, ni se te ocurra parar.
No contestó, siguió a lo suyo, con la lengua dando vueltas alrededor de mi clítoris mientras sus dedos entraban y salían.
Ya podía oír lo empapada que estaba, esos sonidos obscenos y húmedos mezclándose con mis jadeos y el susurro de la hierba alta de la playa.
Me restregué contra su cara, cabalgando su boca, buscando más, con una mano en su pelo para acercarlo y la otra agarrada a la arena.
—No pares, joder, ¡hazme correrme, cabrón!
Se apartó lo justo para murmurar, con el aliento caliente contra mi coño:
—¿Vas a correrte en mi cara? Venga, déjame probarlo.
Entonces su boca volvió a mí, chupando más fuerte, con los dedos hundiéndose más hondo y más rápido, y joder, me corrí tan fuerte que los muslos se me cerraron alrededor de su cabeza, la espalda se me arqueó levantándome de la arena, y gemí tan alto que me tuvo que oír todo el puto camping.
Me daba igual. Que oyera ese pervertido de Barry.
Que Craig se despertara y se preguntara dónde coño me había metido.
Me corrí una y otra vez, apretándome alrededor de sus dedos, restregándome contra su lengua hasta que el placer se volvió hipersensibilidad y ya no pude más.
Lo agarré del pelo y tiré de él hacia arriba, lo besé con fuerza, me saboreé en sus labios. Salado y guarro y tan jodidamente bueno.
—Me toca.
Lo tumbé boca arriba, con la arena pegada a su piel sudorosa, la polla tiesa, gruesa, dura y goteando. Me arrodillé entre sus piernas, le rodeé la polla con mi mano pequeña y lo acaricié despacio solo para verlo retorcerse. Gimió y levantó las caderas de la arena.
—Joder, Nicole. No te andes con rodeos.
Me agaché, lo lamí desde la base gruesa hasta la punta y probé lo salado de su presemen. ¡Me encanta ese sabor! No pude resistirme más, necesitaba esa polla perfecta en mi boca, así que me la metí tan adentro como pude, atragantándome un poco cuando me llegó al fondo de la garganta.